Hasta el último hombre

Hasta el último hombre

Por | 16 de febrero de 2017

Sección: Crítica

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Como director, Mel Gibson puede ser feroz, vehemente y salvaje. El ímpetu y la contundencia de sus cintas se complementa magníficamente con la lucidez con la que filma. Como actor, ha protagonizado cintas hollywoodensemente encantadoras: Eternamente joven (Forever Young, Steve Miner, 1992), Lo que ellas quieren (What Women Want, Nancy Meyers, 2000), y otras ciertamente disfrutables, como Señales (Signs, M. Night Shyamalan, 2002), El patriota (The Patriot, Roland Emmerich, 2000), todas sus armas mortales y la trilogía de Mad Max (George Miller, 1975-85). Pero estando detrás de la cámara ha proyectado algo más: un discurso enérgico y visceral  –Corazón valiente (Braveheart, 1995)–, un salvaje calvario ontológico –La Pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004)– y una cinta antropológicamente sanguinaria –Apocalypto (2007).

Luego de diez años de ausencia regresa a dirigir una cinta sobre un –a todas luces admirable– héroe de guerra que se tambalea en el vaivén de lo moralmente correcto y lo humanamente aceptable. Interpretado por Andrew Garfield, Desmond Doss es un objetor de conciencia que está decido a ir a la guerra no a matar hombres, sino a salvarlos. Su deseo es estar en el campo de batalla como médico. Como lo hizo en La pasión de Cristo, Gibson (Peekskill, 1956)  muestra en este filme a un protagonista que pone a prueba su fortaleza y su fe, esta vez en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial.

Gibson nos acerca a un campo de batalla infernal con cuerpos apilados, retorcidos y desmembrados; ríos de sangre; ratas que corroen la carne de los muertos. A su modo, el director es un provocador con una mirada realista. El dilema moral que el protagonista nunca logra resolver es el mismo que el espectador vive al verlo entre balas y explosiones: si en verdad quiere hacer el bien, ¿por qué está en la guerra? La redención de Doss parece depositarse en su idea de salvar a cuantos sea posible, aliados o enemigos.

Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) está hecha por un artesano que echa mano de todos los recursos que Hollywood le puede ofrecer para crear un drama de alcances bíblicos. Se trata, a pesar de algunos, de una cinta honesta. Gibson borra cualquier situación políticamente correcta, sin dejar espacio a una moral hipócrita que pudiera mostrar que en la guerra todos los personajes son humanos. Los soldados japoneses son expuestos como seres testarudos dispuestos a morir. Así, la película se sabe patriótica. Una sinceridad, aunque retorcida, que se agradece.

Utilizando un presupuesto millonario, la cinta presenta un desfile de impresionantes imágenes bélicas, que se refuerzan por el misticismo del protagonista. Hasta el último hombre es una película probablemente católica, que avanza a paso veloz hacia el infierno, sobre un hombre que dio muestras de santidad en el único lugar que se puede mostrar: la descomposición, la muerte, la putrefacción, el sufrimiento y las lágrimas.


Daniel Ángeles es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha colaborado en Código y ha sido profesor adjunto de la UNAM.