El sueño de Lu o La sentencia escrita e

El sueño de Lu o La sentencia escrita en algunas lápidas francesas.

Por | 26 de agosto de 2014

Sección: Crítica

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En Esferas II Peter Sloterdijk dice que

los seres humanos viven continuamente bajo el riesgo de ser separados con violencia o por medio de la muerte de aquellos que les eran más cercanos, y los que han quedado atrás, en los pequeños y primarios mundos humanos, se encuentran, desde siempre, en medio del aprieto de tener que buscar un espacio para su tener-que-continuar-viviendo sin sus complementadores más importantes. El espacio humano surge por la vacuna de la muerte.

La capacidad de los seres humanos de sustituir las ausencias mediante la creación de nuevos lazos afectivos, o su ampliación, es la condición misma de toda tradición cultural, de toda sociedad. Convertirse en individuo, afirma Sloterdijk, implica aceptar ser abandonado por el otro insustituible. Pero ¿qué pasa cuando ese otro insustituible es la mitad indispensable de la microesfera fundamental para la creación de espacio interior?  ¿Es posible encontrar una vacuna para la muerte de un hijo? En torno a esta pregunta gira la película mexicana El sueño de Lu (Hari Sama, 2012).

En el delicado movimiento de las palmeras frente a los ventanales, en los recorridos por una ciudad sobrepoblada y al mismo tiempo vacía, entre amigos y familia que de pronto han devenido extraños, el director muestra la fractura del espacio interior de Lu (Úrsula Pruneda), para quien la sentencia escrita en algunas lápidas francesas, «Para que el mundo entero parezca despoblado basta que te falte una sola persona», se vuelve dolorosamente cierta.

El intento de Lu por sobreponerse al dolor causado por la muerte de su hijo mediante antidepresivos y acudiendo a un grupo de madres en su misma situación tiene un punto de quiebre cuando una de éstas, después de diez años de acudir al grupo, de manera lapidaria afirma: «Seamos honestos: esto no se cura».

A partir de ese momento, Lu inicia un recorrido donde las geografías espaciales, interiores y exteriores, se empalman: los planos de la costa, del mar, del aparente silencio de los animales, puntúan no tanto el cese del dolor, sino el esfuerzo de la protagonista por volver a extender puentes hacia otros también insustituibles. El contacto con la ballena –cuyo canto en el mar profundo acaso sea la mejor expresión del dolor de la madre– permite cerrar un círculo: entregar al mar las cenizas de su hijo y cumplir una promesa.

Lu vuelve a abrirse al mundo: el espacio fracturado que ha dejado la ausencia que no tiene nombre no puede reconstituirse, no puede enunciarse; quizás, como la ballena, sólo pueda cantarse, o devenir expresión no lingüística: música.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (edición web,  26 de agosto de 2014) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Andrés Téllez Parra es editor y escritor.