Amores materialistas: Un mensaje perdido

Amores materialistas: Un mensaje perdido por el sentimentalismo

Por | 26 de agosto de 2025

Para nadie es secreto que hay todo un listado de requisitos y “no negociables” cuando estamos eligiendo pareja. Amores materialistas (Materialists, 2025), la última obra de Celine Song, es una muestra de ello. Sin embargo, en esta comedia romántica o “dracomedia”, como se le quiera clasificar, el mensaje se pierde en el estereotipo de amor romántico heterosexual. En la película seguimos la fórmula universal de: mujer hermosa y exitosa debe elegir entre dos caminos para conseguir el amor, y curiosamente Lucy (Dakota Johnson), quien se dedica al negocio de encontrar parejas para personas con determinado capital económico, decide resolver su problema en la contradicción.

Revisando la crítica en general, esta película ha tenido un buen recibimiento, no sabemos si es por el triángulo amoroso que se crea entre Lucy (Johnson), Harry (Pedro Pascal) y John (Chris Evans), o porque en el público persiste la necesidad de replicar el mito del amor romántico en el que el amor lo puede todo, donde la pareja por la cual todos apostaban, supera toda dificultad. Es una obra entretenida, no lo voy a negar, pero sentí incomodidad al notar que un gran mensaje se perdió entre el sentimentalismo y la melosería absurda.

Por una parte, el personaje de Lucy tiene la oportunidad de cuestionar el sistema en el que se desenvuelve su profesión. Esta casamentera debe buscar para sus clientes los candidatos capaces de dar el match perfecto, midiendo su éxito cuando se logra el matrimonio (causa y finalidad del mito del amor romántico). Se destaca que no hay filtros para mostrar cómo las personas seleccionan y descartan a alguien por su edad, condición física, estatura, cabello, etc. Incluso la misma protagonista es clara y directa al manifestar que su no negociable es que su pareja debe ser rica, siendo la oportunidad de Harry (Pascal) para deslumbrarla con citas y atenciones. No obstante, cuando la insatisfacción aparece, o en este caso la soledad, el no negociable entra en el terreno de la flexibilidad.

Lucy propone esa flexibilidad en Sophie, una de sus clientas que ha sido descartada por varias citas, y cuando lo logra, la desgracia aparece. Es a partir de ese suceso (una agresión que nos oculta el rostro de quien lo hace, pero del cual sabemos por terceros) que la protagonista cuestiona su quehacer, sin embargo, esto la lleva a elegir la opción ya conocida para descartar a su nueva oportunidad en el amor. El momento de la redención termina de opacarse cuando nos enteramos de que esta clienta logra conseguir “el éxito” gracias a la intervención de la empresa matrimonial y, tal vez, de Lucy. Sophie es la representación de lo que propone el mito del amor romántico sobre la asociación entre la consecución del amor y la felicidad. A pesar de tener estabilidad económica, salud, belleza e inteligencia, esta mujer no se siente feliz por estar sola y su vulnerabilidad es una ficha transaccional para la empresa de casamenteras; a cambio de dinero encuentran al hombre que le dará el amor de sus sueños.

Lo que más me decepcionó fue la escena de la “emergencia” en una boda, donde la novia tenía dudas sobre si realmente quería casarse, ya que iría en contra de su autopercepción de mujer moderna, la cual había logrado muchas cosas por su cuenta, sin necesidad de un hombre. Lucy logra manipular el discurso y venderle la imagen de que el éxito de dicha unión es hacerla sentir reconocida y valiosa. Aquí nos encontramos con otra propuesta del amor romántico, en la que el sacrificio permite acceder a esa completitud que necesita para su construcción individual y social.

¿Qué ocurre con el amor propio y perder el miedo a la soledad? Es olvidado. Vemos una búsqueda incesante de personas “unicornio”, como la agencia clasifica a aquellos que cumplen con el capital financiero, cultural, físico y mental. Requisitos que cumplía Harry, pero que no fueron suficientes para Lucy. Nuestra protagonista destaca por su astucia y belleza, que le permiten una estabilidad financiera y el reconocimiento en su trabajo. Es claro que Song (Corea del Sur, 1988) demuestra cómo el amor es transaccional; cada parte busca el beneficio de lo que el otro ofrece y el capital financiero influye en gran medida, pero cae en la falacia de que el amor todo lo puede, buscando esa dependencia emocional en el otro.

Después de una década de la ruptura entre Lucy y John, ocurre el reencuentro. No hay mucha novedad, sólo que Lucy ha logrado cierta condición social en donde es reconocida, mientras que él permanece en su contexto socioeconómico, luchando por su sueño de ser actor mientras que trabaja como mesero en eventos sociales y comparte un apartamento en deplorables condiciones. Lo que los mueve es la empatía y el interés de John, pero también la necesidad de Lucy por ser escuchada y entendida. De nuevo la falencia de la completitud hace de las suyas y el mito del amor romántico llega a su meta con la boda civil que nos brindan en el epílogo de la película. No hay lecciones del pasado ni preocupaciones del futuro, entramos en la zona donde “el amor todo lo puede” y el sentimentalismo ha ganado sobre todas las cosas.

Ahora bien, es necesario reflexionar si es válido seguir con la dinámica del estereotipo de amor occidental heterosexual, perpetuando los típicos roles sociales de género donde una mujer necesita ser salvada o completada por otro hombre sin importar su capacidad de agenciamiento. Song probablemente nos siembra la semilla de la duda sobre si es necesario continuar con las tramas de las comedias románticas, o en definitiva tenemos que romper con las manifestaciones del mito del amor romántico para repensar nuestra manera de relacionarlos y, de paso, cuestionar el “felices para siempre”.

 


María Fernanda González García estudia Literatura en la Universidad del Valle. Realizó sus prácticas profesionales como parte de la redacción de Icónica. Ha colaborado en el espacio Cinéfagos de El Colombiano y la revista de cine colombiano Canaguaro.