7:19, la hora del temblor
Por Ana Laura Pérez Flores | 29 de septiembre de 2016
Sección: Crítica
Directores: Jorge Michel Grau
Temas: 7:197:19 la hora del temblorCine mexicanoJorge Michel GrauPelículas mexicanas
Todos los que estuvieron el 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México recuerdan qué estaban haciendo a esa hora. El terremoto dejó 12 mil 843 muertos e incontables cicatrices tanto en la ciudad como en la memoria de los vivos. A veces olvidamos que las cifras están formadas por historias personales.
¿Cómo hablar de la mayor catástrofe natural en la historia del país? El mismo dolor abatió a toda una ciudad. Se dice que ese día algo cambió a nivel de comunidad: nació la sociedad civil organizada. La gente no sólo volteó a ver al de al lado, sino que se reconoció en él. Jorge Michel Grau (Ciudad de México, 1973) toma una decisión lacerante: va directo a la herida, se acerca y la toca. Lo doloroso no son los edificios que se derrumbaron, sino cada una de las personas y la inimaginable cantidad de historias que ese día se detuvieron.
Durante los primeros minutos de la cinta, un plano secuencia nos muestra superficialmente la interacción entre los trabajadores de una dependencia de gobierno. Sabemos lo que va a pasar, sabemos que estamos viendo los últimos instantes antes del desastre, la toma es tensa. Oscuridad. Demián Bichir es el primer rostro del daño y su transformación después del shock es abrumadora. El hombre solo y atrapado. Mientras va descubriendo que no es el único, la proporción la imagen regresa de un cuadro estrecho a su aspecto original permitiéndonos también a nosotros respirar un poco mejor. No es lo mismo estar atrapado solo que en compañía.
Sólo alcanza a ver al conserje (Héctor Bonilla) que ni siquiera se pudo levantar de su mesa. No hay lamentos melodramáticos, sólo dos hombres a quienes no les queda más que el diálogo y la espera y que, a merced del desastre, ya no parecen tan distintos. Intercambian palabras de repente profundas, de repente no tanto, como llenando un silencio que no tiene un fin visible. La desesperación crece hasta rayar en la asfixia. En hora y media recibimos una muestra de una angustia que duró días. También nosotros extrañamos la luz.
Como en Rojo amanecer (Jorge Fons, 1989), esta cinta se desenvuelve enteramente en un espacio único mientras afuera sucede aquello que todos sabemos que sucedió. No hace falta ver en pantalla las labores de rescate, ni las calles destrozadas. La historia está conformada, antes que nada, por historias individuales. La vulnerabilidad de sus protagonistas es también la nuestra y 31 años después sigue siendo insoportable. Al narrar estos dolores personales, Grau le hace justicia a la herida. Mucho más contundente que la imagen de toda una ciudad colapsada es ver a un hombre reducido a un puñado de escombros.
Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica. @ay_ana_laura
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