Bestsellers blockbusters

Bestsellers blockbusters

Por | 24 de Noviembre de 2015

Por fin terminaron Los juegos del hambre (Lionsgate, 2012-15) e, improbablemente, su último medio episodio, Los juegos del hambre: Sinsajo, el final (The Hunger Games: MockingjayPart 2, 2015), supera el esquema maniqueo de la mayor parte de sus personajes, al plantear un contexto político donde el jaque mate conlleva actos de una maldad propagandística que sólo podría haber salido de la mente de Joseph Goebbels o de cualquier estratega gris y godínez, si es que no es lo mismo, del Pentágono. Pero si esto es improbable es porque, como en tantas otras películas salidas de novelas juveniles o infantiles-juveniles, lo esperable era una gran confrontación final, gratificante moralmente para el espectador, donde la némesis del héroe fuera vencida. La realidad es que la literatura pop suele tener historias más complicadas de lo que un cinéfilo acostumbrado al cine modélico que solemos llamar por sus géneros espera. El asunto es complejo y, por lo tanto, interesante.

Empecemos por lo que acabo de denominar literatura pop, utilizando un adjetivo que muy probablemente esté entrando en desuso. ¿De qué estoy hablando? De un estilo de series de novelas (ahora les decimos sagas) escritas por estadounidenses y que se han alimentado hasta cierto punto de la literatura infantil y juvenil clásica de las tradiciones teutona y anglosajona (los Grimm, por ejemplo, pero notoriamente J.R.R. Tolkien y, su más exitosa fan, J.K. Rowling) y hasta cierto punto de los cines de infantiles, de fantasía y de ciencia ficción, con un probable ingrediente de cursos o carreras de “escritura creativa”. Repasemos algunas oraciones elegidas al azar:

  1. «La luz grisácea y débil que provenía de las ventanas no resultaba de gran ayuda para combatir la fría oscuridad del interior del edificio».¹
  2. «El fresco del aire de la montaña me devuelve parte de mi fuerza física y aclara la bruma de mi cabeza».²
  3. «Los piratas bajaban corriendo las escaleras, agitando antorchas hawaianas y tallos de apio».³
  4. «Una gruesa cicatriz le recorre la cara desde encima de la ceja derecha hasta los labios; por culpa de ella está ciega de un ojo y cecea al hablar».⁴

Descontando la excepción obvia y notoria, hay un modo de estructurar la oración y de adjetivar que recorre transversalmente los textos. Un molde, como en los guiones de cine de Hollywood. Esa es la base en la que fundamento mi sospecha de que los escritores han pasado por la escritura creativa: sólo en Estados Unidos se piensa que se puede enseñar a escribir, películas o novelas; en el resto de Occidente, al menos, se sabe que se aprende a escribir leyendo y apuntalando aciertos y errores.

Por otra parte, y aquí la excepción es Katniss Everdeen de Los juegos del hambre, que, al principio, se sacrifica por su hermana, los personajes están ya predestinados a un destino de singularidad: en la pubertad o en su primera juventud descubren que son magos, o hijos de un dios, o divergentes, o lo que sea. Son el adolescente que se piensa el futuro artista más grande de su tiempo, vaya. Y este juego psicológico con el anhelo de sobresalir es parte de una estrategia de venta no sólo bestseller sino también blockbuster. Estos libros son escritos pensando tanto en la cadena de ventas impresas como en que se adapten al cine, en una cadena de películas. Son, de algún modo, literatura pensada desde lo fílmico: los géneros de la industria de las imágenes en movimiento nutren la narrativa para volver a su fuente originaria.

El proceso ya había sido apuntado, con una indignación temblorosa, por Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, en el lejano año de 1944, cuando describieron las industrias culturales. Uno de sus argumentos era más o menos el siguiente: las industrias culturales (en ese entonces, básicamente, el cine y la radio) retoman la tradición ilustrada y la descafeínan haciéndola descender a las masas –se sobreentiende que taradas–, en el seno de los medios la alta cultura se replantea y forma a gente que sólo puede comprender ya la gran tradición de las artes desde su punto más bajo redefiniendo su punto más alto (las bellas artes) desde la simpleza desinformada y de mal gusto a la que está acostumbrada la clase obrera –por supuesto, alienada.⁵  Este proceso puede igualmente leerse con seriedad y describir un flujo cultural indudable, incluso constituyente de las relaciones simbólicas establecidas desde el nacimiento de la fotografía en el siglo XIX y vigentes hasta nuestros días. Lo malo es que el interminable gemido de Adorno absorbió a Horkheimer, sólo para mostrar la estupidez de la Ilustración. También existen procesos inversos. Pongamos un ejemplo, un músico que al menos, sería “interesante” para Adorno: Béla Bartók, quien basó parte de su trabajo de armonías y rítmicas vanguardistas en las canciones folklóricas húngaras, rumanas y transilvanas que recogió y grabó como lo que ahora llamamos etnomusicólogo. En su caso, lo popular “se elevó” a la categoría de arte mayor. El caso es relevante porque lo pop es el folklor del mundo industrializado. Así como hay rutas de la Ilustración al gusto de las masas y de lo popular tradicional a las bellas artes, hay infinidad de nodos que vinculan los dos extremos dialécticos planteados con toda puntualidad por el dúo de intelectuales de la Escuela de Frankfurt. Su visión fue maniquea, pero la cultura es un fenómeno vivo, inconmensurable.
¿Y esto qué tiene que ver con Los juegos del hambre y similares? Pues bien, que el engranaje en el que se encuentran las novelas bestseller blockbuster está abierto hacia todos lados. Probablemente algunos de los lectores que las frecuentan lleguen un día al Beowulf o a Faulkner, a Blade Runner o a Tarkovski. Seguramente el que se habitúen a leer y a ver cine, a disfrutar la lectura, la visión y la escucha, es el umbral que les dejará vislumbrar otros misterios.


¹  James Dashner, Maze Runner: Prueba de fuego, V&R Editoras, Buenos Aires y México, 2011, p. 155.

²  Suzanne Collins, Sinsajo, Océano, México, 2011, p. 213.

³  Rick Riordan, Percy Jackson y los dioses del Olimpo II: El mar de los monstruos, Salamandra, Barcelona, 2008, p. 169.

⁴  Veronica Roth, Insurgente, Océano, México, 2013, p. 14.

⁵  Cf. Max Horkheimner y Theodor W. Adorno, “The Culture Industry: Enlightenment as Mass Deception”, en Media and Cultural Studies: Keyworks, editado por Meenakshi Gigi Durham y Douglas M. Kellner, Blackwell, Malden (Massachusetts), Oxford y Carlton (Victoria, Australia), 2006, pp. 41-72.

Agradezco a Marina y Emilio las precisiones sobre los libros y películas que ven y leen, y a Julieta Remedi el juicio sobre el final de Sinsajo con el que abre este ensayo.


Abel Muñoz Hénonin escribe Japón, la columna en línea sobre cine mexicano de Código, e imparte clases de investigación y cine en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014).