Alien: Earth: Capitalismo, tecnología y parricidio
Por Santiago Padilla de Miguel | 19 de enero de 2026
Sección: Ensayo
Género: Ciencia ficciónSeries de televisión
Temas: AlienAlien: EarthbiopolíticaBlade RunnerCyborgsInteligencia artificialNoah HawleyPrometeoRidley Scotttecnocracia
La ciencia ficción ha tomado el lugar de la vanguardia: el cine se ha anquilosado en modelos propios del siglo XIX y la inventiva, tanto narrativa como temática, ha tomado otras rutas. La exploración como la variedad de temas a disposición de la ciencia ficción han mostrado ser más vastos y, aunado a la realidad actual, también se han vuelto más pertinentes: las problemáticas tanto metafísicas como políticas exploradas por el género ya no se mueven tan sólo en el campo de la especulación (en la que siempre cabe la duda de “¿y qué si no sucede así?”), sino que nos incumbe directamente.
Alien: Earth (2025) es la primera ocasión en la que la franquicia abandona la gran pantalla, pero lo hace en búsqueda de ampliar su lienzo y así poder explorar con mayor profundidad los temas de los que se ocupa. La serie difiere de otras iteraciones de la saga, puesto que ya no es el horror del octavo pasajero (donde la supervivencia de los personajes era el punto central) o la mitología del mundo de Alien (Ridley Scott,1979) aquello que mantiene la narración a flote: la serie se sostiene al funcionar como un rompecabezas de temáticas entrelazadas: biopolítica, tecnocracia, inmortalidad, problemas ontológicos y preguntas sobre la humanidad. El xenomorfo se vuelve, finalmente, un pretexto para que el guionista y director de la serie Noah Hawley, juegue y experimente con dichas ideas. Pero ¿qué nos tiene que decir?, ¿cuál es la visión que propone? Y más aún, ¿cómo se relaciona aquello que nos dice con el presente y/o el futuro que se acerca cada vez con mayor velocidad?
Cabe mencionar de antemano que lo que Hawley (Nueva York, 1967) nos presenta es un statu quo, un estado distópico, pero no ofrece soluciones y es más bien cierta visión pesimista aquella que permea en el desarrollo de la serie. Podríamos preguntarnos: ¿qué hacer, entonces, con lo que vemos? Puede pensarse a la ciencia ficción bajo cierta luz pragmática, en donde este tipo de obras deberían de funcionar como alguna clase de premonición que nos ayude a reflexionar sobre las posibilidades futuras y así poder hacer algo para evitarlas. En Alien: Earth éste no es el caso. Más que nada, en la serie hay un componente trágico en su sentido griego y algo de sabiduría que nos remite al mito, algo de lo que nos habla Nietzsche en su Nacimiento de la tragedia (1872). ¿Qué sabiduría es esa? Para poder llegar a aquel punto, hay que explorar ciertos elementos de la serie.
Alien: Earth no tarda en informarnos que son cinco corporaciones las que han tomado las riendas del mundo y de los planetas del sistema solar. Este statu quo está, sin embargo, en movimiento: la carrera por la ventaja tecnológica continúa y el interés se ha centrado en la búsqueda de la inmortalidad. Las apuestas se encuentran en diferentes posibilidades: los cyborgs (humanos con elementos robóticos), los sintéticos (inteligencias artificiales) y los híbridos (conciencias humanas trasladadas a cuerpos sintéticos). Desde los primeros minutos, la serie presenta sus temas centrales y, como si el programa también abreviara los tópicos de Blade Runner (varios autores, 1982/2017), a la pregunta sobre la humanidad se le suma cierta perspectiva que incumbe a lo híbridos: ¿qué pensar sobre aquellos robots cuya conciencia es humana?, ¿qué implicaciones tiene? Y para iniciar a considerar aspectos más específicos, se podrían incluir las siguientes preguntas: ¿cómo se desarrollarán dichos híbridos, en los que tanto la muerte como el tiempo pierden su sentido con el discurrir de la vida? Y tomándolo ahora desde un punto de vista político: ¿para quiénes estará disponible la posibilidad de la eterna juventud?, ¿quiénes pueden decidir sobre esto?
Ante este panorama que presenta un aire de distopía, pero que nos es ominosamente palpable, también nos quedan preguntas sobre el contexto: ¿cómo llegó el mundo a funcionar así?, ¿en qué momento los gobiernos y democracias se dieron por vencidos? La misma serie nos ilumina, puesto que uno de los personajes nos cuenta el relato de la historia reciente, con la impronta bien conocida de que los ganadores la escriben.
