La danza de la realidad

La danza de la realidad

Por | 1 de enero de 2014

Como sus exploraciones esotéricas, diseminadas a lo largo su obra literaria y teatral, así como sus cómics, las películas de Alejandro Jodorowsky aspiran, al menos en su dimensión simbólica, a ser especies de ensayos de resarcimiento espiritual por la vía de un misticismo cargado de ornamentos y personajes estrafalarios; han sobrevolado sobre el terreno de la psicomagia incluso desde antes de que ésta fuera creada y definida por el autor de El topo (1970) como una técnica de sanación inducida por el arte. A estas características, plenamente reconocibles en La danza de la realidad, el más reciente filme de Jodorowsky (Tocopilla, 1929) tras 23 años de no dirigir una película, debemos agregar el elemento de la nostalgia por el pasado, una circunstancia que a menudo hace retroceder a los autores veteranos –Fellini en Amarcord (1973); Terrence Malick en El árbol de la vida (Tree of Life, 2010), por poner ejemplos remarcables– para dar a luz filmes basados en sus vivencias más íntimas de la infancia, filtradas a veces por ideas religiosas adquiridas a través del tiempo.

A diferencia de los filmes anteriores –Fando y Lis (1968), El Topo, La montaña sagrada (1973)– del director, La danza de la realidad (2013) no se ubica en un territorio indeterminado de trance, a medio camino entre lo mitológico y la crítica social. El relato, autobiográfico, acontece en un terreno verídico, el pueblo portuario de Tocopilla, en el norte de Chile, donde Jodorowsky nació y vivió parte de su niñez. Allí, a las memorias del realizador se superponen episodios fantásticos en los que la vida del lugar durante los años treinta se entrelaza con la caricaturización política, la estridencia sexual y los pasajes surrealistas que comunican a ésta, narrativamente tal vez la más asequible película del chileno, con el resto de su obra cinematográfica.

Con un trabajo notable, Brontis, el hijo de Jodorowsky, quien ya había aparecido en una película de su padre (en El Topo), interpreta esta vez a su severo abuelo, un pendenciero comunista cuyo recuerdo es objeto de crítica y más tarde de conciliación.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 7, invierno 2013-14, p. 52) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Gustavo E. Ramírez Carrasco es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional. @gustavorami_