Tempestad

Tempestad

Por | 11 de Mayo de 2017

Sección: Crítica

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¿Cómo se explica la propagación de la violencia criminal que carcome a una buena parte del territorio de México desde hace más de diez años? ¿Podemos entender esa degradación silenciosa de pueblos y ciudades que, aparentemente sin ninguna garantía por parte del Estado –mantenedor de la paz y la unidad en las definiciones clásicas de Thomas Hobbes, John Locke y hasta Nicolás Maquiavelo– se consumen en una guerra cuyos límites políticos nunca han sido bien claros? Y todavía peor, ¿qué hay detrás de esa evidente conversión de cuadrillas de campesinos y trabajadores pobres de las ciudades en mercenarios para unos llamados “cárteles del narco” que, por lo visto, ya no solamente trafican con narcóticos y en cambio administran complejos y multidisciplinarios sistemas criminales siempre vinculados a la estructura de los gobiernos municipales, estatales y, muy seguramente, también el federal?

En Tempestad, segundo largo de la documentalista nacida en El Salvador pero crecida en México, Tatiana Huezo (una de las voces más innovadoras en el cine documental mexicano –más aun, latinoamericano, diría yo–, poseedora de un estilo depuradísimo, detonador de la belleza plástica a partir de la más íntima evocación del dolor), la incursión en el terreno de la violencia producto del “crimen organizado” es emprendida a través de los testimonios de dos mujeres que, en distintos lugares y circunstancias, han sufrido en la propia carne, o en la de sus familiares, el dolor y la injusticia de un estado de guerra cuya proximidad es latente. El documental se hilvana a través de dos historias que alternan: en 2010, deliberadamente acusada por la Procuraduría General de la República (PGR) por un crimen que no cometió, Miriam Carbajal, una mujer joven, madre de un niño pequeño, fue extraída de su lugar de trabajo como empleada del Instituto Nacional de Migración en Cancún, para ser enviada a un penal de Tamaulipas controlado en su totalidad por un grupo criminal, a más de 2,000 kilómetros de distancia. En otro punto del país que nunca es especificado –aparentemente, debido a la clandestinidad en la que tiene que vivir su protagonista en la actualidad–, Adela Alvarado, también madre de familia, artista junto a su familia en un circo trashumante, fue privada de su hija de 20 años por un grupo delictivo, para variar, relacionado con empleados de la policía.

Como en El lugar más pequeño, de 2011, la fulgurante opera prima de la directora, cuya estética hipernaturalista se extiende a Tempestad (2016) –casi como si se tratara del segundo capítulo en una saga dedicada a la violencia en Latinoamérica– y al cortometraje dirigido en 2015, Ausencias, también sobre los efectos de la “guerra contra el narco” en el norte del país, la cámara recorre lentamente el paisaje de los rostros y la luz tenue de los atardeceres; también los caminos de árboles, captados desde la velocidad del movimiento, toman la forma de sombras vertiginosas que intensifican la emotividad de una voz en off en perfecta simbiosis con la imagen. Pero a diferencia de la primera película, en donde la exploración sonora y audiovisual se circunscribe a un espacio específico, el pueblito salvadoreño de Cinquera –tierra natal de la familia de Tatiana Huezo (San Salvador, 1972)–, y a la ciudad de Saltillo, Coahuila, escenario de Ausencias, aquí el marco es un México desdoblado, casi siempre en tránsito, y donde igual se pueden ver las fachadas llenas de balazos en la castigada ciudad de Matamoros, Tamaulipas, que una central de autobuses de la Ciudad de México poblada de semblantes intranquilos.

Si algo se puede remarcar de ésta, la intimísima crónica a dos voces del vacío y la desesperanza de un país sumido en la confusión y el miedo, es una suerte de belleza cáustica extraída entre el esplendor de las ruinas.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.