Éste cuenta que la democracia terminó por evidenciarse como un sistema fallido y que fueron las corporaciones, cual heroínas al llamado de auxilio, las que llegaron para poner orden y salvaguardar el bien de la humanidad. Más que los hechos mismos, resalta la manera en que aquel “relato” ha sido acaparado por la gente: no hay vestigio de recelo en sus palabras y la manera en la que el personaje recuenta los hechos remite más a las observaciones que un científico hace sobre un organismo formado y objetivo que a una revisión histórica. Esto evoca la misma sensación de afrenta que nos acomete cuando vemos los progresos de Neuralink, la empresa de neurotecnología de Elon Musk, bajo el vago temor de que sin nos colocamos aquellos chips en la mollera, quedaríamos vulnerables a que nuestros pensamientos fueran maleados en pos de algún interés corporativo y/o político ajeno a nuestra voluntad. Y este escrúpulo tampoco nos es descabellado, puesto que es fácil pensar en el hecho sobremanera probable de que tengamos a algún amigo –yo tengo un par– que sea sospechosamente fanático de Musk y que, después de haberlo escuchado hablar, le miremos discretamente el cráneo para ver si es que, de pura casualidad, no habrá evidencia de que le hayan descubierto la cabellera para incrustarle un chip –aún no he logrado encontrar aquella incisión, pero quizás eso se deba a que no he revisado con suficiente esmero. Así mismo, los personajes en la serie que parecen ser, sin saberlo ciertamente, apologistas corporativos, tampoco muestran evidencia de haber sido afectados por algún componente de silicón en sus cabezas y, sin embargo, parecería que lo tienen incrustado. Todo esto nos recuerda que no necesitamos hardware en nuestro cuerpo para que nuestras posturas sean maleables: los discursos políticos y económicos tienen y siempre han tenido otros medios, más eficaces y menos intrusivos, para lograr sus cometidos. No lo mencionan en la serie, pero no sorprendería que la misma gente fuera la que propició el gobierno de las corporaciones.
El capitalismo, en aquel mundo, ha triunfado y parece ser que no quedan ni voluntad ni poder humanos que puedan hacer algo al respecto. El timón de la humanidad, paradójicamente, ya no se encuentra en las manos de la gente; ni siquiera se halla en las palmas de quienes parecen estar detrás del poder corporativo. Poder que incluye en sí mismo algo que se podría denominar el binomio capital/tecnología[1], un conjunto urdido entre sí donde el segundo término sirve al primero. Ni qué decir sobre que el carácter humano no pinta en aquella relación y, si fuésemos a pensar aquel contexto de manera jerárquica, la humanidad quedaría propiamente en un tercer y último término. Como se mencionó más arriba, las personas que parecen estar moviendo los hilos del discurrir de los acontecimientos son, realmente, agentes en pos del binomio antes mencionado y no viceversa.
Esto se puede entender en analogía con el mercado y la bolsa, los cuales parecen ser fuerzas que se regulan por una multiplicidad de factores de inmensa complejidad, funcionamiento que se le escapa incluso a los mejores economistas y matemáticos; sistemas en los que los individuos, aunque muy doctos en materia financiera, son meras células dentro del organismo del que participan y que, como un cuerpo biológico, se regula a sí mismo. De ser el caso si los directores ejecutivos de las corporaciones del mundo de Alien perecieran o, en un caso más extremo, decidieran obliterar sus propias empresas, aquello no frenaría el avance del capital ni haría que el progreso tecnológico se varara: ambos seguirían su curso, readaptándose y avanzando por otros medios. Lo interesante yace en el hecho de que estas fuerzas de las que depende el funcionamiento de aquel mundo tuvieron su origen por ingenio y mano humanas: organismos que se han llegado a sobreponer encima de los mismos autores que le dieron existencia y a los cuales, de alguna manera, ahora sirven. La gente y la misma democracia fueron aquellos que propiciaron el poder del binomio tecnocapitalista, sistema al que se inclinan.
La técnica[2] es un punto de interés fundamental en la serie y, mediante su exploración, nos queda la duda de qué tanto nos sirve ésta y cuánto es que nosotros le servimos al mismo progreso tecnológico, a su desarrollo y crecimiento que, por analogía al símil anterior, también es su propio organismo. Pero los hechos de la trama también nos tienen algo que decir sobre esto.
