Retorno a Aztlán (versión restaurada)

Retorno a Aztlán (versión restaurada)

Por | 1 de octubre de 2013

Retorno a Aztlán es como un códice fílmico. Un filme compuesto por planos, composiciones visuales, imágenes de una extraña belleza contemplativa en los cuales sus personajes se mueven a veces con parsimonia, a veces con agilidad felina, por parajes la mayoría áridos y hostiles, porque Tenochtitlán se está muriendo, víctima de una sequía inclemente enviada por la diosa madre Coatlicue para castigar a sus hijos humanos, quienes al parecer la han olvidado por adorar a su hijo divino, Huitzilopochtli, el dios de la guerra de los mexicas. Los más altos sacerdotes organizan entonces un viaje hacia la mítica Aztlán en busca del perdón de la diosa, al mismo tiempo que un humilde campesino emprende la misma travesía, perdiéndolo todo en el camino.

El filme es un acercamiento al México precolombino carente de manierismos o falsas solemnidades. Los protagonistas hablan en náhuatl y con ello inyectan a ese mundo otro ritmo de vida: es el tono emocional de la Tenochtitlán que pudo ser. Realizada bajo los esquemas del cine universitario, Retorno a Aztlán (In necuepaliztli in Aztlan, 1990/2012), ajena a la concepción de una superproducción, hace gala de su sobriedad, aprovechando al máximo sus locaciones y maquillajes realizados a base de barro y tinturas vegetales. Una estética capturada por la fotografía de Toni Kuhn que ahora, en su versión digitalmente restaurada en imagen y sonido por el propio director Juan Mora Catlett (ciudad de México, 1949), brilla más que nunca.

Pero Retorno a Aztlán no es una visión luminosa de los tiempos que retrata. Por el contrario. Parece reflejar en su argumento la tragedia de una nación en la cual las luchas entre las cúpulas poderosas definen el rumbo. Un país en el cual la historia, desde los tiempos de quienes escribían pintando, puede convertirse en cenizas para que nunca se sepa la verdad. En el cual, todo es manipulable para conservar el poder. Una tierra que necesita de la sangre de los sacrificios, ya sean humanos o divinos, para seguir existiendo, porque de sangre y dolor está hecha su verdadera savia.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 6, otoño 2013, p. 58) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


José Antonio Valdés Peña es jefe de la Redacción del área de Publicaciones y Medios y vocero del área de Programación de la Cineteca Nacional. Conduce la sección “Miradas al cine” del noticiero matutino de Canal Once e imparte clases en el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación.