Reconstruir lo roto: Entrevista a Ernest

Reconstruir lo roto: Entrevista a Ernesto Martínez Bucio

Por | 1 junio 2026

La película empieza con un plano cerrado: una mano intenta dibujarles cuerpos a las cabezas de una familia, recortadas sobre una cartulina blanca. Los rostros ya existen; lo demás debe ser imaginado. Desde esa primera escena, El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) (2025) deja claro que será una película sobre ausencias y reconstrucciones precarias. Ganadora del premio a mejor opera prima en Berlín y reconocida en más de cincuenta festivales, el primer largometraje de Ernesto Martínez Bucio sigue a cinco hermanos que, tras la desaparición de sus padres, quedan al cuidado de una abuela trastornada en una casa donde todo parece deteriorarse al mismo tiempo: las tuberías, la comida, los cuerpos, la autoridad y hasta la realidad misma.

El título, tan largo como inquietante, parece resistirse a encontrar explicaciones. Durante buena parte del metraje uno busca relaciones entre el humo, las cabezas de cerillo, el diablo y los rituales domésticos de la familia. Martínez Bucio (Uruapan, 1983) sonríe en un sillón de su casa en San Sebastián cuando le preguntamos de dónde salió todo. «La película se iba a llamar distinto. Karen Plata estaba escribiendo poemas al mismo tiempo que el guion y un día apareció esa frase. A mí de niño me daba muchísimo miedo el diablo, así que el título terminó cambiando incluso la película. Fue hasta entonces que empezamos a incorporar esa presencia diabólica o fantasmal».

La lógica del filme parece construirse igual que esos poemas: fragmentos que no terminan de cerrarse, escenas que se conectan emocionalmente más que narrativamente y espacios que el espectador debe completar por su cuenta. La película nunca explica del todo qué ocurre ni lo necesita. Hay algo más importante que trasciende: la sensación permanente de vulnerabilidad.

La necesidad de reparación aparece en todos los personajes. El padre arregla autos, la madre es enfermera, uno de los niños intenta revivir una videocasetera y su hermana juega a coser naranjas partidas como si fueran heridas abiertas, también hay rezos. La casa está llena de grietas, objetos rotos y humedad. Martínez Bucio reconoce que esto apareció intuitivamente durante la escritura y terminó contaminando cada rincón de la película. «El espectador también entra en ese juego», dice. «Hay muchos espacios ambiguos que cada quien termina completando a su manera».

El guion fue un trabajo conjunto que se desarrolló mayormente en el País Vasco, a donde Plata (Ciudad de México, 1986) y Martínez Bucio se mudaron hace tiempo. Allí tuvieron la oportunidad de ser asesorados por el famoso Michel Gaztambide, guionista habitual de Víctor Erice y ganador del Premio Goya por No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011). «Michel nos ayudó a lograr una película coral y a tensar ciertas situaciones; dotar la historia de un realismo alterado».

Esa tensión constante entre lo cotidiano y lo amenazante atraviesa toda la puesta en escena. Por momentos la película parece cine de terror; en otros recuerda la sensibilidad doméstica de Lucrecia Martel o el nervio social de Jonas Carpignano, influencias que Martínez Bucio no niega. Buena parte de esa atmósfera proviene del trabajo del director de fotografía Odei Zabaleta. «Usamos lentes de cuarenta milímetros porque queríamos reducir la visibilidad», explica el director. «Hay escenas con cinco niños donde nunca alcanzas a ver todo al mismo tiempo. La casa importa menos que la sensación de estar atrapado moviéndose dentro de ella».

La cámara rara vez permanece quieta. Respira, persigue, se adelanta o llega tarde, como si reaccionara al comportamiento impredecible de los niños. Incluso los planos más estables conservan cierta vibración nerviosa. Para facilitar esa libertad, el equipo iluminó gran parte de la casa desde el exterior y evitó llenar los espacios de cables o marcas técnicas. El resultado se acerca por momentos a la textura de los recuerdos infantiles o de las viejas grabaciones familiares en handycam.

