Conducta impropia

Conducta impropia

Por | 30 de octubre de 2017

Pocos días antes de escribir esta reseña, había leído el reportaje de Jorge Carrasco titulado “Historia de un paria”, publicado en la revista cubana El Estornudo y que recientemente ha sido galardonado con el Premio Gabo de Periodismo 2017 a mejor texto. Reportaje luminoso, el trabajo de Carrasco es, usando palabras de Huidobro, un viaje en paracaídas. Uno no hace más que caer mientras lee la historia de Farah, un travesti de La Habana que a fuerza de persistir en contra de toda probabilidad, y de las leyes homófobas de la isla, se ha vuelto un personaje de atracción turística de la ciudad vieja. El vértigo de la descripción de los espacios y personajes de esa pequeña vida marginal, por su falta de reconocimiento por parte de las autoridades, nos impide abandonarlo hasta que lo hemos bebido por completo.

Así que, ante la posibilidad de hacer un texto para recordar una película no tan conocida y con el gusto del relato de Carrasco todavía en la cabeza, Conducta impropia fue, sin dudarlo un segundo, mi primera opción. Pienso que es la apertura perfecta del paréntesis que cuenta la historia del “problema homosexual” –como lo llamaba el régimen– en la isla, y que la publicación de Carrasco cierra de manera genial. Obviamente lo cierra sólo para volverlo abrir, lo actualiza, lo problematiza, pues la ley y las costumbres en Cuba arrastran una larga traza de rechazo, persecución y castigo a la diferencia.

La película, entonces, funciona como un disparo hacia el pasado. Al usar el reportaje de punto de partida, el film de 1984 –vaya año orwelliano para realizarlo–, es una forma de arqueología fílmica para hurgar en el suelo cubano en busca de las ruinas de las políticas que llevaron a la creación de campos de confinamiento para los homosexuales en la isla, entre finales de los años sesenta y principios de los ochenta. Los campos dejaron de existir antes del rodaje del documental, pero las prácticas de abuso y persecución selectiva sobre los gays y lesbianas en Cuba continúan hasta nuestros días, como elocuentemente narra Carrasco a través de la vida de Farah.

Este documental hecho por dos célebres cinefotógrafos y directores, Néstor Almendros (Barcelona, 1930-Nueva York, 1992) y Orlando Jiménez Leal (La Habana, 1941), ha tenido que ser un retrato en ausencia. Filmar una película sobre la represión del gobierno de la revolución a través de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) era imposible que sucediera en el territorio de la isla. Por ello, el enfoque forzoso fue la búsqueda de los testimonios desde el exilio. El personaje coral construido con las voces de los cubanos de Miami, Nueva York, París, Roma, Madrid es simplemente monumental. Los cómplices de la producción fueron Barbet Schroeder y la televisión francesa. Del otro lado de la pantalla, la lista de nombres ilustres y personas de a pie que desfilan para hablar de las atrocidades de la Operación P justo después del triunfo castrista es simplemente increíble.

Sirva esta breve lista para dar constancia del cosmos de personas que participaron en este proyecto: Juan Abreu, Héctor Aldao, Reinaldo Arenas, René Ariza, Jaime Bellechasse, César Bermúdez, Guillermo Cabrera Infante, “Caracol”, Pepe Carril, Elaine del Castillo, René Cifuentes, J. Doyal, Carlos Franqui, Martha Frayde, Reinaldo García Ramos, María González, Juan Goytisolo, Félix Hernández, Jorge Lago, Luis Lazo, Juan Martín, Julio Medina, Bernard Minoret, Lorenzo Monreal, Heberto Padilla, Rafael de Palet, Jorge Riverón, Mireya Robles, José Mario Rodríguez, Jorge Ronet, Gilberto Ruiz, Javier Sáez, Severo Sarduy, Ana María Simo, Susan Sontag, Armando Valladares, Allen Young y Octavio Zuaznávar.

