Un poema sobre la derrota
Por Mariano Carreras | 18 de junio de 2026
Sección: Crítica
Después de la publicación de dos libritos en su juventud, hace años que el poeta no escribe poesía. Es este detalle discordante lo que le confiere dramatismo a la estructura satírica del personaje. Óscar Restrepo camina sinuosamente entre la vigencia de un deseo que lo deja anclado en un pasado inconcluso y un presente de nulidad casi absoluta. No puede en la actualidad concretar su proyecto porque el tamaño del poeta que quiso ser lo persigue y lo pone en plan de escape, como en esa escena en la que el hermano de Yurlady, la joven escritora amateur a quien quiere apadrinar, lo persigue para darle una paliza. Una escena que también es definitoria del personaje: su torpeza y su miseria tienen como consecuencia un penoso malentendido por el cual Óscar corre desaforado por las calles de Medellín apenas para salvar el pellejo. Lo persigue un joven y a la vez lo persigue la propia juventud que perdió hace tiempo, ahora que se ha convertido en algo así como la caricatura de un poeta.
El título de la película: Un poeta (Simón Mesa Soto, 2025), encierra una pregunta. Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos) no escribe, y cuando le preguntan por un libro supuestamente en preparación responde con evasivas que dejan su improductividad en evidencia. Entonces, ¿es todavía un poeta? El título lo nombra por el oficio que hace mucho ha dejado de ejercer. ¿Habría que interpretar ese gesto como una ironía? Quizás un poco sí. Pero la respuesta que me parece más precisa está en el hecho de que Óscar, aunque no ejerce como tal, dice ser un poeta. El título de la película nombra su pretensión, no su forma de existencia. Pretensión no tanto como jactancia sino como solicitud de reconocimiento frente a un entorno que no cede. Así como el rey que está desnudo se ha quedado sin el espesor social de su poder de mando, aquí es este proyecto de poeta vacío de palabras frente al mundo quien se ha quedado sin lo indispensable –el ejercicio de su oficio– para que lo reconozcan. El vacío que dejan las palabras que Óscar ya no destina a la poesía se llena con palabras pretensiosas, que de hecho le sobran. Y, cuando las palabras sobran, más vale el silencio.
A veces Óscar hace silencio. Entonces él mismo se convierte en un poema visual que dice mucho más ante nosotros, que lo vemos, que su verborragia ante quienes, a todas luces, no lo escuchan. Lo vemos parado en medio de una sala llena de gente, una tertulia literaria que mientras puede lo mantiene aislado, con sus ropas desprolijas y sus libritos bajo el brazo, mirando la nada que ha llegado a ser reflejada en ese mundo que lo rodea con su indiferencia. Pero la cámara está de su lado y en ese momento se cobra venganza por él: hace zoom sobre el personaje, nos lo acerca y lo convierte en un gigante, y en ese mismo movimiento va expulsando tertulianos, los va dejando afuera del plano. Quienes lo descartan a él, son descartados por la cámara. Es verdad que en ese caso el suyo es un silencio forzado por la circunstancia, y que apenas le den el micrófono va a volver a su verborragia pretensiosa. Pero, mientras permanece en silencio, exhibe su vulnerabilidad con una expresividad que, paradójicamente, parece invencible.
Si decimos que Un poeta es una sátira, deberíamos dar cuenta del punto que a Simón Mesa Soto (Medellín, 1986) le interesa criticar. Si el título no es fundamentalmente una ironía, no es la conducta del pretensioso la que está en el centro de la mira. Es preciso desplazar el foco hacia un personaje secundario: Efraín Mendoza (Guillermo Cardona), un escritor exitoso que tiene con Óscar una relación de rivalidad. El poeta consagrado versus el poeta inconcluso, al proyecto frustrado. De este último, la película se ríe, pero se cuida mucho de arrojar sobre él un juicio de valor edificante. Como sátira, lo que la película juzga con severidad no son las torpezas del pretencioso, son más precisamente las pedanterías del consagrado. En efecto, Efraín es un pedante. Le dice a todo el mundo lo que tiene que escribir y lo que tiene que hacer. Y sabe tan bien lo que es la poesía y lo que significa ser un poeta, se llena tanto la boca de lugares comunes al respecto, que además resulta ser un farsante. Es la imagen gastada de lo que alguna vez aparentemente supuso que debía ser un poeta.
El mundo está tan equivocado que la pose resulta exitosa y le da la razón al pedante. Frente al éxito de la pura pose de Efraín, en el extremo opuesto, Óscar Restrepo: un poema sobre la derrota. Si algo no hace Óscar es posar ante nadie. Va desnudo por la vida, como un rey caído en desgracia, sin investidura, sin atributos. Pero tiene algo a su favor, algo que le confiere dignidad: así como no sabe lo que tiene que hacer para convertirse en lo que quiere, no sabe tampoco lo que tiene que hacer nadie. Por eso, a Yurlady (Rebeca Andrade), si bien reconoce que tiene talento y torpemente la acompaña en los primeros pasos de lo que supone una carrera promisoria, no comete el error de condicionar su obra. En cambio, Efraín le exige a la joven que escriba un poema con contenido social para conmover al jurado y asegurarse el premio en un certamen. Óscar, por supuesto, se opone. Antes que el éxito de la pose, prefiere los poemas de Yurlady.
Efraín posa y exige que los demás también posen. Óscar pretende ser y corre desaforado. Son dos caricaturas distintas, una incisiva y la otra piadosa. Y mientras una de estas caricaturas tiene el aspecto de una realidad demasiado prosaica, la otra asume la dimensión estética de un poema.
Mariano Carreras es Profesor y Licenciado en Letras, graduado de la Universidad de Buenos Aires, donde actualmente cursa la Maestría en Literaturas Española y Latinoamericana. Es docente de Literatura y Prácticas del Lenguaje en escuelas secundarias de la Provincia de Buenos Aires. En el 2022 publicó de manera independiente el libro de cuentos Dragón. Escribe crítica literaria y cinematográfica y es colaborador en distintos medios.
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