De hecho, la película inserta imágenes caseras tomadas por la familia que se integran de manera natural al resto del relato. La cámara sólo parece estabilizarse frente al televisor, como si ahí sobreviviera una especie de calma engañosa: la visita del papa Juan Pablo II a México, anuncios gubernamentales y reportes sobre brotes de cólera ayudan a situar la historia a principios de los años noventa. Resulta enigmática la intervención de la policía, normalmente retratada en el cine mexicano como violenta, en El diablo fuma… parece dar un poco de paz. «Es una trampa», explica Martínez Bucio. «Las autoridades parecen sensatas, pero invaden el sitio de la familia. Esta casa y estos cuerpos pueden ser invadidos por cualquiera: los vecinos, las enfermedades, la policía, trabajadores del DIF… o hasta por el diablo mismo».

La referencia al cólera apareció desde las primeras versiones del guion. La familia obtiene agua de donde puede y vive bajo la amenaza permanente de la contaminación. Martínez Bucio conecta ese miedo con el México del salinismo y programas como Solidaridad, uno de los proyectos insignia del expresidente Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), donde la supervivencia parecía depender de que los propios vecinos repararan lo que el Estado abandonaba: «Nosotros mismos éramos vigilantes, constructores, financieros y ladrones, a la vez; aunque no tanto como el gobierno. La película refleja la paradoja de los tiempos».

Aunque se trata de su primer largo, Martínez Bucio ya había trabajado como editor, productor y cinefotógrafo en variados proyectos. En distintas plataformas pueden encontrarse algunos de los cortometrajes que dirigió previamente, como Las razones del mundo (2015), que formó parte de la selección oficial del Festival de Cannes. En todos ellos se asoman niños o personajes muy jóvenes que tienen que lidiar con ausencias. El reto de El diablo fuma…, sin embargo, implicaba sostener durante casi cien minutos la energía impredecible de cinco actores infantiles sin perder intimidad ni tensión.

«Contamos con la ayuda de Michelle Betancourt y Paulina Álvarez para dirigir a los niños e hicieron un trabajo extraordinario, cada uno de estos actores aportó algo propio y la película lo agradece», explica Martínez Bucio. Parte de ese trabajo puede percibirse en varios de los momentos de la película: el beso improvisado de una de las niñas a la imagen televisiva del papa o las lágrimas reales durante la secuencia del perro muerto surgieron a partir de los ejercicios y dinámicas desarrolladas junto a Betancourt durante el rodaje.  Más que contener la energía de los actores infantiles, la película parece encontrar fuerza precisamente en aquello que se sale un poco de control.

El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), sin embargo, todavía no consigue distribución comercial en España, pese a que sus creadores residen actualmente allí y a que la cinta ha tenido un recorrido importante desde su estreno. «Hemos hecho algunos contactos y acercamientos, pero la verdad es que ha sido más difícil de lo que parecía», comenta el director.

Mientras tanto, Martínez Bucio ya prepara dos nuevos proyectos: Este es el recuerdo que quisiera tener de mamá y Cualquier noche los gatos, este último inspirado en una línea de “El ritmo del garaje”, de Loquillo y los Trogloditas. «Es que el guion conecta con la rola, va de unos chavitos que quieren formar un grupo de rock. Ya nos encarreramos a trabajar con niños, pero ahora en el País Vasco», sonríe. La infancia vuelve a aparecer en el centro de sus historias, una etapa frágil e imaginativa donde el miedo y el juego parecen confundirse. Habrá que seguir atentos a un cineasta que ya firmó una de las operas primas mexicanas más inquietantes del cine reciente.

 


Francisco González Quijano es maestro en Literatura Aplicada, productor audiovisual, docente, periodista y crítico de cine. Ha colaborado con medios de comunicación como El Universal, Mural, Síntesis, E-Consulta, La Jornada de Zacatecas y La Jornada de Puebla. Sus textos sobre cine y cultura también han sido publicados en medios como Mutaciones, Otros Cines, Kinema Books, Ambiance Magazine, Privilege y Aion Magazine, entre otros.