Un cine equis, fifí y camaján

Un cine equis, fifí y camaján

Por | 20 de febrero de 2019

Mirreyes vs Godínez (Chava Cartas, 2019)

Es tal la abundante constancia de películas mexicanas hechas con un estilo de comedia pretendidamente ingenioso que incluye los siguientes elementos: planteamiento de una trama insulsa donde cada personaje tiene su momento, y desarrollo ultralineal y sin tropiezos ni novedades de la misma acorde a los cánones más convencionales de las peores tradiciones; es tal, pues, que el resultado, cualquiera que sea, se comercializa anunciándolo en plan de ser la última maravilla del mundo.

Por eso existen verdaderas aberraciones que se condensan en la premisa de su título. Mirreyes vs. Godínez (Chava Cartas, 2019) y/o Una familia con madre (Enrique Arroyo, 2018), especímenes que no son otra cosa más que lugares comunes. El título es el contenido, presentado con barata estilización. Su supuesta singularidad incluso la confirman los carteles, donde se amontonan los personajes principales (haciendo caras chistosas; llenos de muecas y gestos tal cual corresponde al humorismo de astracán), sean siete u ocho, como en el caso de estas dos cintas recientes. Ambas representan el mismo concepto y logran el mismo resultado: el churro.

Pero es tal la repetición y lo evidente de sus propuestas que, ni modo, desvelan detalles oscuros. Mirreyes vs. Godínez es un enfrentamiento clasista acorde al canon de acentuar las divisiones en una oficina donde trabajan los que antes eran nacos y pirruris. La solución para superar esta diferencia está en el reventón predecible, donde bajo los efectos del alcohol, cada oveja encuentra a su pareja. El consiguiente acostón resuelve las diferencias. Las habilidades laborales de cada uno no sirven para nada. La armonía de la oficina está en la promiscuidad sexual. Así o más pinche.

La constancia de las temáticas, que pretenden dar una especie de retrato del alma nacional, deja resultados convencionales; productos que, es cierto, en algunos casos tienen éxito, pero no mayor al que en su momento tuvieron las sexycomedias de los 1980. Películas que se repitieron hasta el hartazgo. Al menos se hacían con pocos recursos, nunca tomados del Estado, y fueron taquilleras. Fueron, asimismo, sinceras y sin la hipocresía neoconservadora que ahora abruma.

Este tipo de subcomedia es fifí, retrato de los tiempos actuales por su doble discurso que, dizque al ser una película “hecha con mucho amor” para el público, se revela siempre en defensa de los peores valores, en especial esos clichés llenos de nostalgia enfermiza por lo peor del cine de antaño. De ahí la insistencia en hacerlas como verdaderos anacronismos. El año pasado en La boda de Valentina (Marco Polo Constandse, 2018) el trasfondo de la historia era que la protagonista tenía una familia profundamente corrupta, con su exnovio transa arreglando las cosas en lo oscurito; su padre, un político de segunda, era por supuesto una rata que al tener un partido chafa vivía del erario; incluso se mostraba encarcelada a la abuela por robarse cuotas sindicales o por venganza política –para vivir cínicamente a todo lujo en el tambo. Al final la boda no sucedía. El novio, gringo –porque el cine fifí es bien acomplejado– también tenía cola que le pisaran. Aunque se proponía que Valentina indecisa entre sus dos novios se quedaba con el más impresentable. Porque la familia que junta se corrompe y junta organiza bodas, junta se queda.

Este año el cine fifí evolucionó a camaján con La boda de mi mejor amigo (Celso García, 2019), simple copia sin sentido de un guión conocido y aclimatado a la “realidad” nacional. Es ejemplo de cómo vivir parasitariamente del prestigio ajeno defendiendo la idea de que el valor de una mujer está en que la finalidad de su vida es el matrimonio. Producto de baja calidad que se cree importante al basarse en uno de la otrora exitosa comedia nupcial hollywoodense.

Por último, tanto lo camaján y lo fifí presentan otra faceta: el cine equis. Porque así es su propuesta y calidad: equis, intercambiable, efímera. Lo ejemplifica Lady Rancho (Rafael Montero, 2018), historia de una sangronsísima obesa –cruda metáfora para demostrar cuán pesada es la protagonista– que aprende de la vida igual que lo hacían el par de inútiles Nicole Richie y Paris Hilton en el reality show The Simple Life (2003-07).

En todas estas vertientes, el resultado –lacra definitiva en el último cuarto de siglo–, infestado de lugares comunes como obvias ratas saltando en barco lleno de peste bubónica, confirman que las variaciones de la comedia fifí llegaron para quedarse, más ahora que se decreta la vuelta al pasado. El conjunto de películas son simples productos que buscan comercializarse rapidito y con buen modo sin importar que se parecen entre ellos y que de novedad nada tienen. El atrofiado cine mexicano reciente confirma a cada título ser sólo eso: equis, fifí, camaján.


José Felipe Coria colabora en El Universal y es maestro del INBA. Es autor de los libros El señor de Sombras (1995), Cae la luna: La invasión de Marte (2002), Iluminaciones del cine mexicano (2005), Taller de cinefilia (2006) y El vago de los cines (2007). Ha colaborado en medios como ReformaRevista de la UniversidadEl País y El Financiero.