No nos moverán
Por Israel Ruiz ArreolaWachito | 21 de julio de 2025
Sección: Crítica
Temas: Cine mexicanoNo nos moveránPierre Saint-Martin Castellanos
A poco más de medio siglo de la masacre estudiantil de 1968, aún es posible escuchar el eco de los gritos de horror y disparos rebotando entre los muros de los basamentos piramidales, el templo católico de Santiago y el edificio Chihuahua. Aún se puede sentir el miedo derramado sobre el suelo de la Plaza de las Tres Culturas y la tristeza al interior de los departamentos tlatelolcas. Aún siguen doliendo las ausencias de esos hijes, amigues, compañeres y hermanes. 2 de Octubre no se olvida.
El cine mexicano se ha esforzado por rememorar este lamentable episodio de la historia nacional de muchas maneras. Por su puesto, están las referencias obligadas de El grito (Leobardo López Arretche, 1968) y Rojo amanecer (Jorge Fons, 1989), o más recientemente Borrar de la memoria (Alfredo Gurrola, 2010) y Olimpia (José Manuel Cravioto, 2018). Desde el documental y la ficción, desde la realidad en bruto y la recreación histórica, en tiempo real y en retrospectiva, existe un repertorio de películas que intentan rendir homenaje al movimiento estudiantil y hacer un ejercicio de memoria para no olvidar el crimen de Estado cometido por las autoridades de la época. A esta lista podemos sumar la opera prima de Pierre Saint-Martin Castellanos: No nos moverán, una película que a diferencia de sus antecesoras, no aborda los hechos directamente, sino que ahonda desde la ficción en la perspectiva de los familiares de aquellos jóvenes asesinados tras varias décadas de sus pérdidas.
¿Qué queda entonces después de tantos años de injusticia y dolor? Un cúmulo de sentimientos que van de la pena a la culpa, un coctel emocional que va amargando la existencia hasta endurecerla como piedra. Éste es el caso de Socorro, una testaruda y aguerrida abogada de la tercera edad que sigue lamentando la muerte de su hermano Coque a manos de un soldado desconocido. Pero cuando recibe la pista faltante para dar con él, un irreprimible deseo de venganza surge dentro de ella, llevándola a orquestar un plan que consumirá las ya de por sí desgastadas relaciones con su hermana e hijo, además de poner en riesgo su patrimonio y su vida. No nos moverán (2024) sigue el curso de esa búsqueda desesperada por la «retribución exacta de lo perdido», como bien explica Socorro en la película. Un ojo por ojo bien desarrollado en un guion escrito por Saint-Martin Castellanos (Ciudad de México, 1979) e Iker Compeán Leroux, que traza el viaje moral y emocional de una mujer de leyes con un sentido de la justicia retorcido por años de impunidad. Es comprensible su sed de vendetta y verla confeccionar su plan resulta fascinante por lo atípico del personaje y quien lo interpreta. La veterana actriz Luisa Huertas (San Salvador, 1951) sobresale en su primer papel estelar después de una larga trayectoria como secundaria. Aquí brilla por sus gestos duros, un tono de voz desgarrado por el coraje y una capacidad para mostrar tanto la rigidez como la vulnerabilidad de una mujer atrapada en un recuerdo doloroso. Saint-Martin Castellanos se inspiró en una experiencia familiar y la trasladó al contexto del 68. Lo hace respetuosamente y con buenos resultados en una fábula que se mueve entre el thriller y el drama familiar con algunos toques de comedia (el personaje de Siddartha, interpretado por José Alberto Patiño, resulta todo un comic relief).
En No nos moverán, el sentimiento de venganza se viste de tonos monocromáticos. La película se suma a lista que podríamos llamar “Tlatelolco se ve mejor en blanco y negro” de películas como Temporada de patos (Fernando Eimbcke, 2004) y Ok, está bien… (Gabriela Ivette Sandoval y Roberto Andrade Cerón, 2020). Algo tiene la famosa unidad habitacional que luce mejor sin colores, tal vez sea porque así resalta mejor ese limbo espaciotemporal que resulta del choque arquitectónico y místico de tantas épocas distintas. En la película, por ejemplo, las manchas imborrables de sangre estudiantil deben convivir ahora con clases mañaneras de zumba. Junto con el cinefotógrafo César Gutiérrez (Ciudad de México, 1978), Saint-Martin sabe narrar con seguridad en favor de la historia. Hay licencias poéticas como esa metáfora del gato y la paloma que resume la experiencia de Socorro, pero no grandilocuencia autoral innecesaria. Se pone la atención adecuada a los detalles, a los gestos, a los acentos dramáticos y a uno que otro chiste. Es un cine formal bien ejecutado que antepone un relato de aprendizaje que parte de unas urgentes ansias de revancha, pasando por tragos amargos de culpa, hasta llegar al perdón y la reconexión. Un recorrido bien emprendido y merecido para una protagonista con la que se puede empatizar incluso desde esas ambiciones tan encolerizadas (si algo le hacen a su familia, probablemente a este crítico le hagan falta palabras para no querer convertirse también en un vengador).
¿Cuál es la mejor forma de rendirle homenaje a nuestros muertos? Por su puesto que no olvidarlos, pero recordarlos bajo todas las luces posibles. No, la del dolor, la furia y el lamento no se pueden dejar de lado. De hecho, como en el caso de Socorro, esas emociones muchas veces son la chispa y combustibles necesarios para mantener vivos los esfuerzos de los familiares en su búsqueda de justicia y así no permitir que la impunidad y el silencio terminen por dar carpetazo. Sin embargo, lo ideal sería que en el proceso, la resiliencia y la reconciliación con la vida (que no es lo mismo que el perdón) se abran paso entre tanta desolación. Claro, no hay garantías y ese proceso puede durar uno, veinte o 57 años y seguir sumando.
No nos moverán resulta un emotivo homenaje a la memoria histórica del 2 de Octubre vista desde de un presente aún doloroso, que nos invita a recapitular la tragedia y a poner al frente el grito combativo de aquel espíritu juvenil e inmortal. Pero principalmente es un buen cuento moral con una protagonista sobresaliente que lleva hasta sus últimas consecuencias un deseo sombrío, pero que, a punto de materializarlo, se le da la oportunidad de discernir el verdadero propósito de sus intenciones, de ponerle un rostro más amable a un penoso recuerdo y de redirigir la mirada de los que ya no están hacia los que siguen aquí con nosotros.
Israel Ruiz Arreola, Wachito, es uno de los editores de Icónica y forma parte del equipo editorial de la Cineteca Nacional desempeñándose como investigador especializado. También es locutor del programa radiofónico Viajeros del celuloide, que se transmite por Horizonte Jazz 107.5 fm. @wachitoruiz