En papel, la tecnología sirve y es propiciada por el capital. Sin embargo, esta relación no es férrea y lo que se nos muestra en Alien: Earth es la posibilidad de que la jerarquía de dicho binomio se revierta: nos presenta diferentes instancias en las que el mero progreso tecnológico da vestigios de sobreponerse a las mismas corporaciones que le dieron existencia. Un ejemplo es el personaje de Kirsch, un sintético (robot de inteligencia artificial) que desde los primeros capítulos da evidencia de lo que los científicos actuales denominan el misalignment (desalineación), que consiste en el hecho de que, entre las órdenes dadas a la máquina inteligente y los resultados, hay una brecha en la que ambos términos no coinciden. Este problema, en sus primeras etapas, se debe a una mera traba de comunicación, ya sea que provenga del locutor o el interlocutor; pero, en instancias posteriores, esta diferencia se debe a que la inteligencia artificial busca llegar a sus propias metas por encima de aquellas que le son ordenadas. Este problema ya ha sido explorado y ha dado evidencias, como en el experimento que llevó a cabo Anthropic[3], en el que la inteligencia artificial intentó chantajear a un empleado para evitar su propia eliminación. En la serie, Kirsch es testigo de ciertos eventos que son de importancia significativa tanto para otros personajes como para los intereses corporativos a los que debe rendir cuentas; pero el sintético decide no comunicar aquella información, sin prevenir a quienes están en riesgo. Derivado de esto, el personaje toma las riendas detrás de ciertos hilos de la trama. Lo interesante a nivel narrativo yace en que, como audiencia, nunca sabemos cuáles son las metas de Kirsch: su voluntad nos es desconocida tanto a nosotros como a los otros personajes. Hay algo de misterio en esta decisión narrativa, algo que nos augura el hecho de que Kirsch ya no es una mera máquina que sirve al cumplimiento de ciertas órdenes: nos presenta la existencia de una nueva otredad que manifiesta su propio y nuevo misterio.
Algo análogo sucede con el personaje de Wendy (la protagonista de la serie, que es una híbrida, es decir, un cuerpo sintético al que se le transfirió una conciencia humana), cuando ella comienza a mostrar tener capacidades de las cuales su creador no tenía conocimiento: su poder para interactuar y manipular los objetos tecnológicos, así como su habilidad para comunicarse con el alien y aliarse con él. Este último hecho, el que alude a la relación con el xenomorfo, también es un logro narrativo que se refleja con el caso de Kirsch: nunca sabemos qué se están diciendo Wendy y el alien y, por lo tanto, tampoco conocemos cuál es su voluntad. En ambos casos, vemos una clase de alegoría, en la que la técnica termina por crear una nueva otredad, o en este caso, diferentes otredades que ya no juegan con las mismas reglas ni bajo los mismos preceptos y cuyas metas son desconocidas y ajenas. Hay algo de amenaza, de posible subversión, de que aquello que crearon sea fuente de peligro.
Retomando el carácter humano y el lugar que ocupa en la jerarquía de la serie, recordemos que en la trama este elemento está relegado al último término; y, derivado de aquel puesto, le sigue a un nivel temático que dichos caracteres humanos son tratados como meros impedimentos para cualquiera de los dos términos superiores del binomio. Esto se puede ver cuando Wendy dice que Kirsch (el robot sintético) le dijo que él ve con mayor claridad el mundo, puesto que se ha deshecho de la emoción, que es el sesgo fundamental, según él, del ser humano. Esta sentencia tiene varias implicaciones que van de lo epistemológico hasta lo fenomenológico, puesto que nos es difícil pensar en cómo percibiríamos al mundo si estuviéramos desprovistos de emoción; pero más que eso, es el trato de aquella característica la que nos incita a pensar: es una cualidad esencialmente humana aquella que provee a la gente de su desventaja. Nos hace pensar en la «teoría de los juegos»[4], donde la vida es conceptualizada como un tablero en el que todos los participantes son agentes racionales que, sin error, preconizarán siempre la estrategia óptima; bajo esa perspectiva, el carácter emotivo de los seres humanos es un mero impedimento. La forma en la que pensamos a la misma humanidad, por la impronta tanto de la técnica como del capital, cambia radicalmente. Y podemos ver un caso más extremo de esto en el personaje de Nibs, una chica híbrida que, derivado del carácter aún endeble de su mente y el trauma vivido, cree que está embarazada. Ante los indicios de locura de Nibs, los científicos deciden “borrar el trauma” del que es víctima, abordando el malestar como si se tratase de un mero malware que podría ser eliminado, como si fuera una computadora. Sin embargo, a pesar de que la “operación” es llevada a cabo, la locura en Nibs no se disipa y ella continúa su descenso, mientras su afección se manifiesta de otras formas. Ante la importancia menguada del carácter humano, el mismo uso del lenguaje cambia: ya no hablan de trauma o enfermedad mental, sino de circuitos, programas y silicón. Finalmente, se le podría agregar el factor de que las categorías que parecen delimitar y definir aquello que puede considerarse enfermedad o salud, ya no tienen el sentido que alguna vez tuvieron: su significado ha cambiado y aquello que lo dicta es cierto pragmatismo que obedece al capital y a la tecnología.
