Berberian Sound Studio
Por Alberto Acuña Navarijo | 1 de abril de 2013
Sección: Crítica
Temas: Berberian Sound StudioCine británicoCine inglésPeter StricklandSonido
Intentar vender Berberian Sound Studio (2012), segundo largometraje del británico Peter Strickland (Reading, 1973), con descripciones rimbombantes como “homenaje al giallo”, mientras se regurgitan los delirios psicogénicos y opresivos lynchianos –como más de un catálogo festivalero ha hecho– puede, en contra de su voluntad, frustrar a más de uno.
Gilderoy (Toby Jones), un apocado ingeniero de sonido inglés, es contratado por el estudio italiano del título a mediados de los setenta para trabajar con el equipo análogo que se tiene a la mano en el diseño sonoro de Il vortice equestre, el nuevo producto (s)exploitation de Giancarlo Santini (cuya disparatada premisa, saturada de satanismo, brujería, orgías y muertes femeninas evoca más a Polselli que a Argento o Fulci). Acostumbrado a realizar su labor al servicio de insípidos documentales de maravillas naturales, esta será, pues, una invitación imposible de rechazar por parte de Gilderoy.
Más allá del obstáculo que representan el idioma, la escasa compatibilidad con sus nuevos compañeros (incluyendo a un productor autoritario, un grupo de actrices esquivas y una recepcionista arrogante), la tensión que se genera en la cabina de grabación por el deadline o por cierto malentendido con el reembolso de un boleto de avión, el deterioro mental y emocional que Gilderoy gradualmente padecerá, provendrá de las perturbadoras imágenes que ve en pantalla (mismas que, cabe decir, intencionalmente nunca vemos, a excepción de la inspirada secuencia de créditos iniciales).
¿De qué manera confrontamos como espectadores aquello que nos es ignoto? ¿Hasta qué punto nuestros prejuicios alteran la experiencia del visionado de una obra? ¿Cómo reaccionamos cuando nuestros miedos primitivos se reflejan a cuadro? Gilderoy lo descubre cuando, ya con la postproducción de Il vortice equestre naufragando por problemas extrafílmicos, le sea imposible no fundirse con esas escenas de sexo y sangre dentro de ese final en puntos suspensivos.
Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 4, primavera 2013, p. 50), y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.
Alberto Acuña Navarijo, además de tener una amplísima labor como crítico de cine, es guionista y realizador. Su último trabajo es el documental ¿Quién mató al videohome? (2011-12).
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