La idea de “cine mexicano”

La idea de “cine mexicano”

Por | 2 de diciembre de 2015

Sección: Opinión

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La categoría “cine mexicano”, como la de cualquier otro cine nacional o regional, no debiese pasar de ser una etiqueta práctica, como toda delimitación basada en la ilusión de lo nacional. Si se busca un acercamiento al cine como arte, ¿tienen sentido este tipo de categorías? Hay que reconocer que la clasificación goza de plena salud, igual que lo nacional en general –a pesar de más de dos décadas de referencias a la globalización. Las razones son múltiples. Una significativa es que nuestras inevitables limitaciones cognitivas llevan a que nos sea más aprehensible lo que tiene que ver con nuestro entorno inmediato, real o imaginado. Además hay, para la absoluta mayoría de los individuos, apegos emocionales que, aunque podrían ser superados, son innegables. Pero, ¿realmente hace falta que una película muestre un tráfico insufrible y la fealdad de la ciudad de México para que un chilango conecte con ella?

La semana pasada estuve ante casi 20 personas a quienes interrogué sobre su posición a favor o en contra de las políticas que buscan desde forzar tiempos de exhibición hasta pagar, así sea parcialmente, producciones de cine nacional con nuestros impuestos. Ni uno solo de ellos cuestionó, dudó siquiera, que había que tener dichos “apoyos”. Se trata de un supuesto que se ha convertido en parte del sentido común. Esto ocurre también entre especialistas. Ignacio Sánchez Prado, en su reciente ensayo “Pasiones encontradas y audiencias perdidas”¹, empieza hablando de su amor por el cine mexicano y, tras varias reflexiones, termina asegurando que dicha pasión podría ser compartida por muchos compatriotas, asumiendo no sólo que sería algo positivo, sino, acaso, necesario. Ahora bien, el carácter ideológico de la disposición favorable a la idea de algo llamado “cine mexicano” de las alrededor de 20 personas se me volvió evidente cuando supe que, de entre ese grupo, sólo una persona había visto la película nacional de mayor resonancia crítica de este año en México. Se declaraban a favor de algo que no pasaba de ser, para ellos, una fantasía sin sustancia suficiente.

Se comprende algún atavismo. No es la norma reconocer que las propias costumbres y prácticas, aunque le parezcan a uno casi naturales, son tan arbitrarias como las que a uno pueden parecerle extravagantes. Estamos constreñidos a nuestros códigos. De esto algunos derivarían que el cine local, sería más cercano a uno. Piénsese en lo que se escapa a todo hablante del español, cuando el mismo idioma lo usa alguien de otro país hispanohablante. Aun con ello, hay quienes creen tener conocimiento absoluto y comprensión infalible. Suelen hacer afirmaciones contundentes sobre algún cine nacional, a partir de la evidencia limitada de un grupo de cineastas o, peor aún, de un solo autor. Esto, no obstante, equivale a hablar del cine mexicano, por decir algo, a partir de las tres películas de Fernando Eimbcke (México, D.F., 1970), dejando fuera decenas de comedias románticas que, a pesar de su ínfima calidad, pudiesen haber alcanzado un público más amplio.

Hablar de cine mexicano, por tanto, al igual que referirse al cine latinoamericano, francés, europeo y de Hollywood, difícilmente es una categoría coherente. Sin embargo, no estoy sugiriendo caer en la simpleza de enunciar que cada película es diferente y, por tanto, las categorías serían una generalización inútil. Mi asunto es otro. Es cierto que, por ejemplo, las circunstancias pueden asemejarse entre países de un continente. Incluso se dan casos, repetidamente, de cineastas que comparten características estéticas, que pudiesen originarse, entre otras razones, en compartir el mismo contexto. No obstante, esto igualmente puede ocurrir entre creadores de latitudes que poco tienen que ver entre sí. Que se puede encontrar un promedio y ofrecer una imagen de qué es un cine nacional también es factible, pero acaso no muy útil, salvo para darle cuerda a las políticas que llegan a generar impuestos para, así se suele decir, beneficio de la industria cinematográfica nacional. Vislumbrar ese promedio artificial que es lo nacional, también puede servir para analizar la cultura de un país, para notar lo que tiene de apreciable y de detestable. No me queda duda de que la imagen identificable del cine mexicano puede estar muy alejada de lo que quienes se expresan a favor de apoyarlo imaginan que es, sin conocerlo, y de que esa idea sirve al nacionalismo, pero difícilmente a la cinefilia.


¹ Ignacio Sánchez Prado, “Pasiones encontradas y audiencias perdidas”, Confabulario, suplemento cultural de El Universal, México, 7 de noviembre de 2015.


Germán Martínez Martínez es director de programación del Discovering Latin America Film Festival de Londres. Fue editor de la revista Foreign Policy Edición Mexicana.