Mentiras, la serie: Una retrospectiva musical de la mujer ochentera
Por Yedi Robles | 20 de octubre de 2025
Sección: Crítica
Género: MusicalSeries de televisión
Temas: Gabriel RipsteinMentiras la serieMusicalesSeries de televisiónSeries mexicanas
Cuatro mujeres reciben una llamada telefónica. Daniela, Dulce, Lupita y Yuri son citadas en la misma dirección, a la misma hora. La casa es sombría. Cabezas de animales disecados observan el sobrio cortejo: una única corona de flores que acompaña la fotografía de Emmanuel Mijares y una urna que adorna la chimenea. Todas ellas están ahí por la misma razón: un funeral. Unas esposas y otras amantes, ninguna sabe que las otras estaban involucradas afectivamente con el hombre que aman. Sólo saben que una de ellas es la asesina.
Si no fuera por la ropa de colores quemarretinas y el recién terminado número musical “Cuando baja la marea”, estaríamos ante una premisa tal vez propuesta por Dario Argento. Pero en nuestras pantallas se reproduce una serie musical mexicana.
Mentiras, la serie (2025) adapta a la televisión la obra de teatro del mismo nombre, creada por José Manuel López Velarde. La tarea no era fácil, pues desde su estreno en 2009, esta puesta en escena al estilo Broadway cautivó al público mexicano en una forma nunca antes vista y hasta ahora jamás replicada. ¿Acaso esta nueva versión, producida por Luis Gerardo Méndez y Prime Video, igualó siquiera a la entrañablemente querida original?
La serie no oculta su carácter experimental. Aquí los personajes no actúan sus líneas, más bien las interpretan en perfecta afinación. No cuentan sus anécdotas, ni sus reproches, tampoco sus reconciliaciones, sino que las cantan con las más populares baladas ochenteras. Con muy pocos referentes nacionales, Mentiras parece tomar inspiración de musicales hollywoodenses como Vaselina (Grease, Randal Kleiser,1978), Hairspray (Adam Shankman, 2007) o El gran showman (The Greatest Showman, Michael Gracey, 2017) para construir una historia contada por la música.
Si de algo pudiera enaltecerse esta versión del musical es de los detalles bien cuidados, casi soberbios, en el diseño de producción. Escenarios artificiales de luces neón que rinden homenaje a su origen en el teatro; vestuarios, pelucas y maquillajes que recuperan lo esencial de la época y lo vuelven atemporal. Incluso “pequeñeces”, como la línea de Daniela (Belinda): «Desde que cumplí 15 años… siento que está despertando la mujer que en mí dormía», o la blusa de Carta Blanca que usa Lupita (Mariana Treviño) en el tercer episodio, demuestran que alguien sí hizo su tarea.
Tales detalles son apenas el eco de la mujer ochentera que se retrata a lo largo de los ocho episodios. Mediante covers de canciones de la década de los ochenta como “De mí enamórate”, “Pobre secretaria”, “Te estás pasando”, “Acaríciame”, se presenta esta figura, hija de la sufragista que en la primera mitad del siglo XX exigió derechos laborales y madre de la feminista contemporánea que avanzará aún más en la autonomía femenina integral, como el nexo entre épocas que nos permite entender el concepto actual de ser mujer. La narradora Amanda, interpretada por Michelle Rodríguez, complementa con sus diálogos el contexto ideológico introducido por las canciones y transitado por nuestras madres o abuelas, sin pasarlas por el lente del feminismo actual. Desde la empatía, la serie describe a una mujer liberal que se cuestiona los paradigmas de la segunda mitad del siglo XX impuestos sobre ella, sin embargo, decide mantener algunos de ellos para sobrevivir en un mundo de hombres: ¿En verdad yo soy el “sexo débil”?, ¿por qué, si soy mujer, otra mujer sería mi peor enemiga?, ¿realmente el hombre es infiel por naturaleza o es un conjunto de comportamientos sociales aprendidos? Esta figura femenina apenas está aprendiendo lo que es la sororidad; es políticamente incómoda, radical, libre en su sexualidad y exige respuestas de la masculinidad, pero todavía guarda con recelo valores conservadores como la maternidad. En palabras de Lupita D’Alessio en “Mudanzas” de 1986, canción que también forma parte de la banda sonora: «Sumisa por condición, más independiente por opinión».
