Boyhood: Momentos de una vida

Boyhood: Momentos de una vida

Por | 6 de febrero de 2015

A propósito del filme Avec Gide (Marc Allégret, 1952), el crítico André Bazin señalaba cómo el contenido de esta “biopic” había estado en buena medida determinado por el material fílmico disponible, es decir, grabaciones de los últimos años de la vida del escritor, y sobre todo material consistente en escenas familiares, lo cual, según Bazin, había hecho que el director se comportara como un cineasta amateur. «Pero –se preguntaba el teórico francés– ¿resulta imaginable el filmar la vida de un hombre célebre antes de que realmente lo sea? ¿Quién, de manera privada, hubiera podido tener tanta paciencia si no es precisamente con la óptica un poco ingenua del cineasta amateur?»

Boyhood: Momentos de una vida (Boyhood, Richard Linklarter, 2002-14), cuenta con la paciencia de doce años de filmación para narrar una historia sencilla con la «óptica un poco ingenua del cineasta amateur», pues la película no hace sino retratar escenas cotidianas en la vida de una familia, centrándose de manera particular en Mason (Ellar Coltrane), quien al inicio del rodaje (2002), era apenas un niño de alrededor de siete años de edad y, al finalizar el rodaje (2013), ya está convertido en un joven.

En armonía con otro de sus proyectos más celebrados, a saber, la trilogía conformada por Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes de la medianoche (2013). En Boyhood Linklater (Houston, 1960) crea con maestría momentos de gran intimidad a partir de diálogos aparentemente anodinos y banales, donde el verdadero protagonista es el tiempo, o su paso, reflejado de manera dramática en los cambios físicos que atestiguamos especialmente en Mason y en su hermana, Samantha (Lorelei Grace Linklater, hija del director, quien contaba con la misma edad que Ellar al iniciar el proyecto).

En el texto citado, Bazin concluía: «Ha llegado el tiempo de que redescubramos la representación en bruto del cine… La primera emoción estética debida al cine es sin duda aquella que hacía exclamar a los espectadores del Gran Café: “Las hojas se mueven”». Boyhood recupera algo del asombro original que implica mirar por primera vez imágenes en movimiento, es decir, en un devenir temporal, al hacer explícita y evidente la materia misma de la que está hecha el cine, el tiempo esculpido –como diría Andréi Tarkovski–, en este caso, en los rostros de los actores y mostrada en un desarrollo progresivo que no es otro que el de la propia vida: la gente nace, crece, se enamora, sufre, se equivoca, se vuelve a enamorar, se vuelve a desilusionar, madura, envejece… Las hojas se mueven… y la vida pasa.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (edición web,  6 de febrero de 2015) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Andrés Téllez Parra es escritor y profesor de Sociología del Cine en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.