House of Cards, cuarta temporada y desen

House of Cards, cuarta temporada y desencanto

Por | 15 de abril de 2016

Sección: Crítica

La cuarta temporada de House of Cards (Beau Willimon, 2016) es la más fantasiosa en una serie de por sí alejada de su aparente tema de referencia. Si nos fiamos de reseñas y comentarios -en cierta medida propiciados por el mercadeo de Netflix, la empresa productora-, parecería que al menos una parte notoria de su audiencia asume que House of Cards presenta, quizá algunos dirían que revela, los entretelones de la política, sea gringa o del propio país. No es así. Pensar de esta manera sería equivalente a suponer que uno aprende mucho sobre futbol con Club de Cuervos (Netflix, 2015). Washington D.C., el cabildeo y la lucha por el poder presidencial no son la materia de House of Cards, sino apenas el escenario en que sucede la vida de Claire y Frank Underwood (Robin Wright y Kevin Spacey). De lo que sí resulta reveladora la popularidad de House of Cards es del desencanto con que cierto público piensa sobre la política.

Hay, por supuesto, varias razones por las que la serie es un éxito internacional de audiencia. Quizá la más clara sea la excelencia de la interpretación por parte del reparto, que ahora incorpora también a Neve Campbell, en el papel de una consultora política. También es muy palpable su buena factura. Mientras que la ya mencionada Club de Cuervos tiene a momentos peor calidad visual que cualquier telenovela, House of Cards muestra una fotografía que puede gustar a muchos, pues es casi virtuosa -lo que para mí no es mérito, dado que los personajes se desenvuelven casi permanentemente en ambientes de claroscuros que llevarían a cualquiera a buscar un interruptor para encender la luz. Está también, y es más importante para despertar interés, el desarrollo de los personajes, que en la trama de la cuarta temporada pasa no sólo por el conflicto entre la peculiar pareja principal, sino que lleva incluso a que, ante su probable derrota electoral, los Underwood parezcan estar a punto de decidir una guerra y, acaso, imponer algo cercano al estado de excepción en su país. Ahí radica el atractivo de la serie: en la exploración psicológica de una pareja movida por el poder, con algunos tintes, no muy sofisticados, de suspenso.

Decía antes que la facilidad con la que algún público coincide en que House of Cards, con personajes criminales y despiadados, retrataría la política estadounidense nos dice, sobre todo, algo sobre las motivaciones de la audiencia al consumir este tipo de contenidos. En la cuarta temporada no sólo presenciamos alucinaciones y sueños, sino también hechos más bien inverosímiles como que los ruidos de alguien que se ahorca a sí mismo no despierten a la persona que duerme justo a su lado. Aceptar esto, me parece comparable con el despropósito que alrededor de un hacker colombiano ha venido ocurriendo en los últimos días en México. Un reportaje recoge las declaraciones del colombiano, que se encuentra en prisión por espionaje cibernético. Asegura que intervino, por medios virtuales, en elecciones latinoamericanas, tanto en labores de confrontación en redes sociales como de espionaje. Aun si esto fuese tal y como el personaje afirma -y cualquier lector atento puede encontrar inconsistencias en sus declaraciones-, se trataría de eso: acciones de espionaje y ataques en redes sociales. Pero no es esto lo que han afirmado varios comentócratas nacionales, sino que han saltado a hablar de que la mexicana de 2012 habría sido una “elección hackeada”. Sobre un fundamento endeble, por mera voluntad, otorgan credibilidad al hacker, se construye una frase que da pie a la fantasía de que alguien como él, en cualquier lugar del mundo puede determinar el resultado de una elección nacional. De manera similar, un personaje y una subtrama de la serie juegan con la idea de un supuesto poder extraordinario de internet. El planteamiento fascina a ciertos usuarios de Twitter. No obstante, esto deja de lado los múltiples factores que realmente intervienen en un proceso político, aunque corresponde con el tipo de impacto que se busca crear desde los medios de comunicación, además de complacer el gusto de quienes mantienen un interés poco comprometido y escasamente crítico respecto a la política, pues les basta adoptar aquello que parece oponerse al poder vigente, aun sin hacerlo. En este nivel se mueve House of Cards.

Esta temporada es entretenida, como las anteriores, pero no califica como narrativa audiovisual excepcional. Su estatura se mide bien por la frecuencia con que los conflictos de los Underwood se resuelven por supuestas acciones políticas y procedimientos burocráticos. En rigor, se trata de dei ex machinis, de mecanismos narrativos que resuelven problemas de forma incoherente, pero que dan más episodios y temporadas. Engancha, como lo hace cualquier telenovela. Sin embargo, el público que más expresa su gusto por esta serie no reconoce el carácter de estos mecanismos, por el contrario, incluso los asume como críticas a la política contemporánea. Esto tiene sentido sólo desde una relación desinformada con la política, desde la que se ve a la política mexicana sólo como campo de criminalidad a lo Underwood, cuando lo que predomina es una extraordinariamente perniciosa ineptitud. Acaso esa audiencia prefiere pasar por alto lo que se criticaría en otros productos de la cultura popular, a favor de lo que, al comentarlo, pretende construir una imagen ante los demás y un propio sentido de identidad personal, que estaría más allá de lo ordinario. Sin embargo, House of Cards no da para tanto, no participa ni de la inteligencia, ni de la sutileza: alimenta fantasías convencionales sobre lo político.


Germán Martínez Martínez es teórico político y crítico de cine. Fue editor de la revista Foreign Policy, edición mexicana y es director de programación del Discovering Latin America Film Festival de Londres.