Xoftex

Xoftex

Por | 9 de septiembre de 2025

Sección: Crítica

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En la primaria, un chico que era más inteligente que los demás, hizo una broma en clase de francés. Dicha broma consistía en un juego de palabras que no entendí, pero al ver que todos mis compañeros reían con él, reí a la par con cierta sensación de humillación, esperando que no se enteraran de mi ignorancia. Más tarde le pregunté a un compañero, hablándole en voz baja, casi al oído: «Oye, ¿de qué iba aquella broma que hizo Alejandro?» «¿Cómo?, ¿no entendiste?», me respondió con cierta sonrisa irónica. Y, tras darme aquella somera respuesta, se volvió para hablar con otros compañeros sin darme más información. Ya no supe de qué hablaron, pero durante aquella semana viví con la pueril paranoia de que todos se habían enterado de mi ignorancia y de que, cuando los escuchaba reír, lo hacían secretamente de mí; burlas que no podía confirmar, puesto que cuando centraba mi atención en las susodichas risas, ya era muy tarde: o se desvanecían las sonrisas de mis compañeros o simplemente los veía para percatarme de que no estaban riendo, sin poder entender que aquellas sospechas eran fruto de mi imaginación.

Una semana después, otro amigo de clase me dijo: «¿Sabes?, si fueras retrasado mental aún no lo sabrías». «¿Cómo?», pregunté. «Sí, los retrasados no se percatan de ello hasta tener, más o menos, doce años». Me quedé confundido, dudando sobre lo que me habría querido decir con aquella declaración. Duda que no tuve tiempo siquiera de aclarar, puesto que, como en la ocasión anterior, mi amigo se había acercado a mí para soltar aquel dato y luego irse.

Este conjunto de experiencias vecinas en el tiempo me dejaron acongojado, llegando a dudar seria e ingenuamente sobre mi capacidad de raciocinio.

Poco después me enteré, por mi madre, de que aquel compañero que me había hablado sobre el retraso mental les había preguntado a sus padres, directamente, quizás con profunda convicción: «Oigan, ¿tengo retraso?» Pregunta ante la cual sus padres se preocuparon por su hijo, considerando que tenía, sino impedimento mental, al menos grandes problemas de autoestima.

Entrando en la adolescencia di un vuelco al otro lado. En ese entonces disfrutaba de películas especialmente crípticas que trataba como si fuesen adivinanzas y que me jactaba de descifrar. Eran felices los días en los que enseñaba aquellas cintas a mis amigos para que, al acabar, les preguntara con leve malicia: «¿Le entendiste?» Y, como preparado para recibir la respuesta, sonreía ya para mis adentros y me regocijaba en lo que vendría después. Mis amigos confirmaban lo esperado, diciendo que, de hecho, no habían entendido, y yo me deleitaba en explicar lo que yo había dilucidado. O en situaciones algo más perversas, les daba palmaditas en la espalda y les decía que entonces debían reflexionar sobre lo que habían visto. Era un pequeño y vano placer, y quizás también una pequeña venganza ante aquella sensación de nimiedad que experimenté cuando más joven, compartiendo, de alguna manera, aquel diminuto tormento.

Han sido varios los momentos en que he estado en uno u otro lado de este tipo de situaciones, mas con los años he dejado de llevar a cabo aquellos dudosos divertimentos, por verlos como vacuos y fútiles. Pero la última vez que me sucedió algo de aquella índole fue en el estreno de Xoftex (2025), proyección después de la cual Noaz Deshe, director de la cinta, compareció para responder a algunas cuestiones. Uno de los asistentes a la función preguntó a Deshe (Buenos Aires, 1977) sobre el final del filme, sobre su sentido, buscando quizás, algún asa de la cuál agarrarse para descifrar la película; duda ante la cual Deshe optó expresamente por no responder. En primera instancia, aquella falta de respuesta me pareció mera presunción por parte del director, siendo esta actitud una clase de cliché de los directores de cine –bajo lugares comunes como «Ya la obra no es mía», «Mis razones ya no son nada», etc.–, y me dejó un mal sabor de boca, quizás por evocar el remoto recuerdo de aquella duda que tuve de pequeño o por recordarme mis malicias adolescentes. Después de varios días y de haber vuelto a ver la película, mi suegra me preguntó: «¿Qué tal, ahora sí la entendiste?» A lo que respondí, felizmente, que, de hecho, no la había entendido. En este caso, paradójicamente, me pareció que la falta de respuesta por parte del director fue justa.

 

¿De qué va Xoftex?

El filme sigue a un refugiado sirio-palestino llamado Nasser (Abdulrahman Diab), que está esperando recibir asilo en Suecia y que, durante el periodo en el que tiene que aguardar para que su petición sea atendida, permanece en el campo de refugiados Xoftex, en Grecia. Él, su hermano y otras personas pasan el tiempo, graban pequeñas películas y discuten sobre los diferentes conflictos dentro del campo. Los logros del filme no se centran en su trama, realmente mínima, sino en la exploración de su protagonista y la relación formal de la película con el estado psicológico de éste.