En esta historia de emancipación femenina la naturaleza televisiva juguetea por momentos a favor. Lo visual encajona épicamente aquello que me gusta llamar “el meximalismo” (maximalismo mexicano): una estética inherente de los años ochenta que combina colores, formas y texturas exageradas con elementos de la cultura popular mexicana para llevar la belleza a los límites de lo absurdo. La peluca supervoluminosa de Lupita, el acento antinatural de Daniela, el altar y tejidos de la fogosa novicia Dulce (Diana Bovio), la chaqueta de hombreras amplísimas y tela reflejante de Yuri (Regina Blandón), todos son elementos de una historia visual que navega aparatosamente entre versos de baladas románticas. ¿En dónde más veríamos a Amanda Miguel, coronada de rizos rebeldes, cantando “Él me mintió” de la manera más proyectada mientras las llamas consumen el icónico bar gay El Patio sino en una producción mexicana?
Por otra parte, lo narrativo es más o menos eficiente. Si bien, la serie es maratonera, suele alargar viciosamente ciertos arcos argumentales para darle profundidad a personajes que no la poseen, como Emmanuel Mijares (Luis Gerardo Méndez). A partir del capítulo 5, “Una noche de copas”, se nos presenta a su doppelgänger: un reflejo freudiano que funge como verdugo psicológico para quitar peso a sus acciones. El personaje deja de ser una exageración del comportamiento machista que gobernó la masculinidad de la década –en lo personal dudo que sea una exageración– y se vuelve un aliado dosmilveintero deconstruido y mal fabricado; es una desarmonía que se congracia mediante una disculpa sosa y sensiblerías, infiltrándose en la recién formada sororidad de las protagonistas. Entonces, cual cruel paradoja, Emmanuel Mijares roba el protagonismo de una obra que en su versión original retrata a cuatro mujeres encarando las mentiras machistas que han vivido e interiorizado, desprendiéndose de sentimentalismos, alejándose del hombre y formando una red de apoyo. La premisa, ya diluida por la falta del medley “No soy tu muñeca / Tu muñeca” –momento clave para entender la manipulación que ellas están experimentando–, no resiste tal decisión argumental y termina por desvanecer los arcos confrontativos que desarrollan las amantes durante los episodios anteriores.
Más allá del eterno debate que los musicales desatan –los amas o los odias– y de las fallas a favor de la visión masculina que presenciamos en el guion, Mentiras, la serie, dirigida por Gabriel Ripstein (Ciudad de México, 1972), está pavimentando un camino casi sólido que, de seguir y aprender de los baches, llevaría a la producción mexicana de series y películas del género a crear proyectos merecedores de nuestra atención. No digo que sea perfecta o que esté cerca de siquiera igualar la obra de teatro, pero con todo y todo, la entrega cumple con lo que promete: una reinterpretación contemporánea de una comedia estrenada hace quince años. Vista desde esa perspectiva, se siente exuberantemente fresca, casi ajena a lo que conocemos como comedia o cine musical en Latinoamérica en el mejor sentido de la idea. Entre bops ochenteros y uno que otro diálogo ligeramente “cancelable”, permite entrever los paradigmas e ideologías que criaron a nuestras madres y abuelas, mientras prepara el camino para futuras adaptaciones de obras musicales mexicanas.
Yedi Robles es egresado de Comunicación y Periodismo por parte de la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Realiza su servicio social en Cineteca Nacional de México, en el área de Publicaciones.
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