La caja vacía

La caja vacía

Por | 17 de marzo de 2017

Todo acto de expresión o creación, todo arte, tiene algo de autobiográfico. Por más distante que el relato parezca de nuestra realidad inmediata, al momento de ser atravesado por la mirada, hay algo del creador que permanece. El cine de autor, entonces, puede ser más o menos evidentemente cercano, pero siempre implica una visión personal, y cuando se trata de historias expresamente autobiográficas, hay un grado inevitable de vulnerabilidad en la exposición de los eventos y personajes. La caja vacía (2016) es un paso más de Claudia Saint-Luce (Los insólitos peces gato, 2013) en esta dirección.

Esta cinta es un relato sobre la vulnerabilidad que, a su vez, es un acto de vulnerabilidad en sí mismo.

Una mujer se ve obligada a cuidar a su padre –con quien poco a poco vamos descubriendo que no tiene mayores lazos– cuando éste sufre un accidente y le diagnostican demencia vascular. Dos personajes que parecen unidos solamente por la sangre poco a poco se van conociendo a pesar de sus respectivas murallas. Él, un haitiano que vive en México, recuerda ciertos episodios de su vida mientras su presente se vuelve cada vez más difuso; ella, community manager, mesera y aspirante a dramaturga, ve su pequeño universo sacudirse por una enfermedad que no es suya. El diminuto departamento donde Jazmín (la misma Claudia Saint-Luce) y Toussaint (Jimmy Jean-Louis) coexisten se va transformando junto a ellos: por momentos parece espacio invadido o zona de guerra, por momentos parece un hogar sostenido por afectos y cuidados. No hacen falta instantes melodramáticos de revelación ni acentos. El retrato del deterioro diario causado por la enfermedad es suficiente para poder comprender el lugar de donde vienen la desesperación y la resolución de la historia. La puesta en escena orquesta memorias e interpretaciones –la memoria siempre tiene algo de interpretación– como un rompecabezas íntimo del dolor que incluye recuerdos propios, recuerdos ajenos y experiencias compartidas. En este acto de enunciación se suprime la distancia emocional al grado de convertir al espectador en una especie de ojo invitado: nos sumergimos en lo más profundo de una vida ficcional que, sabemos, tiene anclas inmediatas en el universo extrafílmico de la autora.

La caja vacía termina pareciendo así un proceso de sanación: la exposición de las heridas de manera cinematográfica convierte la historia propia y la historia de los otros retratados en un eslabón de diálogo con otras historias, las de quienes estamos sentados en las butacas. Todos somos seres sintientes, sufrientes y vulnerables, todos somos mortales y hay asuntos internos que sólo pueden sanar a través del acto de contar y escuchar. Ser invitados a adoptar una mirada que se está enfrentando con la muerte nos obliga a nosotros mismos a ver nuestra propia mortalidad en la cara.


Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.  @ay_ana_laura