Comer en el Paraíso

Comer en el Paraíso

Por | 21 de julio de 2015

Para que la humanidad rusa no caiga en el abismo, para que, absorbiéndose en el trabajo gigantesco, autónomo, de su propia regeneración, pueda sentir menos los deseos del lobo hambriento y Rusia no se transforme en una enorme carnicería de fieras que se entredevoran.

Antonio Gramsci

 

Comer en Café Paraíso (Alonso Ruizpalacios, 2008) es entrar al juego de morder una hamburguesa. Y una hamburguesa no significa cualquier cosa, es el símbolo de una relación laboral. Quien la muerde, manda; quien la prepara, pierde. Uziel “Gallo” López (Tenoch Huerta) es un cocinero en Paradise Café que ha decidido renunciar no sin antes enfrentar con un grandilocuente discurso a su jefe, Luis (Enrique Arreola). Su condición de migrante ilegal en los Estados Unidos no le favorece y pronto tendrá que enfrentar un futuro que él imagina promisorio.

Con muchos recursos retóricos para una disertación muy acertada, Uziel demuestra que para todo hay un límite. «Por ejemplo, hay un límite de burgers que uno puede preparar en un día» y «un límite de taxes que te pueden quitar sin matarte de hambre». Con esas dos mordidas asesta un golpe a su jefe: preparar demasiadas burgers es explotación y los impuestos podrían ser excesivos pero el gobierno, a diferencia de la empresa, es consciente de los trabajadores y sus derechos.

«Tú no pagas tax», le responde su interlocutor, Chuy (José Sefami). Y así le derriba con una mordida una parte de su cuerpo argumentativo.

Pero el trabajador no se deja vencer. Reclama sus garantías incumplidas: «Con todo respeto, aquí la única garantía es que no va a haber toilet paper en el wáter. La National Organizations Nations [NON] concertifica el derecho que tenemos todos los obreros a un wáter digno». Ésta es una mordida bífida. Por un lado el argumento es certero, por el otro se demerita a sí mismo. Le perdonamos que diga NON porque más adelante aclarará que quería decir United Nations Organization. Pero la falsa erudición del neologismo concertifica y su pretendida condición de obrero es lo que lo hace dar una mordida bífida: Al jefe y a su lengua.

«Gallo, —termina la primera parte de su discurso con una buena mordiscada— our shit is the same color» (nuestra caca es del mismo color). Pero Susan (Sophie Alexander-Katz), una mesera, lo interrumpe: «Excepto cuando se comen sus burritos cochinos. La señora de la mesa ocho quiere otra hamburguesa. Ésta tiene un pelo». Esa hamburguesa con pelo se le descontará el día de pago. Desesperado por las mordidas en su contra, Uziel decide escapar de la presión y va al baño. En el baño una hormiga está atrapada por el jabón líquido. Como “Gallo”, el insecto trabajador no puede moverse, su medio lo paraliza, es incapaz de renunciar.

Está prohibido que los empleados salgan al restaurante. Pero en un arrebato de decisión, Uziel abre la puerta al Paraíso. En Sobre literatura (2005), Umberto Eco dice que Dante representó el Paraíso con colores claros y deslumbrantes. Ruizpalacios lo hizo con el color más claro y deslumbrante que su registro en blanco y negro le dejó y con una imagen de la playa. El restaurante de Café Paraíso es un lugar lleno de estadounidenses blancos. Uziel aspira llegar al Paraíso, pretende el sueño americano.

Es por esto que en su alta fantasía, Uziel se atreve a dar un beso como una caricia de mordida a Susan y a pensar en darle a Luis la mordida final: «Me voy a largar a la costa, lejos de este pinche lugar, y voy a poner mi business y no me voy tener que esconder de nadie nunca más, y cuando venga en unos años más a comer con mi güera y con mis hijos […] me vas a servir mi burger con extra fries y te lo voy a regresar porque tiene pelos de mexinaco […] ¡Yo renuncio! ¿Cómo la ves?»

Sueña que su jefe le sirva una hamburguesa, pero con una dignidad irreprochable, él la despreciará. Desde el Paraíso evitará lo que simboliza su dominación y hará patente su superioridad sin tener que morder. A pesar de convencer también a Chuy de renunciar, tanto Uziel como su cómplice se acobardan frente a Luis. Temen perder el trabajo. No se pueden organizar para presionar al jefe y tampoco pueden renunciar. Cierran la boca, se inhabilitan para dar mordidas y por miedo guardan silencio.

Daniel Barrón nos recuerda que el origen de la civilización en dos tipos de violencia: el sagrado y el criminal. La violencia ritual es tótem y la criminal tabú. Creo que falta agregar un tercer tipo de violencia, el laboral.

Entre violencias hay correspondencias. Por ejemplo, la antropofagia de los antiguos mexicas –que era una violencia ritual– se reproduce en la relación agresiva entre patrón y empleado. En un restaurante lo culinario toma todas las formas y la violencia sólo puede ser una variante gastronómica. En el cortometraje de Ruizpalacios, quien sirve la hamburguesa es el sometido. Prepararla es regalar la carne propia –mediante el trabajo– al que se beneficia de su venta, es decir al jefe. Así, la mordida que gana no sólo abarca la carne de res sino los dedos de quien la prepara y la sostiene como ofrenda. Aparte de que entre mexicanos se violenten y haya un ganador –Luis le gana la mordida a sus empleados–, en palabras de Carlos Monsiváis, «es comparativamente alta la gratificación anímica obtenida por el dominio de los semejantes. “Eres igual de pobre que yo, pero mucho más pendejo porque no evitas que te robe”», que te coma, que te explote.

Comer en el Café Paraíso es ser testigo de una lucha por morder y aprovecharse. Es presenciar la carnicería entre semejantes, la explotación que ejerce Luis como si fuera un sicario que impone miedo a su pueblo para cobrarle el derecho a la vida. No hay justicia ni defensa posibles. Café Paraíso es una carnicería ligera que sí se puede soportar, pero que metafóricamente no es tan distante de lo sucedido en Ayotzinapa o diariamente en las negras páginas del acontecer nacional.

Lo triste es que frente a la carnicería, sangrienta y oscura, priva el silencio. ¿Hasta cuándo?

https://vimeo.com/97182714


Carlos Andrés Torres Cabrera estudia Literatura Dramática y Teatro en la UNAM.