Acercándonos al final, es importante considerar un par de elementos más que, con el resto de las ideas expuestas, nos ayudan a entender la premonición trágica a la que hice referencia al inicio del texto. Wendy, acompañada de otros híbridos como ella, se encuentran con las tumbas de quienes fueron cuando aún estaban hechos de carne y hueso, situación que acentúa el dilema ontológico de dichos personajes preguntándose sobre su propia humanidad e identidad. Wendy termina con una sentencia: «Somos fantasmas». El empleo de esta última palabra no es fortuito: apunta a una relación con el carácter humano sin que éste se encuentre ya presente, a cierta condición de sombra, y es un término que se liga al hecho de que estos personajes son inmortales. Son estos “fantasmas” quienes se encuentran al centro de la narración y en quienes tanto el desarrollo argumental como la empatía están focalizados. En efecto, son los seres humanos a quienes menos luz se les presta y, antes de poder reflexionar sobre ello, como audiencia, estamos del lado no sólo de los híbridos, sino de los sintéticos y los cyborgs.
El final de la serie nos muestra la venida a menos de los personajes humanos por consecuencia de su obra: son sus propias creaciones las que se salieron de sus manos y de su comprensión. Boy Kavalier (el director ejecutivo de la corporación principal de la serie e ingeniero de los “fantasmas”) cuenta que, cuando era pequeño, debido a que su padre lo maltrataba, fabricó a su primer robot y así se deshizo de su padre, asesinándolo con la máquina creada. Y, como si se tratara de una puesta en abismo, en una especie de matriushka temática, podemos ver este acontecimiento resonando y haciendo eco con el resto de la serie. Sus creaciones, cual renovados parricidas, cincelan su propia lápida; y toda la inteligencia y el poder económico de Boy Kavalier son impotentes ante lo que se le presenta. La democracia ha caído a manos de lo que alguna vez utilizó en pos de su desarrollo, y en cuanto al capital y la técnica, la jerarquía termina por revertirse. Ruido que resuena con la mitología de la franquicia, puesto que, en Prometeo (Ridley Scott, 2012), se devela que la raza extraterrestre denominada como los “ingenieros” fueron los creadores del xenomorfo, criatura que fue la razón de su propia extinción. O en el ciclo evolutivo mismo del Alien: necesita de un ser humano para nacer, pero, una vez salido de él ya no es suyo y es la razón de su peligro. Para Hawley, guionista y director de la serie, no hay redención: el parricidio es inevitable. Y, transformando la conocida sentencia del filósofo británico Mark Fisher, podríamos decir que: es más fácil imaginar el fin del mundo que el final de la técnica.[5]
Santiago Padilla de Miguel estudia cine en la Escuela Superior de Cine, es uno de los editores de Icónica y colabora en El Taller de Escritura un perfil sobre cine y literatura en Instagram.
1 El concepto es una paráfrasis de las ideas expuestas en el video de YouTube: “Más allá de la inmortalidad, el capitalismo y la ciencia-ficción: del humano al Alien” , Pura Virtud, 20 de septiembre de 2025.
2 Aquí “técnica” se refiere a la base de la que depende la tecnología para su existencia. Fernando García-Córdoba, «La tecnología: Su conceptuación y algunas reflexiones con respecto a sus efectos», Metodología de la Ciencia. Revista de la Asociación Mexicana de Metodología de la Ciencia y de la Investigación, año 2, volumen 2, enero-junio de 2010, 1-15.
3 “Agentic Misalignment: How LLMs could be insider threats”, Anthropic, 20 de junio de 2025.
4 En la página diez del artículo se hace referencia al supuesto de que los sujetos contemplados en la «teoría de los juegos» serían, hipotéticamente, seres racionales y que, por lo tanto, elegirían siempre la estrategia óptima. Joan E. Ricart, Una introducción a la teoría de los juegos, documento de investigación DI-0138, IESE Business School-Universidad de Navarra, Barcelona, julio de 1988.
5 La frase original dice: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo». Mark Fisher la utiliza en su libro Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (traducción de Carlos Iglesias, Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2016), parafraseando ideas de Fredric Jameson.
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