Claude Chabrol, el anarquista

Claude Chabrol, el anarquista

Por | 17 de octubre de 2017

La ceremonia (La cérémonie, 1995)

Cada año surgen nuevas investigaciones sobre Alfred Hitchcock, Luis Buñuel y Stanley Kubrick, entre otros genios de la historia del cine. El estudio de estos creadores, responsables de películas que son una fuente inagotable para críticos y exégetas, ha marcado la pauta para que hoy se analice la carrera de David Lynch o Michael Haneke, por ejemplo. Hay una serie de artistas que han sido menos examinados, cuyos aportes fílmicos dan cuenta de una visión única del mundo, de una mirada particular a través de la que desarrollaron un estilo tanto temático como formal que no es intercambiable, que tiene características propias y que, en pocas palabras, merece atención. Claude Chabrol (París, 1930-2010) es uno de esos creadores. El autor francés fue prolífico: dirigió 54 largometrajes para el cine, sin contar sus incursiones televisivas, a lo largo de cinco décadas.

A Chabrol, que no se le menciona con la misma insistencia que a Jean-Luc Godard o François Truffaut –quienes, como él, empezaron como críticos en la revista Cahiers du cinéma y luego se convirtieron en directores– como artífice del cine galo, le tocó inaugurar el movimiento de la Nueva Ola con su primera película, El bello Sergio (Le beau Serge, 1958). También fue el primero en quitarse la etiqueta. El francés, que insistió en que la Nueva Ola fue una invención, «como una marca de jabón», para apoyar la política de Charles de Gaulle, siempre fue a contracorriente, sin importar las tendencias del momento: cambió los retratos citadinos y de juventud, asociados a esa etapa del cine galo, por la provincia y las relaciones familiares. Tras el fracaso de Las viejas (Les bonnes femmes, un filme de 1960 sobre el abuso del que son objeto un grupo de mujeres, cuyo tratamiento pesimista adquiere hoy una lectura sagaz), Chabrol decidió hacer una serie de filmes paródicos de espías con los que se ganó la desaprobación de la crítica, aunque obtuvo el éxito económico que buscaba.

Luego de diez años de su opera prima, el francés estrenó Las dulces amigas (Les biches, 1968), la primera película en la que su estilo está definido. Si se piensa en retrospectiva y se compara con la aceleración con la que hoy se percibe el paso del tiempo, a Chabrol le llevó un periodo largo, en el que hizo catorce películas, encontrar una manera propia de hacer cine. Las dulces amigas, protagonizada por Stéphane Audran (que en aquel momento estaba casada con Chabrol) y Jean-Louis Trintignant (exesposo de Audran), es una película sobre una mujer bisexual, poderosa, que enamora a una joven; ésta, sabiéndose inferior, planea deshacerse de su protectora. A partir de esta película Chabrol dirigió una sucesión de filmes, producidos por André Génovès, agudos y sofisticados: La mujer infiel (La femme infidèle, 1969), La bestia debe morir (Que la bête meure, 1969), El carnicero (Le boucher, 1970), La ruptura (La rupture, 1970), Al anochecer (Juste avant la nuit, 1971) y Bodas sangrientas (Les noces rouges, 1973).     

En el documental Viaje por el cine francés (Voyage à travers le cinéma français, 2016), Bertrand Tavernier recuerda a Chabrol, al que asistió como agente de prensa en uno de sus primeros filmes, como un anarquista, un defensor de la libertad individual. En el filme Tavernier cuenta que Chabrol, que inició en el negocio del cine adaptando los títulos de los filmes de la 20th Century Fox en lengua francesa, estaba fascinado porque nadie había ido al estreno de su película El ojo del diablo (L’œil du malin1962). La anécdota ejemplifica el carácter de Chabrol, que logró impregnar a su obra de una dimensión ambivalente. ¿Los hombres de familia de La mujer infiel y Una porción de placer (Une partie de plaisir, 1975), sádicos acostumbrados a la buena vida, son parte de la orquestación de una burla que intenta poner en ridículo a la burguesía o son una crítica social articulada en función de un distanciamiento? El tratamiento fino, ambiguo y sutil de Chabrol es particular, se trata, en algún sentido, de una manera de evidenciar la forma en que operan las familias burguesas, donde los secretos y las mentiras son elementos que las constituyen.

Si las primeras tres etapas de su obra (la de la Nueva Ola, la de los filmes de espías y la que hizo para André Génovès) potencian y exploran la incertidumbre, las dudas y las confusiones de los móviles de los personajes, que no permiten hacer una lectura sencilla, ideal o clara de su proceder –por ejemplo la secuencia final de Los primos (Les cousins, 1959), donde un hombre arrepentido de jalar el gatillo revierte su deseo de matar por el de morir, o el absurdo de una mujer que no logra explicarse dónde se encuentra en Alice o La última  fuga (Alice ou La dernière fugue, 1977)–, un periodo posterior, en el que Isabelle Huppert se convierte en su actriz principal, explora el intercambio entre víctimas y victimarios. La cumbre de esta característica es La ceremonia (La cérémonie, 1995), donde se expone un conflicto de clases: una familia acomodada, que practica una falsa caridad, es aniquilada por su servidumbre. ¿Qué grupo ha tenido razones suficientes para odiar al otro, para oprimirlo o para vengarse? Chabrol plantea un conflicto político, de antagonismos, y no da una sola respuesta, sino múltiples, que escapan a las explicaciones tajantes.


Carlos Rodríguez es el jefe de redacción del sitio web de La Tempestad. Contribuyó a la investigación del FICUNAM 2017. Actualmente trabaja en un proyecto que revisa la obra de Claude Chabrol, cuyo sitio web es https://claude-chabrol.com.