Cumbres
Por José Luis Ortega Torres | 1 de octubre de 2014
Sección: Crítica
Directores: Gabriel Nuncio
Entre los modernos clásicos de la nota roja nacional se encuentra el asesinato de Cumbres, sucedido en 2006 en la colonia de ese nombre en Monterrey, suceso que convirtió al homicida Diego Santoy Riveroll en una figura que llamó la atención de los medios de comunicación nacionales al asegurar que el crimen había sido planeado por su exnovia, Érika Peña. Este crimen dio pie al videohome El asesino de Cumbres (Miguel Marte y Angie Martínez, 2006) y al filme Piel rota (Leopoldo Laborde, 2014), ambos trabajos siguiendo casi al pie de la letra los hechos sangrientos como sucedieron en marzo de 2006.
Cumbres, la opera prima de Gabriel Nuncio, parte de ese mismo hecho para darle una vuelta de tuerca interesante partiendo no de la sangre, sino de lo que vino después: la huida de los personajes centrales. Poco se recuerda que tras los asesinatos, Diego Santoy y su hermano Mauricio –ajeno al homicidio– huyeron de Monterrey iniciando un recorrido por la República. Esos días «a salto de mata» son los que le sirven a Nuncio (Monterrey, 1979) para crear en Cumbres una reflexión acerca de la soledad, el amor fraterno, la inocencia perdida y la seducción criminal, todo ello sin exabruptos, sin una gota de sangre ni un alarmante cadáver a cuadro, ergo, sin morbo.
No importa el asesinato en sí, ni las consecuencias morales o judiciales, ni tampoco los remordimientos personales. En Cumbres su director apuesta por indagar qué sucede en la mente de una persona cuando su realidad se trastoca de manera trágica, y cómo afecta a aquellos en quienes menos se piensa. Nuncio recurre en lugar de los Santoy a una pareja de hermanas, Juliana, la mayor, y la adolescente Miwi, quien se convierte en el contrapunto del horror que flota en el ambiente. A ciencia cierta Miwi no sabe qué le pasa a su hermana, pero intuye que la necesita, que su misión es apoyarla en una odisea gris, donde a medio camino comprenderá que serán los últimos momentos a su lado: Juliana es una asesina prófuga y en todos los medios se anuncia. Algo está roto en Juliana, pero en Miwi esto ha fortalecido su sentido de lealtad, un tesoro que ambas conservarán por siempre, sin importar que las brumas enturbien los años por venir.
Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 10, otoño 2014, p. 48), y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.
José Luis Ortega Torres es fundador y editor de revistacinefagia.com. También es editor de Icónica y Subdirector de Publicaciones en la Cineteca Nacional. @JLOCinefago
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