La mula

La mula

Por | 31 de enero de 2019

Sección: Crítica

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La obra de Clint Eastwood presenta cierta irregularidad —en el mejor de los sentidos— que invita a prestar atención a cada una de sus películas sin dar nada por sentado: es capaz del cine más reaccionario, patriótico y conservador, pero también de uno sumamente crítico con este conservadurismo. Su mejor versión ocurre cuando grandes instituciones (como el ejército, la familia o el gobierno) abandonan su erguido semblante y quedan expuestas sus inseguridades, fallas y artificios. Es el caso de La mula (The Mule, 2018), que se afilia más con Gran Torino (2008) o Sully: Hazaña en el Hudson (Sully, 2016), que con Francotirador (American Sniper, 2014) o 15:17 tren a París (The 15:17 to Paris, 2018) —por hablar de sus cintas más recientes—, donde hay una voluntad por tender un lazo al entendimiento de las diferencias culturales, políticas y etarias que ocupan un territorio cada vez más heterogéneo como el estadounidense.

Ante la complejidad, Eastwood (San Francisco, 1930) elige la apertura. Toma el caso publicado en el New York Times de Leonard Sharp (que en la película es nombrado como Earl), un horticultor de 87 años y veterano de guerra que ante la ruina de su negocio por los cambios tecnológicos que supone el internet, y casi por azar, empieza a trabajar de “mula”, es decir, transportando grandes paquetes de cocaína para un cártel mexicano. El procedimiento fílmico de Eastwood actualiza cierto clasicismo (la cristalización del relato y su organización a partir de un conflicto central) mediante una economía narrativa infatigable. Es tal vez de los pocos cineastas vivos que mantienen encendida la llama del Hollywood pretérito, ponderando el discurso, el ritmo y la continuidad, pero desperdigando en detalles. Sus elipsis son ágiles y sin ataduras, como si existiera la convicción de avanzar en la trama sin detenerse a examinarla. Esta sensación propia de ir sobre una camioneta en la autopista viendo el paisaje pasar, apunta a presentar las circunstancias y los personajes sin mucho rodeo y con pocos juicios morales.

En los diferentes grupos sociales que componen la película —sean policías, narcotraficantes o la propia familia de Earl, con la que tiene una distancia problemática—, hay siempre un dejo de errores, dudas y arrepentimientos, pero también de toma de decisiones propias de las particularidades humanas. A pesar de por momentos parecer fortalecer ciertos imaginarios de unidad, Eastwood da espacio a los resquicios, no siempre comprendiéndolos, pero con cierta nobleza para saber que ahí están. El propósito que tiene Earl por restablecer el tiempo perdido con sus seres queridos es el mismo que lo lleva a generar otras comunidades y vínculos con personas que encuentra en el camino. Y aunque sus buenas intenciones se ven anudadas con un aparato criminal de grandes dimensiones, el punto de vista del filme está siempre en el humor, la ternura y la ligereza, con cierto humanismo sí, a veces muy inocente, que replica la curiosidad e incomprensión de un anciano que ve como extraterrestres a todos los jóvenes que se abandonan al celular.

Tanto la apertura como el cierre del filme son habitados por un hermoso jardín de lirios, la gran pasión de Earl. Ahí parece descubrir la belleza, como un paraíso personal que, lejos de la redención, implica la calma de alguien que encontró su sitio en la vida. Es cuestionable cierta ortodoxia e individualismo en esta visión, que por momentos nubla las circunstancias que llevan a cada personaje a ocupar un lugar. Sin embargo, resulta un tono inesperado para una película que involucra narcotráfico, persecuciones y dramas familiares. Este extrañamiento desestabiliza la organización de ciertos preceptos con los que solemos leer la realidad y sus representaciones. La clave está en que un hombre blanco, heterosexual y anciano (con un pasado bélico), es decir, un personaje que cumple con todos los atributos de un “buen americano” y que por lo tanto goza de cierta inmunidad, resulta asumir la culpa de sus actos, como si un espejo decidiera atravesar el cristal, tomar cuerpo, y con ello, liberar al resto de los reflejos de sus ataduras. Es un gesto menor, pero que vale la pena, como el hecho de cultivar y cuidar un pequeño jardín de lirios.


Rafael Guilhem cofundó la revista digital Correspondencias: Cine y pensamiento. Colabora en El Antepenúltimo Mohicano.