Carneros
Por Ana Laura Pérez Flores | 13 de noviembre de 2015
Carneros (Hrútar, 2015) comienza mostrándonos de inmediato el factor detonante del conflicto: la imagen de un animal muerto anticipa fatalmente lo que sucederá. Este cadáver funciona como símbolo de la tragedia que resonará hasta afectar a todos los habitantes de la comunidad. El anuncio de la enfermedad desencadenará la acción en una historia que alcanza a convertirse en una mirada incisiva sobre las prioridades y las relaciones humanas.
El filme toma lugar en un pequeño pueblo en Islandia, sus habitantes están geográficamente –y socialmente– aislados; todo sucede en una dinámica un tanto hermética en la cual las ovejas juegan un papel crucial. Se dibuja un vínculo íntimo más allá de la importancia de la especie para la economía de la población: los granjeros se refieren a los animales por sus nombres y los tratan con un cariño muy particular –Gummi (Sigurður Sigurjónsson) le llega a dar un beso en la nariz al suyo, por ejemplo. A través de ciertos momentos específicos del relato, como la competencia y la ceremonia de premiación, se vuelve evidente que se trata de un tema casi sagrado. Hay mucho más en juego que un reconocimiento, un carnero no es sólo un carnero.
Es por esto que el conflicto adquiere semejante proyección: cuando el ganador de la competencia se enferma, los síntomas no son exclusivos de un animalito: se vuelven colectivos. No sólo ha contagiado –presuntamente– al resto de los animales, sino que ha infectado la dinámica de la comunidad. Lo que le sucede a la población de carneros implica también consecuencias funestas para la población humana. Cuando Kiddi (Theodór Júlíusson), hermano de Gummi y dueño del ganador de la competencia, exclama «¿Por qué no nos sacrifican a nosotros también?», queda claro que la sentencia es fatal: están enfrentándose al peor escenario posible.
El director, Grímur Hákonarson (Islandia, 1977), enfatiza los alcances de un evento como el diagnóstico de un animal en su cualidad como agente de choque. El anuncio cambiará el rumbo de las cosas en un pueblo donde, al parecer, desde tiempo atrás existe una condición más o menos estable. Los protagonistas encarnan de manera verosímil una relación conflictiva como hermanos y competidores mientras se juegan todo lo que tienen para proteger lo que más les importa: sus carneros y lo que estos simbolizan. Tiene sentido que el relato se desenvuelva a partir –y alrededor– de los animales: en su mundo, parecen ser el único factor lo suficientemente determinante para sacudir el estado de las cosas.
Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.
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