Mente maestra, el bandido diluido en un aficionado
Por Pablo Flote | 11 de noviembre de 2025
Sección: Crítica
Temas: Cine estadounidenseKelly ReichardtMente maestraThe Mastermind
Ya en 1969, Eric Hobsbawm atendía el fondo social y económico del bandido como el motivo de sus acciones. Reconocía en esta figura un rol de oposición al poder y, por ello, un proceder más libre, al margen del Estado: «banditry is freedom», «el bandolerismo es libertad» [1]. Aunque un ladrón de arte no es con precisión la misma clase de personaje que describe Hobsbawm, resulta útil para inscribir el fracaso de JB Mooney, protagonista de Mente maestra (The Mastermind, 2025) de Kelly Reichardt, en una subversión de ese hombre fuerte e ingenioso que se sobrepone a todas las dificultades que se le presentan.
La construcción de JB Mooney (Josh O’Connor) como padre de familia y ladrón no carece de audacia, pero sí de astucia, competencia y empleo. Se vale de este último, por compulsión, para justificarse consigo mismo del robo, pero sin móvil manifiesto, que, en conjunto con igual vaguedad de propósito, apuntan hacia un periplo interrumpido por los límites de su propia visión. JB es lo suficientemente sagaz para considerar la reacción de un guardia, la familiaridad de su rostro en el museo, el escape en coches distintos para evitar una persecución, pero más inepto para prevenir la traición sin esfuerzo de sus cómplices o, siquiera, la reacción de su esposa, Terri (Alana Haim).
La imagen de JB con tres pinturas de Arthur Dove al pie de su sala y una expuesta ya en el muro de su común casa suburbana, muestra un plan inacabado; a la vez que afronta al público con la idea de la posesión de arte de las élites, después soportada por la inadvertida crítica de un detective: «Quizás no comprendas la gravedad de llevarte pinturas de espacios públicos», como aquellos coleccionistas con bodegas privadas repletas de obras que sólo ven la luz bajo una cláusula de condonación de impuestos.
Reichardt (Miami, 1964) no ubica a su personaje al centro del campo, pero como el hijo de un juez, tampoco se encuentra en los márgenes, como pretende con su vano acto de ladrón. Es hasta su huida (también innecesaria, de nuevo, por la posición de su padre) que experimenta las adversidades de la disidencia.
El bandido convive con otros, posee «conciencia y organización de clase»,[2] pues debe compensar la asimetría de recursos materiales y económicos contra el poder. En cambio, la desconexión y el desentendimiento hacen de JB un sujeto casi apolítico, incapaz de asirse, de comprometerse con su familia, de imaginar cuando menos la vida en comunidad. Incluso es superado y usurpado de su botín por una banda de criminales mejor montada, apenas organizada. Veteranos defienden (atacan) en grupo la invasión en Vietnam, las protestas colectivas por la paz se esparcen por la ciudad y JB se degrada individualmente, tras un arquetipo que no logra encarnar por meros fundamentos. Cada error lo hunde en el tipo de hombre que no quiere ser, pero que es por cometer, precisamente, aquellos desaciertos. Hay humor en sus acciones no por intención, sino porque el desarrollo y el efecto de éstas se aleja de lo esperado, de lo planteado por productos y medios terriblemente influyentes en la percepción del público. De ahí que el título y las veces que se menciona en la cinta sea en un sentido irónico: las mentes maestras no existen, y de hacerlo, son acaparadas para proyecciones más ambiciosas que el golpe a un museo local.
El énfasis en los objetos como herramientas materiales del afán pseudobandidesco por romper con la cotidianidad, primero las medias, la pistola y las cubiertas para lo robado, luego las pinturas, los autos, la ropa, y al final el pasaporte, la cartera y el dinero, evidencia la inestabilidad de un sistema cuyas metas se anteponen a los métodos. Un artefacto, un artículo suelto puede romper con el progreso del plan y desviarlo a un objetivo nuevo. Para Reichardt la decadencia de JB es su procedimiento sin fin, el descenso de un aficionado a los cowboys y a los bandidos hacia el esquema amplio de la causa y consecuencia, aparato que arrastra a Josh O’Connor a lo largo de la narrativa, que invita más bien a la contemplación, con un tiempo filmado bellamente apesadumbrado. El padre de familia queda abandonado ante un contexto al que sí le importan la muerte y la guerra.
Parte de ser un un fugitivo es alejarse de la identidad propia, saber ser otro para seguir siendo uno. Pero JB cree en la restauración de su vida familiar, las repercusiones sólo aplican a quienes han hecho daño, pero las figuras como él lo disculpan con restitución. Lo cual no ocurre, como el resto de sus objetivos y que a la distancia, parecen más puntos de control de una caída constante. Cuando se decide por un acto concreto como renegado, paradójicamente es el individualismo lo que lo empuja a integrarse a una protesta, y sólo entonces descubre que la resistencia al control y la oposición al poder se castigan, que lo ilícito lo determina el Estado; y que quizá hay persecuciones (políticas) más urgentes que otras.
Pablo Flote estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Realizó su servicio social en la gira de FICUNAM 12. Ha colaborado con Los Experimentos, revista de cine latinoamericano y ha publicado fotografías en Punto de Partida.
[1] Eric Hobsbawm, Bandits. 2ª ed., ed. e-book, Weidenfeld & Nicolson, Londres, 2010.
[2] Enrique Flores y Jacques Gilard, Cantares de bandidos: Héroes, santos y proscritos en América Latina, UNAM, México, 2011.