Estudiantes migrados en el Mariel, pintores, poetas, literatos, dramaturgos, bailarines, ensayistas, funcionarios del régimen de la revolución ahora exiliados, médicos, diplomáticos. Tenemos muchos cubanos y cubanas (muy importante, muchas mujeres entrevistadas), franceses, americanos, españoles, dentro de este coro de voces que hablan y reflexionan sobre las políticas persecutorias. Encontramos relatos de cómo podías acabar en una cárcel por un rumor, por llevar el pelo largo o por ser señalado falsamente por un miembro del partido que tenía intenciones de quedarse con tu casa. Y, por supuesto, como contrapeso del alud de personajes conocidos y desconocidos, referentes mundiales como Sontag, Goytisolo o Cabrera Infante… Faltaría incluir como personaje al mismo Fidel Castro, de quien se utiliza material de archivo de una entrevista previa al rodaje y que sirve de contrapunto narrativo de todo el documental. Mientras Fidel afirma que nunca se ha torturado o lastimado a ningún ciudadano cubano, vemos imágenes del éxodo del Mariel, o inmediatamente después escuchamos alguno de los aterradores relatos sobre el sufrimiento que vivieron nuestros personajes.

Un film entrevista en toda regla que busca mostrar una mirada múltiple y humana sobre cómo las personas sufrieron y padecieron una ley que los afectaba a todos. Ciertamente escuchar a personajes como Cabrera Infante o Ana María Simo, que fueron parte importante del grupo cercano a Fidel y que al momento de sus participaciones estaban en el exilio, hace cimbrarse esa imagen monolítica que el gobierno de la revolución quería crear y proyectar. Tener a pensadores y pensadoras, de referencia mundial, ayuda a mostrar la dimensión del conflicto tratado por la película. Sin duda, escritores y artistas que vivieron en carne propia el arresto, la vejación, el encarcelamiento y el abuso en la prisión resulta en una prueba clara del miedo del régimen a la diferencia. Escuchar a los estudiantes, campesinos y demás cubanos migrados a Estados Unidos nos da una noción de la magnitud de la persecución. Pero es probablemente el testimonio de Armando Valladares, poeta encarcelado durante veintidós años –liberado sólo por la intervención del presidente François Mitterrand–, el que termina de dar rostro y nombre al horror.

El poeta cuenta cómo desde las celdas de castigo escuchó la historia de Robertico, un chico de catorce años que fue encarcelado con los adultos por haber disparado el arma de un funcionario, que encontró en un auto abierto, en la calle por la que pasaba. El castigo del dueño del auto y del arma fue lograr que lo recluyeran en la prisión. Donde nada más llegar fue violado por un grupo de internos y, por lo tanto, debía ser trasladado a reclusión con los demás homosexuales. Valladares cuenta el espanto de escuchar al pequeño gritar noche y día pidiendo ver a su mamá. La violencia ejercida es invisible al espectador, nunca vemos la cárcel, la tortura o la agonía del encierro; pero el simple hecho de saber que Valladares ha logrado ir a Francia, y no saber el paradero del joven de su relato, potencia el dolor del que ahora somos partícipes. Para cuando llegamos a ese punto del film estamos casi en el final, pues poco o nada hay que decir después de este relato de horror. Lo mismo pasa con esta breve reseña… si acaso una última idea para leer el film a casi cuarenta años de distancia.

La película, antecedente directo del reportaje de Carrasco, puede ser uno de los primeros y más potentes documentos del terror a la diversidad del régimen cubano desde los años sesenta, hasta nuestros días. Coro de voces, testimonio contundente que ahora gracias a las maravillas de la globalización puede ser vista en YouTube. Pero si tiene usted oportunidad, compre la versión impresa del guion cinematográfico que incluye el DVD. En esa se incluyen todas las entrevistas que aparecen en pantalla más aquellas que por cuestión del montaje quedaron fuera y que, con el tiempo, van ganando relevancia como prueba, como reclamo, como forma de resistir el olvido.


Diego Zavala Scherer es profesor investigador de la Escuela de Educación y Humanidades del Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI, nivel candidato). Sus líneas de investigación son la teoría documental, el cine expandido, el documental interactivo y la convergencia de medios.