Una paloma reflexiona sobre la existenci

Una paloma reflexiona sobre la existencia

Por | 26 de noviembre de 2015

En su más reciente filme, Una paloma reflexiona sobre la existencia desde la rama de un árbol (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014), el director Roy Andersson (Gotemburgo, 1943) presenta una comedia negra que se torna pálidamente amarga, como el rostro de sus propios personajes.

Dividida en tres partes (un prólogo, el desarrollo y un epílogo), el filme se estructura a partir de breves viñetas, con planos secuencia cortos y cámara fija, creando espacios estáticos en los que los personajes parecen representar una suerte de tableaux vivants. El prólogo, “Reunión con la muerte”, pone el tono del resto de la película: el retrato de ancianos que mueren o están por morir en medio de escenarios de anonimato (como el aeropuerto y el hospital) o a la mitad de una jornada ordinaria en su vida ordinaria.

Aunque durante el desarrollo del filme vemos aparecer a distintos personajes, el relato se centra sobre todo en seguir las peripecias de dos ancianos, Jonathan (Holger Andersson) y Sam (Nils Westblom) tratando de vender “artículos de entretenimiento” para ayudar a la gente a divertirse: una máscara de látex, dientes de vampiro o una bolsa de la risa, que no logran siquiera producir una sonrisa en sus clientes potenciales, cuyos rostros se mantienen impávidos como los de los propios vendedores.

Entre viñetas con situaciones y diálogos absurdos y anodinos, el director muestra el retrato de la soledad de la vejez, en el que un espectador, esperando ver una comedia, encuentra pocos motivos de risa. Las viñetas están puntuadas por una frase que distintos personajes van repitiendo en diferentes circunstancias, «Me da gusto saber que estás bien», siempre pronunciada para alguien al otro lado de una línea telefónica.

Esta frase cobra mayor sentido en el epílogo, “Homo sapiens”, donde se representan dos escenas sumamente desconcertantes: un mono que es torturado con fines experimentales mientras la enfermera habla por teléfono y repite la frase mencionada, y un grupo de negros, hombres y mujeres, probablemente esclavos, que son obligados por hombres blancos con vestimenta militar a introducirse en una suerte de máquina kafkiana: un cilindro, como el rollo codificado de una pianola, del que irrumpen pabellones de trompetas. Una vez que los esclavos están dentro, los blancos prenden fuego, como en una parrilla, a la base del cilindro que empieza a girar y el humo –la carne volatizada de los seres humanos que mueren asados dentro– que sale por los pabellones crea una extraña música que es celebrada con champaña por un grupo de ancianos.

En otra viñeta, aparentemente sin relación con la anterior, vemos a Sam confesar a su compañero Jonathan: «Ha pasado algo terrible y nadie ha pedido perdón. Es tan horrible que no me atrevo a contarlo». Las culpas y el horror de las guerras imperialistas están apuntaladas en otras dos viñetas del filme: una en donde aparece el Rey Carlos XII de Suecia, antes de la batalla contra las tropas rusas, y otra en un deprimente bar donde hay un flashback a 1943 durante la Segunda Guerra Mundial.

El propósito de la pareja de ancianos cobra un significado asaz diferente al finalizar el filme: vender artículos para ayudar a la gente a divertirse, en un lugar donde no hay más que rostros pálidos y amargos, puede resultar en algo más que una ironía; la frase «Me da gusto saber que estás bien» puede muy bien estar dirigida al espectador, que se encuentra siempre al otro lado de la línea de la representación cinematográfica (acaso como los ancianos escuchando la música de la guerra mientras toman champaña), y a quien la pregunta desasosegada que lanza Sam en la última viñeta interpela de manera  directa –especialmente si lo que se tenía era la intención de ir a ver una “comedia”–: «¿Es correcto usar a la gente sólo para placer personal?»


Andrés Téllez Parra es escritor y profesor de Sociología del Cine en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.