Moonrise Kingdom: Un reino bajo la Luna

Moonrise Kingdom: Un reino bajo la Luna

Por | 1 de enero de 2013

En los primeros minutos de su séptimo largometraje, Wes Anderson deja muy en claro las reglas que no solamente rigen esta nueva apuesta fílmica, sino todo su cine. Un niño toma un LP y lo monta sobre un tocadiscos portátil. Lo activa y entonces una narración indica que sonarán a continuación una serie de variaciones alrededor de una misma melodía compuesta por Henry Purcell. La música comienza. Los personajes están centrados en medio del cuadro, retratado en formato panorámico. Los tonos oscilan entre el ocre, el de la miel, el ámbar. La escenografía remite a la clase media estadounidense de la posguerra que Norman Rockwell inmortalizó en su plástica, para bien o para mal. La narración que acompaña la pieza musical desmenuza a la orquesta que la interpreta, instrumento por instrumento.

Un reino bajo la Luna (Moonrise Kingdom, 2012) es una nueva inmersión de Anderson (Houston, 1969) en su obsesión por retratar la descomposición irremediable de la institución familiar en los Estados Unidos. Resultan seres unidos por la sangre pero desconectados emocionalmente, separados por sus diferentes visiones del mundo absurdo en que viven; eso sí, rodeados de delirios, pudiendo ser el lujo como en Los excéntricos Tenenbaum (The Royal Tenenbaums, 2001), el fondo del mar y la claustrofobia submarina como en Vida acuática (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004) o el exotismo de una tierra extraña con sus reglas propias como en Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007). Pero Anderson no es Todd Solondz o Noah Baumbach. En sus filmes, la disfuncionalidad no implica escatología ni perversión. Más bien entiende que toda familia, su principal tema, se fundamentó sobre el amor, en la forma y condiciones que fuesen. Anderson es cálido, solidario con sus criaturas. Un reino bajo la Luna es, por mucho, su filme más emotivo a la fecha.

Para hacer creíble un cuento de hadas, se debe comenzar por la concepción del fantástico mundo en que se desarrollará el relato. Anderson lo construye a través del uso de colores muy vivos, tanto en los sets como en el vestuario y los objetos, y una puesta en escena que sitúa a los personajes inmóviles en medio de tomas casi fijas. El ambiente contagia a los habitantes de la ficticia isla de New Penzance alterando su comportamiento al grado de que los adultos resultan tan infantiles y desordenados emocionalmente como organizados y maduros son los infantes que aparecen en la cinta. Todo gira en torno a Sam Shakusky (Jared Gilman) y Suzy Bishop (Kara Hayward). Él, un niño huérfano perteneciente a los Khaki Scouts. Ella, una niña rebelde que gusta de empaparse en baños de fantasía emanada de los libros. Ambos deciden huir de la mediocridad del mundo para vivir en la naturaleza de su isla como la pareja primigenia en el Edén.

Un reino bajo la Luna es una película ambientada en un pasado ya remoto. Los Estados Unidos en 1965. Lyndon B. Johnson era presidente, Malcolm X fue asesinado, los Beatles llevaban a cabo por primera vez un concierto de rock en un estadio y se estrenaba La novicia rebelde (The Sound of Music, Robert Wise, 1965) en los cines, mientras que en marzo las primeras tropas arribaban a Vietnam. Suzy y Sam podrían encarnar esa dicotomía entre inocencia y revolución que su propio país, el real y no su imaginaria isla, experimentaba.

Y es que si todo fuera cuento de hadas, Un reino bajo la Luna naufragaría. En el filme se habla de relaciones extramaritales para matar el aburrimiento, de niños sin hogar, de hijos que se sienten agredidos ante la mediocridad y la crueldad de sus mayores. El campamento Ivanhoe, del cual huye Sam, es un remedo de sociedad castrense donde los adultos niños terminan rebasados por los niños sensatos, donde se ama sin ser amado. En este mundo horizontal, que promueve la uniformidad y una férrea disciplina, mirar fijamente, cuestionar, tratar de ser diferente, está prohibido. Un reino bajo la Luna es para Anderson una fábula en la cual la necesidad de alinearse socialmente no implica una renuncia a los sueños ni a la felicidad.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 3, invierno 2012-13, p. 64) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


José Antonio Valdés Peña es jefe de la Redacción del área de Publicaciones y Medios y vocero del área de Programación de la Cineteca Nacional. Conduce la sección “Miradas al cine” del noticiero matutino de Canal Once e imparte clases en el Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación.