Pintxos de cine en San Sebastián: Crón

Pintxos de cine en San Sebastián: Crónica de un festival que se disfruta en la butaca y en la barra

Por | 26 de noviembre de 2025

Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), Concha de Oro en San Sebastián 2025.

Desde Madrid, llegar a San Sebastián consume más de cinco horas si vas en coche, tren o autobús. Existen vuelos directos, bastante caros, y otros que aterrizan en Bilbao, desde donde puedes tomar un bus que tarda una hora hacia la también conocida como Donosti o Donostia.

Esta vez lo hago en un tren que salió con una hora de retraso «por culpa de una avería», según me explicó la empleada de Renfe en el módulo de información. Llegaré pasada medianoche. Elegí este medio porque llevo una maleta repleta de comida y botanas mexicanas que irán a parar a la alacena de mi sobrino, quien vive allí hace varios años y será quien me hospede: en avión habría sido cuestionado por los controles de seguridad y en coche hubiera necesitado mucho espacio en el maletero.

Aunque me esperan en un bar, la demora nos obligará a ir directamente a su departamento a descansar. Mañana domingo recogeré la acreditación de prensa que gestioné, con la que podré asistir a gran parte de proyecciones y conferencias. Para reservar las entradas a cada una de las funciones, debes ser muy hábil con la computadora y/o el teléfono, porque vuelan. Yo aparté hace algunos días las que más me interesaban. Tengo previsto ver veintidós películas en siete días. Varias contarán con la presencia de sus directores y otras incluirán conversatorios; de algunas de ellas escribiré en este texto, sin un criterio más claro que la memoria o el impulso.

El festival se organiza en varias secciones: la Oficial, donde compiten los estrenos por la Concha de Oro; Perlak, que reúne títulos premiados en otros festivales y candidatos al Premio del Público; New Directors, dedicada a las óperas primas; y Horizontes Latinos, para el cine hecho en América Latina. Me entusiasma la idea de ver lo nuevo de Richard Linklater, François Ozon y Yorgos Lanthimos, por ejemplo. Lo que no me emociona en absoluto es saber que el tren en el que viajo ha sufrido una descompostura hace unas horas. Llegaré bien, pero el martes me enteraré por Instagram que el tren en que viajaba la directora mexicana Alejandra Márquez Abella tendrá una avería a medio camino que le impedirá llegar a tiempo.

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No comparto la fascinación de muchos por las películas de Claire Denis (París, 1946), discípula y asistente de Wim Wenders, Jim Jarmusch y Jacques Rivette. Se hizo popular a partir de filmes que tratan sobre el colonialismo en África, como Chocolate (Chocolat, 1988) o, su obra maestra, Buen trabajo (Beau travail, 1999), un tratado homoerótico sobre la guerra, las invasiones y la masculinidad. Pese a su interesante y vasta filmografía, no supero el rechazo que me provocó Stars at Noon (2022), pandémico y deprimente relato sobre una periodista gringa que se prostituye en Nicaragua para conseguir un pasaporte (¿es en serio, Claire?) en medio de balazos, peleas y “nativos” que, extrañamente, apenas pueden pronunciar la letra R como lo hacemos en español.

Denis se presenta en el Kursaal ante los periodistas para hablar de The Fence (Le cri des gardes, 2025), su más reciente trabajo. La acompañan varios integrantes del reparto. Con cierta soberbia, explica que la película no es solamente una metáfora sobre el colonialismo, sino la adaptación de una obra teatral –Combate de negro y de perros (1979), de Bernard-Marie Koltès– que dialoga con la problemática geopolítica actual.

El filme cuenta lo que sucede durante casi veinticuatro horas en las inmediaciones de una gran construcción británica en territorio de África Occidental. Dentro viven el joven ingeniero Cal (Tom Blyth) y el jefe de obra Horn (Matt Dillon), quien recibe la visita de su prometida Leone (Mia McKenna-Bruce, la tierna chica inglesa de Cómo tener sexo [How To Have Sex, Molly Manning Walker, 2023]). Casi al mismo tiempo, aparece afuera de la valla de seguridad –la “fence” del título– Alboury, un misterioso hombre africano que exige que le entreguen el cuerpo de su hermano muerto ese mismo día.

La tensión sexual entre Leone y Cal sugiere una subtrama que pudiera hacer la película algo más entretenida; pero buena parte del metraje nos muestra la desesperante y seca insistencia de Alboury, quien no logra quebrantar la fortaleza inmobiliaria de la locación ni el ritmo soso de lo que estoy viendo. El encierro, la oscuridad y los diálogos me evocan algún filme polanskiano, pero la rigidez de la cámara, el histrionismo de los actores y los tonos ocre de la pantalla me permiten cabecear dos o tres veces por el cansancio del viaje sin que me pierda de nada (o eso creo).

Al final de la función del Kursaal, una luz alumbra al crew de la película que se pone de pie para recibir una ovación estruendosa. Vaya despropósito sería levantarme de la butaca, estirar los brazos y bostezar, mientras pienso que evitaré lo que sea que decida hacer Claire Denis próximamente. Por lo tanto, sonrío y aplaudo, como todos.

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El Kursaal es el centro de convenciones de San Sebastián. Un edificio moderno, de estructura poligonal, cuya colorida iluminación resalta al lado del puente de la Zurriola, donde cientos de personas cruzan el río Urumea. Afuera del lugar tienen preparadas alfombras rojas, foto booths y algunas tiendas de souvenirs. Dentro, con acreditación, accedes a las salas donde se llevan a cabo las ruedas de prensa y alguna conferencia. Hay café gratis para acreditados del periodismo y la industria. A los costados se encuentran sus dos salas de cine. Aquí veré funciones que incluyen conversatorios con miembros de la producción de películas como Olmo (2025), de Fernando Eimbcke, o Hijo mayor (2025), dirigida por la argentina de origen coreano Cecilia Kang. Aquí también asistiré a la función especial de Ballad For a Small Player, la más reciente película del alemán Edward Berger; emocionado, veré el filme a sólo unas butacas de distancia del director y de los protagonistas: Colin Farrell y Fala Chen.

Del otro lado del río lucen el monumental Teatro Victoria Eugenia y el Hotel María Cristina. El primero es el recinto más lujoso para ver películas de todo el festival, el segundo es donde se hospedan las figuras más grandes que visitan la ciudad, aquí se han quedado personalidades como Mick Jagger o Alfred Hitchcock. Esta vez, en sus habitaciones, dos de las estrellas más esperadas del festival: Angelina Jolie y Jennifer Lawrence.

Me toca estar en la alfombra roja de la primera, llueve a cántaros, los paraguas se aglutinan afuera del Kursaal, hay chicas que trepan en andamios para poder verla, no sé si con éxito. Forma parte del reparto de Couture (2025), una cinta de Alice Winocour que no tengo agendada. En rueda de prensa, Jolie hará una declaración con dardo hacia Donald Trump, dirá que no se siente representada por su propio país.

Lawrence, por su parte, representa al reparto y la producción de Mátate, amor (Die, My Love, 2025), de Lynne Ramsay. Simpática, como siempre, comparecerá ante los medios y, pese a las restricciones estrictas de la moderadora –«Absténganse de hacer preguntas sobre política para no meter en problemas a las personalidades de la mesa»–, alza la voz, «No tengo problema en contestar acerca del conflicto en Israel. Es terrible el genocidio que se está perpetrando, espero que se resuelva». Aplaude toda la sala.

Pese a la juventud desbocada en busca de un selfie con las estrellas, Donostia es un lugar muy amable con ellas. Por la noche se pueden ver a algunos de los actores-directores-productores-críticos entre los muchísimos bares que rodean las sedes principales del festival. En alguno de estos observo al iraní Jafar Panahi, laureado director y más reciente ganador de la Palma de Oro con la cinta que vuelve a presentarse aquí: It Was Just An Accident (Yek tasadof-e sadeh, 2025). Habla en inglés con otras personas. Está tan tranquilo que prefiero no acercarme a él. Además, los periodistas hemos firmado un compromiso para evitar el acoso.

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Los créditos iniciales, sobre fondo negro, dejan oír el silbido de un hombre: es Hermann Kafka, mientras corta el pelo a un infantil y temeroso Franz. Un giro de cámara lo muestra años después, en sus veintes, sometido otra vez al mismo ritual paterno. La directora Agnieska Holland establece desde el inicio una de las tensiones centrales de Franz: la sumisión de Kafka frente a su padre, la misma que en la célebre Carta al padre se convierte en confesión y herida fundacional. Allí sugiere que la verdadera rebeldía del autor de La metamorfosis no fue alzar la voz contra la autoridad, sino inclinar la frente sobre una hoja en blanco y transformarla en un territorio de resistencia.

El póster de la película muestra la cara de un Kafka fragmentado en recortes horizontales, como si la identidad del escritor pudiera recomponerse y desplazarse al mismo tiempo. Esa lógica fragmentaria también estructura la narración: saltos de perspectiva, quiebres temporales y capas de realidad que se superponen. Holland juega con intertextos de la obra kafkiana: el niño que imagina monstruos bajo la sombra del padre; el adulto que tropieza con la burocracia para encajar en la sociedad; y el espectro del Kafka ya fallecido, convertido en estatua, museo y souvenir turístico de quienes se dicen fanáticos de su figura. «Si Franz despertara hoy y viera todo lo que se ha construido a su alrededor, ¿qué pensaría?», se pregunta la directora polaca frente a la prensa.

El peso de la cinta recae en Idan Weiss, un actor que logra condensar ternura, miedo, tristeza y simpatía, como sucede al leer los textos del autor checo. En la rueda de prensa no puedo apartar la vista de él: su físico me recuerda a Adrien Brody, pero su sensibilidad lo emparenta con otros de mis ídolos melancólicos. El propio Weiss confiesa que pensó en personajes como Ian Curtis o Kurt Cobain para interpretar a Kafka. Quisiera aplaudirle y correr a abrazarlo. La directora añade a la lista a Rafa Nadal: «Le pedí que observara sus tics y manías. Nadal proyecta una grandeza introvertida que también encuentro en Franz».

El filme permite que los personajes rompan la cuarta pared para dirigirse a quienes podrían comprender mejor a Kafka: los espectadores-lectores. Pero el mayor acierto de Holland está en provocar emociones semejantes a las que produce leer sus prosas: igual dan ganas de entrecerrar los ojos para evitar alguna escena sórdida, soltar una carcajada o una lágrima. La película recuerda que la obra de Kafka no es inabarcable: apenas tres novelas, decenas de relatos, diarios y cartas. Y, sin embargo, su influjo crítico, filosófico y estético se ha multiplicado. Esta cinta invita a hurgar en los libreros para volver a leerlo.

Al día siguiente, le leeré a uno de mis más admirados críticos que es un monumental fracaso cinematográfico, lleno de pretensiones y ocurrencias narrativas. Después hablaré con él, «No sé qué le viste, a los treinta minutos yo ya estaba fuera de ella». ¿Estaré loco? O simplemente será que, como en Kafka, la verdad nunca se deja atrapar del todo.

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Uno de los atractivos de la ciudad es la gastronomía. Es también, de hecho, uno de los atractivos del festival. En la intersección que divide el Kursaal del Teatro Victoria Eugenia está el centro y la “parte vieja”, en cuyas callejuelas peatonales se establecen decenas de bares atiborrados de gente –locales, turistas y asistentes al festival– que buscan hacerse un hueco en la barra para pedir una sangría, una copa de vino, una cerveza y, principalmente, pintxos, platos de porciones pequeñas que se comen en pocos minutos, pero que pueden incluir delicias gastronómicas que el País Vasco ha posicionado a nivel mundial: bacalao, chuletón de buey, cordero, tortilla, jamón de jabugo, erizos de mar, ostras, pulpo, todo tipo de quesos o pimientos de distintas variedades. Cada lugar tiene, aparte, un salón comedor donde puedes sentarte y pedir a la carta, con efectos inmediatos en tu cartera.

Paseo por allí con un par de recomendaciones que descarto pronto por la cantidad de gente amontonada. En tiempos de festival, se puede “jugar” a observar famosos dentro de estos lugares, pero yo desconfío de mi reconocimiento de caras. En alguno distingo a Álvaro Morte, actor español de La casa de papel (Álex Pina, 2017-2021); en otro logro ver a la crítica Fernanda Solórzano con un grupo de gente que intuyo mexicana. Mi mochila y yo apenas cabemos en un sitio que parece más caro que otros: Casa Urola. Degusto una cerveza con su respectivo pintxo, cuando veo entrar, junto con otras personas, al protagonista de la película que justamente acabo de ver, Ciudad sin sueño (Guillermo Galoe, 2025), el gitano Jesús Fernández Silva. San Sebastián es también una ciudad sin sueño que parece una pantalla de cine.

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En la Sala 2 del Kursaal de Donostia se exhibe Olmo, la más reciente película del mexicano Fernando Eimbcke. Recién entro, me encuentro con el photocall, donde posan el director y su productora Eréndira Núñez para distintos fotógrafos. Entre quienes se asoman a saludarlos, están algunos mexicanos de la industria cinematográfica, uno que otro youtuber también. Antes de la proyección, gente del festival presenta a Eimbcke, recordando películas como Temporada de patos (2004) o Club sándwich (2013). El director, visiblemente nervioso, toma el micrófono y su voz temblorosa no acierta a decir más que un par de palabras en euskera: kaixo (hola) y eskerrik asko (gracias).

Olmo es una comedia coming-of-age ambientada a finales de los setenta. Narra un día en la vida de un adolescente mexicoamericano en Nuevo México, atrapado entre sus impulsos sexuales, el choque cultural y una familia bilingüe que persigue el sueño americano. La madre, Cecilia, es mesera y sostiene el hogar; el padre, Néstor, enfrenta una esclerosis múltiple; y Ana, su hermana, lidia con su propia rebeldía al entrar en la adultez. Olmo y su amigo Miguel están enamorados de Nina, su vecina, y ven su oportunidad cuando ella los invita a una fiesta el mismo día que el protagonista debe cuidar a su padre. Esta decisión lo empuja a una cadena de experiencias tan cómicas como dolorosas.

Me llena de ternura el hecho de estar ante una ñoñada de primera línea y sentado a solo unos metros de su director y guionista. Reconozco que los gags me dieron risa, como a buena parte del resto de la audiencia. Cabe decir, también, que el ritmo fluye gracias a diálogos que evocan a las películas anteriores de Eimbcke, junto a una selección musical tan diversa como ecléctica –suenan, por ejemplo, “C’mon Feel the Noise”, cumbias y rancheras. La puesta de escena y la dirección de arte son impecables; las actuaciones un poco flojas; no le pesa al filme, sin embargo, el hecho de que los personajes jóvenes hablen inglés y los adultos en español, hecho que consigue establecer una barrera cultural evidente.

«Sé que es una película difícil de seguir por su carácter bilingüe, pero, aunque no lo crean, eso sucede en las familias de migrantes mexicanos en Estados Unidos», dice Eimbcke en el conversatorio, aún bajo el influjo de los nervios, pues olvidó que en la sede del festival un altísimo porcentaje de las familias convive a vueltas entre el español y el euskera.

Igual de nerviosa y emocionada se muestra Eréndira Núñez, quien asegura que Temporada de patos fue la película que la acercó al cine como espectadora y el Festival de San Sebastián fue el primero al que asistió como parte de una producción, de la mano de Michel Franco.

No faltaron aplausos, ni cuando terminó la función ni mucho menos cuando Eimbcke mencionó las inhumanas políticas migratorias de Donald Trump en la actualidad, «Imagínense qué sería de Olmo y Miguel en estos días». Jamás se le hubiera ocurrido al equipo de producción que este hecho convirtiera al filme en una forma de resistencia. Me retiro de allí de buen humor, al menos.

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El festival de este año estuvo atravesado por un clima que trascendía lo cinematográfico: un ambiente antibélico, solidario y combativo, donde la exigencia de un alto al genocidio en Gaza se hizo sentir en pancartas, declaraciones y gestos colectivos. La polarización reinante en el mundo también afecta a España, cuyo presidente, el socialista Pedro Sánchez, ha tomado acciones para reconocer a Palestina y condenar al Estado de Israel; los partidos de derecha, en cambio, tienden la mano a Netanyahu en su lucha armada contra Hamás. Estos días, un actor “secundario”, el rey Felipe VI sorprenderá a todos apoyando a Sánchez y a los palestinos.

Hace unas semanas, se anunció en los diarios deportivos la celebración de un partido de futbol entre la selección del País Vasco y la de Palestina, como parte del apoyo de la región a los gazatíes. Casi la mitad de la gente que transita por las calles de Donostia porta una calcomanía en forma de círculo, de colores verde y rojo, que dice «Genozidioa Stop! Cinema with Palestine». Entre ellos, actores como Eduard Fernández o José Ramón Soroiz, quien se llevará la presea de Mejor Actor del festival, luego de interpretar al protagonista de la cinta vasca Maspalomas (Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, 2025). Los amigos de mi sobrino, “su cuadrilla”, me han dicho que es una película que no me puedo perder.

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Vicente, un señor mayor, de pelo teñido que porta un minúsculo y colorido traje de baño pasea en un laberinto que se abre en las dunas de arena. Entre las palmas de una planta solitaria, observa a un trío de hombres haciendo el amor, decide caminar más hasta encontrarse con un tipo musculoso, desnudo y tatuado. Se miran, se acercan, se besan y tienen sexo desenfrenado sin importar sus diferencias de edad. Así inicia Maspalomas, la profunda historia de un septuagenario que, tras sufrir un ictus durante un acto sexual en el bar de una paradisiaca playa de la isla de Gran Canaria, se ve obligado a volver al País Vasco y al clóset, para ser ingresado en una residencia de ancianos.

Mayormente hablada en euskera, la película escarba en las profundidades de la identidad y las apariencias. La cámara, pegada a Vicente en buena parte del metraje, va persiguiendo su razón de estar en la vida, luego de haber dejado a su familia y a una hija, que tendrá que acompañarlo en esta nueva etapa. Detalle sin spoiler: el protagonista entrará en esta casa a finales de 2019 y los espectadores sabemos lo que sucedió en marzo del 2020; lo cual contribuye a varias metáforas de salir y entrar, encerrarse y abrirse al mundo exterior.

Es una de las grandes favoritas para la Concha de Oro, pero se la llevará Los domingos (2025), de Alauda Ruiz de Azúa. Me advirtieron los amigos de mi sobrino que tenía que ver Maspalomas aquí, porque probablemente llegue a Madrid y a otros lugares del mundo doblada al castellano. Comprobaré que era una gran mentira, pues en Madrid estará disponible con subtítulos en casi todas las salas de cine, compartiendo cartelera con Una batalla tras otra (One Battle after Another, 2025), de Paul Thomas Anderson, y El cautivo (2025), de Alejandro Amenábar.

Quien sí resultará ganador en el certamen vasco es José Ramón Soroiz, el actor que interpreta a Vicente, que sí hace un trabajo soberbio para alcanzar todos los registros necesarios que implica su deprimido personaje. Los directores, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi –que colaboraron también en Handia (2017) y La trinchera infinita (2019)– comparecen en rueda de prensa, allí Goenaga explica que el filme habla «de la facilidad con la que pueden perderse ciertas conquistas, tanto por fuerzas externas como por haber bajado la guardia. Depende de nosotros seguir jugando».

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La acreditación al festival te ofrece, de regalo, un descuento para el famoso balneario-spa La Perla, ubicado en el centro de la playa de La Concha: un lugar paradisiaco que te permite estar en aguas termales con una espectacular vista del mar Cantábrico. Con tantas películas agendadas me es imposible ir. Justo al costado se encuentra uno de los bares-antros de moda, el Bataplán, lugar donde se lleva a cabo otra de las actividades que brinda el festival a los periodistas: la fiesta de la prensa. Tengo decidido ir, sí o sí, para saludar algunos colegas y, de paso, ver si alguien está dispuesto a publicar una crónica como esta.

Entro solo. Hay meseras que ofrecen delicias culinarias sin costo, por las que horas antes he pagado un buen puñado de euros; también hay vino, no muy bueno, pero gratis, lo cual me permite disfrutarlo cual si fuera un gran reserva. Mi timidez me impide entablar conversación alguna, de no ser por una chica que tiene un blog de cine ecológico y se acerca para preguntarme algo. Ya con copas encima, aprovecho para saludar a algunos críticos que conozco por fotografía.

A la medianoche, como cenicientas, los periodistas nos tenemos que ir. Se acabó lo gratis. Elijo caminar y en la ruta me encuentro a mi sobrino, quien vuelve de ver Bugonia (2025) en el Victoria Eugenia. Es una sátira salvaje del negacionismo y las teorías conspiratorias del mundo. Ambos coincidimos con lo divertida que es, aunque no se acerca siquiera al top de Yorgos Lanthimos. Al día siguiente tengo, temprano, la rueda de prensa de Edward Berger al respecto de Ballad For a Small Player, no me levantaré a tiempo.

Con resaca, recordaré la charla que tuve en la fiesta con una periodista argentina: me contó sobre cómo la polarización política de su país alcanzó la crítica de cine. Hace poco, su estrafalario presidente promovió la película Homo argentum (Mariano Cohn y Gartón Duprat, 2025), un filme de comedia que deseo no llegar a ver ni en un autobús. En este festival hay películas de las que dicho político evitaría: entre ellas Nuestra tierra (205), un documental de la genial Lucrecia Martel. Argentina también está representada por obras de ficción, unas mejores que otras.

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En un contexto político difícil, tal vez insoportable, la cultura cinematográfica argentina se encuentra en la heroica tarea de generar discursos potentes y conseguir que estos sean escuchados, aunque sea desde otras latitudes y foros, tal como este festival internacional. Dolores Fonzi, actriz y directora, se ha puesto una mochila al hombro para intentar romper una lanza en favor del aborto libre y seguro. Su segunda película en la dirección cuenta la historia real de una chica tucumana que, en 2014, fue encarcelada injustamente a causa de un aborto involuntario. La sala donde se presenta está abarrotada de gente que espera encontrarse con una posible Concha de Oro, 2025: allí está Fonzi, parte del crew, críticos de todo el mundo y una buena cantidad de barristas argentinos que no estarán dispuestos a parar de aplaudir cuando aparezcan los créditos finales.

Hace dos años, también se proyectó aquí Blondi (2023), en la que Fonzi protagonizó, dirigió e interpretó a una madre simpática, liberal y empoderada, aunque inmadura, que fácilmente se ganaba el corazón del espectador gracias a la cercanía y buena onda con su hijo Mirko, un chico que está por estudiar la universidad y que, a veces, parece tener más sensatez que su amiga y progenitora. Vamos, Fonzi hizo el papel de la madre o amiga o novia o hermana que muchos hubiéramos querido tener. No es sólo un dato curioso que, ese mismo año, la Concha de Oro fue a parar a manos de Jaione Camborda y su película O corno (2023), un precioso, potente y desgarrador drama rural en el que una mujer se ve obligada a huir de la España franquista tras intentar ayudar a una chica con un aborto.

En Belén (2025), la directora se vuelve a poner la capa de heroína (no sólo de la película, sino de toda la nación) y decide interpretar la abogada que lleva el caso de la mujer injustamente detenida. Su personaje, Soledad Deza, se entera del caso y se conmueve al escuchar, por menos de veinte segundos, las súplicas de la madre de Liliana. Sin mayor motivación que la bondad y la justicia, Deza se embarca en un viaje reivindicativo. Para ello recurre a la estructura narrativa clásica del drama judicial hollywoodense, de muy buen ritmo y mejor respuesta comercial, aunque acude a artilugios que sin problema podrían remitir a los melodramas de Televisa (concretamente La rosa de Guadalupe [2008 a la fecha]): música incidental cursi, emplazamientos de cámara predecibles y algunos gags fuera de contexto –incluida una parodia coreográfica del “Gangman Style”– que consiguen sacar de la tribuna de espectadores-hinchas de esta sala donostiarra algunas carcajadas y aplausos.

Los créditos finales sirven para enseñarnos imágenes documentales de lo que sucedió en la realidad. Además, evidencian el nulo parecido físico entre Dolores Fonzi y la auténtica Soledad Deza: un puntito extra para sumarse a la avalancha de ego que emana la directora.

Parte de la crítica argentina se encontrará con la dificultad de opinar sobre la película sin que sus palabras se lean como una toma de partido. Muchos otros podemos gritar que el mundo necesita más discursos proabortistas como este, pero menos películas simplonas.

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Es sábado, mi último día en Donosti. Se ha anunciado que la “película sorpresa” del festival será Frankenstein (2025), de Guillermo del Toro. Se proyectará en el Velódromo de Donosti, con entrada general, después de ello se transmitirá en vivo la entrega de premios. Para entonces, yo estaré ya en el tren de regreso a Madrid.

A mi lado vendrán algunos críticos españoles. Refunfuñando, se sorprenderán de la ganadora de la Concha de Oro, Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Es la cuarta edición consecutiva que la gana una película española. «Eso habla bastante mal del festival, aunque doy fe de que ha tenido jurados bastante autónomos y aparentemente capaces. Además, esta película no me pareció tener nada especial», me aseverará uno de ellos. Otro me dirá que no me he perdido de nada si no vi lo nuevo de Del Toro, lo calificará como «un buen disparate».

El disparatado jurado de 2025 estuvo presidido por el director J. A. Bayona, acompañado por las realizadoras Laura Carreira y Gia Coppola, la actriz Zhou Dong-yu, la intérprete y cantante Lali Espósito, el actor Mark Strong y la productora Anne-Dominique Toussaint.

Antes de abordar el tren, di un fuerte abrazo a mi sobrino, a quien amenacé con volver a visitar en septiembre del próximo año, si me alcanzan las energías y el dinero. Nuestras acreditaciones siguen colgando del cuello. Fundido a negro.


Francisco González Quijano, maestro en Literatura Aplicada, productor audiovisual, docente, periodista y crítico de cine, ha trabajado y colaborado en medios de comunicación como El Universal, Mural, Síntesis, E-Consulta, La Jornada de Zacatecas y La Jornada de Puebla; y en revistas como Kinema Books, Interliteraria, Ambiance Magazine, Privilege Aion Magazine, entre otras.