El vampiro y el sexo

El vampiro y el sexo

Por | 1 de mayo de 2012

Tuvieron que pasar más de cuatro décadas para que terminara uno de los mitos del cine nacional más discutidos en los últimos años: El vampiro y el sexo sí existe.

Versión alterna a Santo en el tesoro de Drácula (René Cardona, 1968), la especulada existencia (desde 1980, con un artículo en la revista Cine) y posterior realidad de este filme ha dejado patente tanto lo timorata que ha llegado a ser la industria del cine nacional como los grandes hoyos que existen en la investigación histórica de la misma.

Fuera de la reproducción de algunas imágenes en publicaciones y un tríptico para su supuesta promoción en mercados extranjeros, El vampiro y el sexo parecía tratarse de un proyecto inconcluso de una época del destape que parecía no haberlo sido del todo. La inexistencia de crónicas o comentarios sobre esta cinta en su momento parecían indicar que era prácticamente imposible que el proyecto se hubiera llevado a cabo, existiendo tan sólo las imágenes como prueba de algo que quizás se había montado en escena, pero que nunca llegó a filmarse o a editarse. De existir alguna información, algún interés tendría que haberse despertado en los historiadores o periodistas de la época, suponíamos quienes habitamos el presente.

Sin embargo, con la reciente desenlatada que afortunadamente ha tenido El vampiro y el sexo, nos damos cuenta de las ausencias en la historicidad del cine mexicano y de lo que puede provocar en ocasiones la autocensura.

Como más o menos percibimos al ver el revelador documental Perdida (2009), de Viviana García Besné (con el ascenso y caída de la importante dinastía Calderón, productores de más de cien filmes, e impulsores del cine de ficheras), los hermanos Calderón, productores de El vampiro y el sexo, por alguna razón que parece tener que ver con una especie de arrepentimiento moral, enlataron este filme y permaneció guardado durante décadas en sus bóvedas, hasta que la documentalista desobedeció las órdenes de no entrar a la bodega condenada y halló el tesoro perdido.

Existen algunos anuncios que marcan corrida comercial de este filme en lugares como Nueva York en su momento, pero hasta ahora nadie cuenta con alguna crónica o testimonio de tal suceso.

Siendo sinceros, Santo en el tesoro de Drácula no es, siquiera, una de las películas más sobresalientes del cine de luchadores, y de Santo en específico, pero, como la mayoría de los títulos en este subgénero, no deja a nadie indiferente ante su paso y con el transcurso del tiempo resulta más divertida. Esta historia marcada por la presencia del Conde Drácula, a partir de una máquina del tiempo construida por el mismo Enmascarado de Plata, posee el candor y el encanto que a partir de una manufactura prácticamente dadaísta y automática presentan casi todos los filmes protagonizados por luchadores. Su efectividad como entretenimiento, así, posee una naturaleza imperecedera.

Del blanco y negro de Santo en el tesoro de Drácula se pasa a saturados colores en El vampiro y el sexo; de vampiras bajo velos negros a vampiras desnudas con el vello púbico cubierto por cintas color carne se marca la transición de un mercado a otro; de una visión paternalista a una visión mercantilista; del pasado al presente.

En las cuatro décadas que separan la realización de El vampiro y el sexo y sus primeras funciones al público apenas hace unos meses (en Guadalajara y en la Cineteca Nacional), y tras un intento del mismo Hijo de Santo para impedir la proyección del filme por considerar que lastimaba la imagen de su padre, el cine de luchadores prácticamente se ha extinguido, aunque el interés de nuevas generaciones de espectadores por éste se ha multiplicado considerablemente, provocando constantes ediciones de varios títulos en DVD e innumerables investigaciones y artículos.

Sin duda, el cine de luchadores nunca presentó la mejor manufactura que pudiera ofrecer el cine nacional, pero su existencia continúa igual de latente que el cine más premiado o respetado de esta comarca. El vampiro y el sexo, así, deviene una razón y oportunidad para reiniciar el rescate y documentación del cine de luchadores.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 0, primavera 2012, p. 53) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Mauricio Matamoros Durán, coeditor de Icónica, está a cargo de la hemeroteca del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.