Lucy: Máquina de decodificación binari

Lucy: Máquina de decodificación binaria

Por | 2 de octubre de 2014

Sección: Crítica

Temas:

La aceleración de los intercambios informativos produjo
–y está produciendo–
un efecto patológico
en la mente humana individual y, con mayor razón,
en la colectiva.
Los individuos no están en condiciones
de elaborar conscientemente la inmensa y creciente

masa de información que entra en sus computadoras,
en sus celulares,
en las pantallas de sus televisores,
en sus agendas electrónicas y en sus cabezas.

Sin embargo, parece que es indispensable seguir,
conocer, valorar, asimilar
y elaborar toda esa información
si se quiere ser eficiente, competitivo, ganador.

Franco Berardi, “Bifo”, Generación post-alfa

 

La más reciente película de Luc Besson (París, 1959), Lucy (2014), se desarrolla a partir de un argumento sencillo –y falaz–: que los seres humanos utilizamos menos de 10% de nuestra capacidad cerebral y que de tener acceso al 100% desarrollaríamos habilidades insospechadas. El diseño de una nueva droga aplicada por accidente en grandes dosis a la protagonista, Lucy (Scarlett Johansson), inicia una reacción en cadena que tendrá como resultado el desarrollo cerebral total.

Dicho desarrollo conlleva un rápido abandono de lo humano: la pérdida de las capacidades afectivas, empáticas, anímicas. En el diálogo que Lucy sostiene con su madre («Siento todo, el espacio, el aire, las vibraciones, la gente, la gravedad, la rotación de la tierra, el calor abandonando mi cuerpo, la sangre en mis venas, puedo sentir mi cerebro, los recuerdos más profundos de mi memoria, el dolor en mi boca») acontece la despedida del reino humano y la entrada al mundo posthumano de la decodificación pura. En otras palabras, en ese momento tiene lugar el desvanecimiento de la memoria, como experiencia única e intransferible, y el arribo de una nueva “experiencia” del mundo como acumulación y lectura de datos: upgrading del organismo humano para adecuarlo a la lectura del mundo digitalizado, que se presenta como una infósfera hiperveloz.

A partir de ese momento inclusive los movimientos corporales de Lucy se transforman (la manera de girar la cabeza, de fijar la vista), y el que más sobresale es el de las manos: el movimiento de sus dedos reproduce el de alguien que navega por una tablet. Lucy deja de ver el “mundo”: los árboles, los cuerpos de las personas, los objetos, se transforman en signos que pueden decodificarse, leerse y controlarse, igual que las ondas electromagnéticas, las señales de radio y la televisión. No hay apego emocional, sólo datos que adquieren distintos valores en función de intereses momentáneos, fluctuantes.

En Lucy ya no se verifica el enfrentamiento entre el cuerpo humano y el cyborg –véase, por ejemplo, Terminator (1984), de James Cameron–, ni se presenta ominosamente la tecnología como prótesis o nueva carne –como en Videodrome (1984) de Cronenberg–; tampoco existe una distinción entre mundo digital o virtual y “realidad” –véase, por ejemplo, Tron (1982), de Steven Lisberger, Tron: El legado (Tron: Legacy, 2010), de Joseph Kosinski, e inclusive la misma The Matrix (1999) de los hermanos Wachowski–, y todavía de manera más radical, tampoco se plantea la distinción entre conciencia humana y la tecnología como manera de extender el desarrollo y las capacidades de la primera –véase por ejemplo Avatar (2009) de James Cameron y más recientemente Trascender (2014), de Wally Pfister–; en el film de Besson se trasciende la oposición entre cuerpo humano/tecnología y entre mundo digital y realidad al representar la fantasía última del semiocapitalismo: el devenir del cuerpo humano en máquina de decodificación binaria de un mundo convertido en signo, todo un modelo de lo neohumano.

Lucy presenta la concreción de la utopía tecnosocial del semiocapitalismo: la reducción de la existencia a codificación, la absoluta digitalización del universo y la transformación del cuerpo humano en el máximo decodificador de la realidad: puro cerebro, máquina de decodificación binaria: computadora.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica, originalmente en la edición en línea (2 de octubre de 2014), y al mismo tiempo, una versión un poco más corta, en la edición impresa (número 10, otoño 2014, p. 51). Se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Andrés Téllez Parra es editor y escritor.