Algunos momentos del filme son los siguientes: niños gritando sobre los compartimentos en los que residen los refugiados, lanzándose piedras y vociferando; los adultos caminan por debajo, intentando detenerlos, o, al menos, esperando alguna explicación para la trifulca que parece haber dejado de ser un juego; dudas que no son acatadas ni respondidas; un grupo de refugiados lleva a cabo una actividad que tiene como meta revivificar la confianza perdida debido a las heridas de cada cual, actividad trunca, puesto que las manos que imploran confianza en ellas no se presentan sino como maliciosas; música industrial, desconcertante, un sonido estruendoso sin fuente clara y voces que algo quieren decir pero que no se comprenden; Nasser pasando un proceso burocrático en el que lo interpelan en inglés sin que él entienda las preguntas; el traductor respondiendo antes de que él pueda decir nada, antes de que haya respuesta que traducir; un hombre camina por la noche entre los cuartos y con un arma blanca rasga las puertas y afrenta a los ahora despiertos diciendo que matará hombres y violará mujeres; el hombre se acerca al protagonista y su rostro se nubla, dice: «Toda esta vida perdida».

Se podrá conjeturar ya, para este punto en el texto, que el adjetivo que le es propio a Xoftex es el de kafkiano. Pero este hecho no se debe tan sólo al carácter burocrático y al ambiente enrarecido que permea el desarrollo del filme, sino también a otros aspectos.

Es famosa la anécdota de que Kafka rompía a carcajadas en las noches en las que les leía sus escritos a Max Brod y a otros de sus amigos; risas de tal altisonancia que hacían despertar a sus vecinos que, muy probablemente, se quedaban confundidos por la relación, tan difícil de equiparar, entre aquella risa estruendosa y el carácter soturno y endeble de su vecino burócrata. Nos es complicado comprender hoy en día qué hay de gracioso en relatos tan sórdidos como lo son La colonia penitenciaria o Un artista del hambre. Algo similar sucede con Xoftex.

En la película, como mencioné más arriba, el protagonista graba pequeños filmes con sus compañeros, cintas que relucen por su humor sórdido: un refugiado se disfraza de un misil sionista que se encuentra extraviado y éste es entrevistado por un sirio-palestino; un hombre espera noticias sobre la aceptación de su petición de asilo, tan solo para que el funcionario le diga que aquella petición ya había sido atendida, resultando en la repatriación del solicitante, que se despierta sudando, pues todo había sido un mal sueño, o eso parecía, hasta que el funcionario reaparece a lado de su lecho y se ríe de él, diciéndole que todo aquello había sido una simple y boba broma, que no debía afligirse. Hay una particular alegría en los personajes mientras realizan aquellas películas, a pesar del carácter de lo que están filmando. Sus sonrisas, sin embargo, se disipan en cuanto termina aquella actividad y tienen que regresar a su vida cotidiana.

Dicha alegría podría atribuirse únicamente al mero divertimento y a la distracción de las tribulaciones propias de la vida de los personajes, pero dicha conjetura sólo roza su importancia.

¿Cuál es la función del humor? Es una forma de, me parece, afrontar nuestros dolores y angustias; las vuelve más soportables puesto que, al satirizarlas, parte del horror que les es propio es transformado, por algún tipo de alquimia, en jocosidad. Y al hacerlo, estas angustias también se vuelven comunicables: algo del pudor que nos acomete al intentar compartir nuestros malestares se disipa y encuentra libre curso. Hay verdades que sólo pueden ser expresadas por medio de la risa y, podría decirse, que el volumen de esta es equiparable al tamaño del dolor. No es menor que los más grandes personajes shakespearianos, aparte de los protagonistas trágicos, sean los bufones.

Pero el humor de la cinta es kafkiano en tanto que no sabemos si debemos reír o quedarnos pasmados frente al horror que se expresa. El protagonista de Xoftex toma aquel dolor y lo transforma, dando como resultado aquellas películas y quizás esos momentos sean los más lúcidos de su experiencia diaria. A su vez, la creación de las cintas precisa de una migración de perspectiva, necesita de la transposición de su individualidad a la de un supuesto otro y, por un momento, deja de estar dentro de la tormenta para poder verla claramente, desde la distancia, y así poder pintarla. Ésta, sin embargo, vuelve a posarse sobre él apenas acaba el retrato.

Los momentos en los que acompañamos a Nasser en su vida diaria tienen aquel carácter pesadillesco, propio de los ambientes en los que acontecen los relatos de Kafka. Sin embargo, mientras la cinta progresa, parece que las tinieblas comienzan a invadir los espacios de creación del protagonista: el horror irrumpe en sus grabaciones, la realidad comienza a penetrar en la ficción que lo salvaguardaba y, finalmente, la oscuridad lo abraza. En este punto el filme pierde su coherencia y nos lleva a un segmento que se reduce a una maraña de libre asociación, sin que podamos acabar de hacer sentido de las cosas.

