Somos Mari Pepa

Somos Mari Pepa

Por | 10 de diciembre de 2015

La mayor parte de la Historia del rock nunca ha sido escrita y nunca va a serlo. ¿Cómo dar cuenta de una historia diluida en azoteas y garages, en las fantasías de adolescentes melancólicos acompañados de una guitarra y unos amigos, y abierta hacia todos lados, hacia el desayuno en familia, las niñas alcanzables e inalcanzables, el peso de lo cotidiano, la universidad y el trabajo, que se solidifica lento y sutil? Somos Mari Pepa (2013) plantea una respuesta: cada historia mínima refleja y particulariza el lado B de la Historia del rock y, en consecuencia, pone tensión en especificidades regionales con tendencias globales y con lo que trasciende al campo cultural y nos pertenece a todos.

En algunos días de verano, Álex (Alejandro Gallardo), se levanta, pasa por la casa de cada uno de sus amigos para ensayar, saluda a las familias e intenta escribir una canción nueva para que Mari Pepa, su banda medio punk, participe en un concurso. La rutina, como cualquier rutina, va variando porque, por ejemplo, Moy (Moisés Galindo), el bajista que solo puede tocar sentado, consigue novia lo que, obviamente, le interesa más que la banda, Rafa (Rafael Andrade), el baterista, tiene que entrar a trabajar en una heladería, y Bolter (Arnold Ramírez), el vocalista, está demasiado despierto gracias a un tío joven como para no saber aprovechar la vida. Y a su vez, alrededor de las historias que hacen la historia de Mari Pepa, pasan mundos:

  • hay una abuela silente con tipo de alteña,
  • madres que comadrean en el porche o que mantienen el hogar,
  • padres ausentes y padres deprimidos,
  • el catolicismo monolítico y fanatizado típico de Jalisco y lo que con mucho resquemor y reserva podría llamarse postcristianismo,
  • futbol (cascaritas y las Chivas en la radio) y cerveza (en un coche y en fiestas), además de bebidas y pastillas de colores,
  • recorridos por Zapopan y Guadalajara, retratadas, a veces, bajo una estética estricta, a veces, con la sensibilidad amateur pero informada de internet y
  • mucha música: vaivenes del rock punk al de banda sonora, de ahí al bolero o a las músicas populares del occidente y norte de México, que no sé nombrar, pero que mis primas de Tepatitlán bailan y adoran.

Si uno se detiene en la lista notará oposiciones y continuidades entre lo muy local y lo global.

No es posible hablar de todo. Detengámonos en la fotografía primero.

La película empieza con escuincle que azota tras intentar hacer una maniobra complicada en la patineta, mientras otro lo graba y los amigos que al principio quieren ayudarlo terminan por hacerle bromas sexuales. A esta estética adolescente de video viral, se le opone un rigor formal melancólico pero simpático, compartido, por ejemplo, con Fernando Eimbcke, Jim Jarmusch o Aki Kaurismäki. Pero Samuel Kishi (México, D.F., 1984) y su equipo sumaron otros relatos icónicos: hay algo que parece una cita a Luz silenciosa (Stellet Licht, Carlos Reygadas, 2007) y una referencia indudable a la portada del Please Please Me (1963), de los Beatles. Esa referencia, sin embargo, tiene un carácter fuertemente local, tanto por la estructura arquitectónica donde ocurre como por el conjunto de rostros de los protagonistas. Lo mismo pasa con las  tomas, esparcidas por toda la película, que dialogan con la tradición fotográfica-no-fílmica y que se detienen en detalles, muchas veces ínfimos –y, por lo tanto íntimos, aunque casi invisibles– de Zapopan. Las imágenes vinculan Zapopan con Jalisco y de ahí viajan por un lado al cine mexicano y a una tradición fílmica y, por otro, a la historia del rock.

Detengámonos ahora en la música.

En algún momento Álex está componiendo en su cuarto, cuando inesperada e ilógicamente, los boleros de su abuela se inmiscuyen sin dejarlo escuchar su propia guitarra. Empieza una batalla de volumen. Hay algo muy relevante, el bolero es una música cubana que explotó en México antes de convertirse en un fenómeno latinoamericano y, menormente, global. El rock¹  es algo similar: nació en otra isla, Gran Bretaña, llegó a Estados Unidos y se mundializó. Al fondo hay dos bandas sonoras de la vida, si la generación de los abuelos se dedicaba con el ojo lloroso Solamente una vez, ahora hay quien se casa con Happy Together o –espero que no– alguna canción de Taylor Swift. En todo caso expresiones artísticas transterritoriales distintas pero similares han ayudado a vivir, en los mismos eventos pero con sensibilidades diferenciadas, a grandes grupos de personas, que sienten piezas distintas como parte esencial de su vida.

La cara de Álex enfadado corta a la cara de la abuela enojada. El volumen del tornamesa sube y baja. Las agujas de tejer de repente son el opuesto de la guitarra eléctrica. Alguien cede. O no. No importa. En ese departamento donde la música que suena en una recámara se encuentra con la música que se toca en la contigua, aquel lado B de la Historia del rock, que nunca se ha escrito y no puede escribirse, está diluyéndose de nuevo, en una vida que es recuerdo y en otra que es posibilidad, pero que tienen en común un amor torpe y asumido, compartido al poner la mesa o darse la buenas noches, y que, seguramente con otros adjetivos y otro soundtrack, es la historia de todos.


¹  Considero al rock y al rock-and-roll dos fenómenos distintos, pero este no es el lugar para explicarlo. Como sea, la aclaración puede ser relevante para el argumento por los fragmentos de historia que estoy pasando por alto.


Abel Muñoz Hénonin escribe Japón, la columna en línea sobre cine mexicano de Código, e imparte clases de investigación y cine en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014).