Viola
Por Abel Muñoz Hénonin | 1 de julio de 2013
Matías Piñeiro, sin duda, es un cineasta con voz y mirada propias; uno que arriesga modos de narrar, como los grandes cuentistas de historias nimias. El tema es común (la ruptura amorosa); el modo de contarlo único: hay dos bloques narrativos sin relación clara (un trabajo con la repetición de unas líneas de la Noche de Reyes de William Shakespeare y una conversación entre mujeres en un coche mientras afuera llueve) que se vinculan y adquieren sentido con un brevísimo comentario en off, justo antes de que empiece una canción pop alegre —y con ella los créditos—, en un final conmovedor y agridulce.
Viola aparece a media película. O aparece en ese momento como personaje único de esa ficción, porque es también el personaje principal de la obra shakespeariana y, lo asumo –no la he leído ni visto–, es uno de los personajes presentados en la obra representada en la película. Y aparece en ese momento porque es el punto exacto en que un acontecimiento ajeno a su vida irrumpirá en y redefinirá su relación de pareja. Algo normal: todo el tiempo hay acontecimientos que empiezan a afectar a personas incautas ante su despliegue, quizá las cosas son así siempre. Sólo que así como el amor, el desamor, las tardes de familia son parte integral de todas las vidas, también se experimentan con las particularidades del trazado de las calles de una ciudad y del grupo con el que uno entabla relaciones. Viola convive con gente de teatro y con músicos en Buenos Aires, pero igual se deja influenciar –como cualquiera– porque una amiga le dice que si Javier, su novio, no la besa de inmediato cuando llegue a casa aún hay pasión entre ellos. Piñeiro (Buenos Aires, 1982) encontró una fórmula única, sencilla y sorprendente para mostrar este rincón –melancólica como el invierno porteño, juguetona como un cuento vanguardista–, quizá consciente de que es necesario –tal vez, urgente– aprender de nuevo a contar una historia como sólo se puede contar con la complicidad y los guiños que se haría entre cervezas y amigos.
Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 5, verano 2013, p. 58), y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.
Abel Muñoz Hénonin dirige Icónica y la oficina de Difusión y Programación para la Cineteca Nacional. También imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel el libro Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012).
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