El protagonista sueña con estar en Suecia, con su hermana, sueño imposible puesto que ella ya no está. Nasser coloca espejos rotos en su habitación, sobre el muro, fragmentos dispuestos en silueta de mariposa; se reiteran las palabras de un maestro que habla sobre la prueba científica de la existencia de algo más allá del vacío, explicando que hay fuerza entre dos placas, fuerza que no tendría sentido lógico de existir; el árbol de la mezquita improvisada del campo de refugiados es trasladado al cuarto del protagonista, descollando sobre el techo del compartimiento. Todas estas imágenes se adueñan del final del metraje. La película no concluye con coherencia; pero, realmente, no podría haberlo hecho. Como El proceso o El castillo, obras inacabadas de Kafka que encuentran en aquella inconclusión su final justo, Xoftex retrata el paisaje del alma de Nasser y no necesita más.}

 

xoftex noaz deshe

 

Experiencia humana concreta

Ernesto Sabato, en El escritor y sus fantasmas, defiende la idea de lo que él llama la unidad primigenia y concreta del ser humano; unidad que considera a éste como una entidad total en el que las vivencias, metafísica, ideas, política y sensaciones conviven en un todo conjunto, compenetrándose mutuamente y siendo inextricables las unas de las otras. Dicha idea prosigue con la noción de que el arte debe de presentar aquel confluir, de que no hay individuo que sea pura carne, hueso y acciones exteriores, como llevaría a pensar el objetivismo o el materialismo, «[p]ues si la ciencia debe prescindir del sujeto para dar la simple descripción del objeto, el arte no puede prescindir de ninguno de los dos términos».[1] La idea se puede reducir a la manera en la que la interioridad del personaje transforma la realidad externa y cómo esta, a su vez, modifica aquella misma alma. No hay mundo objetivo sino en la ciencia, y en la experiencia humana sólo existe la relación del mundo con una interioridad. Sabemos más de la Rusia decimonónica por las novelas de Dostoievski que por los libros de historia, puesto que aquellas novelas nos dan un retrato concreto y unitario de la vida y alma de ese entonces. Xoftex, por su forma y narración, sigue este camino.

El sonido, el vértigo de la cámara y los hechos narrativos del filme son expresión de la vivencia concreta y de la interioridad de Nasser. Una serpiente lo ataca y él salta asustado; las luces durante la noche titilan y se funden; el sonido del campo es estruendoso e indescifrable; los extraños al predio parecen ser dignos de recelo y el conjunto de varios elementos le indican a Nasser que hay farmacéuticas envenenando a y experimentando con los refugiados. Pero, realmente, no sabemos si aquella serpiente estuvo ahí, o si las luces se fundieron o si es que las farmacéuticas tienen algo que ver. Lo único que podemos intuir es que todo es experiencia de Nasser, de su angustia y de su relación con lo que está viviendo.

Más o menos a la mitad del filme hay una secuencia en la que se abandona la perspectiva de Nasser y se sigue a otro refugiado que paga para ir de contrabando debajo de un tren. Este momento, me parece, es aquel donde la película flaquea, pues aquel cambio de punto de vista, que abandona la subjetividad de su personaje principal, termina por presentarse como una clase de dato curioso dejado para que la audiencia lo vea, sin que esto agregue a la experiencia concreta que el filme explora con esmero. A pesar de este hecho Deshe nos obsequia un retrato íntegro de aquella realidad. No nos da tan sólo datos crudos o algunas imágenes de alto impacto, como las que suelen asediar los medios día a día, sino que presenta la experiencia interior y psicológica de una verdad.

De manera inusitada, sin dejar de extrañarnos, en contra del sesgo ilustrado que para todo busca claridad y explicación, Xoftex no ofrece respuestas: admite la complejidad de la experiencia humana, con su carácter opaco y esquivo, recordando tanto a los tormentosos y simbólicos relatos de Kafka como a los personajes paranóicos de Sabato. Hay clarividencia, paradójica, en aquella maraña confusa, y este hecho nos recuerda la versatilidad de las vivencias concretas. Y, como en elogio al misterio y a la oscuridad, recordando ahora palabras de Saramago, llegamos de nuevo a la idea de que cada vez sabemos menos qué es el ser humano.


Santiago Padilla de Miguel estudia cine en la Escuela Superior de Cine, forma parte de la redacción de Icónica y colabora en El Taller de Escritura un perfil sobre cine y literatura en Instagram.


[1] Ernesto Sabato, “La novela, rescate de la unidad primigenia”, en El escritor y sus fantasmas, Planeta, México, 2022, p. 196-203.