Los más verdadero que hemos visto: Videos caseros y narcoimágenes en la formación del espectador mexicano
Por Adrián Enrique Gil Aguilar | 14 de julio de 2025
Sección: Ensayo
Temas: Cinefiliavideos caserosVideos de celularesViolencia en video
La imagen que ilustra este texto es parte de la serie A Series of Unfortunate Events (2010), de Michael Wolf.
Había algo profundamente ritual en la forma en que esos videos circulaban. Yo estaba en la secundaria, en Hermosillo. Tenía un celular con poca memoria y un primo que siempre tenía algo “nuevo”: videos de brujas, supuestos duendes, exorcismos grabados con cámaras temblorosas en casas con focos de 60 watts, pero también había otros, más densos, más turbios: ejecuciones del blog del narco, cuerpos colgados, decapitaciones filmadas como si alguien hubiese querido contar una historia. Pero no había historia. Era otra cosa. Algo sin forma narrativa, sin intención dramática, sin humanidad siquiera. Y sin embargo, ahí estábamos todos, pasándonos los archivos por Bluetooth, en el patio de la escuela, rodeados de risas incómodas, con el sol partido sobre el concreto caliente y los botes de basura desbordados. Nadie hablaba realmente de lo que acabábamos de ver. Sólo sucedía. Como si verlo fuera parte de un código que nadie cuestionaba. Como si eso construyera una especie de cosmogonía audiovisual para nosotros.
Y ahí empezó todo.
Yo no sabía que eso era cine, porque no lo era. Pero sí era imagen en movimiento. Y era narrativa, aunque sin guion. Era una práctica estética hecha desde el margen. Improvisada, cruda, sucia. Videos caseros vendidos junto a películas porno en discos sin portada, dentro de sobres amarillos. El tianguis como espacio de distribución y formación cultural. Ahí comprábamos sin preguntar. Nadie te pedía identificación para comprar Sexo, venganza y hachazos o Brujería en Magdalena. No eran películas, eran otra cosa. Un archivo expandido de lo invisible, de lo que el cine institucional nunca mostró. Y así, esos materiales moldeaban nuestras sensibilidades, nos formaban como espectadores.
La incomodidad era una constante. Un cuerpo desmembrado no es algo que uno quiera ver, pero todos lo veían. Había un morbo, claro, pero también una fascinación espiritual. Como si mirar eso fuera necesario para entender el país, para entender algo que no sabíamos nombrar pero que todos sentíamos. El miedo. La muerte. La impunidad. La violencia hecha espectáculo, pero sin la mediación estética que la hace digerible. No había dirección de arte. No había filtros. Todo era exposición directa: al horror, al absurdo, a lo grotesco. La cámara se movía como si quien grababa estuviera temblando, y tal vez lo estaba. Pero grababa. Y al grabar, nos daba algo. Una imagen que se nos quedaría tatuada adentro.
Con el tiempo, muchos de los que compartieron esos archivos ahora hacen cine. Algunos están en escuelas. Otros en sets. Pero la mirada se les quedó. Una mirada contaminada por esos videos. Una forma de entender la imagen desde lo roto. Desde lo que duele mirar. Y entonces, cuando hacen películas, algo de eso sigue ahí. Aunque ya no haya sangre, aunque ya no haya violencia explícita, la incomodidad sigue. Porque es una generación marcada por una educación audiovisual subterránea. Y lo que se aprendió no fue técnica, fue algo más profundo: una manera de ver lo indecible.
Me pregunto si ese cine mexicano que hoy se exporta, que gana festivales, que presume su lenguaje audiovisual con orgullo, no está en deuda con estos videos sin firma, sin presupuesto, sin permiso. Porque fue ahí donde empezamos a ver de verdad. Ahí, donde se gestó una sensibilidad para lo límite, para lo que no cabe en la narrativa clásica. Muchos de esos videos ni siquiera tenían final. Se cortaban abruptamente. No sabías si era ficción o realidad. Y eso era parte de su poder. Te dejaban en un limbo. Y en ese limbo nos hicimos espectadores.
No quiero romantizar esos archivos. No eran buenos. No eran sanos. Muchos eran profundamente dañinos, incluso ilegales. Pero no se puede negar su impacto. Fueron el espejo de un país desbordado. Y nosotros crecimos frente a ese espejo, aprendiendo a ver sin saber qué estábamos viendo. Tal vez eso sea lo más mexicano del cine mexicano contemporáneo: que no nace sólo en las escuelas ni con las becas, sino en los tianguis, en los celulares viejos, en los discos piratas, en las mochilas escolares donde también se guardaban cadáveres pixelados.
Recuerdo, por ejemplo, cómo nos pasábamos un video de un supuesto “duende” que vivía en una casa abandonada por la carretera a Guaymas. Lo veíamos en loop. El video era torpe, pero algo tenía. Era hipnótico. Tal vez era el sonido: el micrófono del celular distorsionado por el viento, por la estática, por el silencio. O quizá era la mirada de quien grababa, que parecía más asustado que nosotros. Ahí había algo. Un presentimiento. Una especie de ficción precaria, casi mágica, que no necesitaba efectos visuales para producir una experiencia. Porque eso era: una experiencia. No un argumento.
Y pienso en cómo el cine mexicano contemporáneo evita la experiencia. Le tiene miedo. Se protege con el guion, con financiamiento, con corrección política, con temas “urgentes”. Pero nadie quiere mirar de frente lo que ya todos vimos de niños, en secreto, en el fondo de un Nokia. El cine ha perdido esa posibilidad de ser un lugar incómodo, una trampa para mirar de nuevo lo que se nos dijo que no debía verse. En cambio, se ha vuelto un simulacro del bien decir. Una operación estética sin herida.
Hoy, cuando hablo con colegas que estudian cine, noto algo: hay un tono compartido. Una especie de nostalgia sucia, no reconocida. Como si todos supiéramos, en el fondo, que lo más poderoso que vimos no lo vimos en una sala oscura, ni en una plataforma, ni en un taller. Lo vimos en la secundaria. Y lo imprimimos con tinta negra, a doble carta, en el cíber del barrio (al menos algunos). Lo leímos en el blog del narco, junto a fotos borrosas. Lo vimos una y otra vez. No porque quisiéramos. Sino porque algo ahí nos formaba. Nos estaba diciendo algo sobre el país, sobre la muerte, sobre el cuerpo. Algo que el cine todavía no puede articular del todo.
Eso, me parece, debería ser el nuevo cine mexicano: una forma de volver a mirar esa incomodidad. De no explicarla, de no resolverla, sino de sostenerla. Una cámara que no embellece, que no redime, que no salva. Que sólo muestra. Que sólo permanece. Como si fuera una repetición del primer momento en que vimos algo que no podíamos nombrar.
Porque eso no era cine. Era otra cosa.
Y por eso, tristemente, sigue siendo lo más verdadero que hemos visto.
Adrián Enrique Gil Aguilar, artista visual, trabaja con fotografía, instalación y video. Estudia Cinematografía en la Escuela Superior de Cine. Fue parte del Seminario de Producción Fotográfica 2024 del Centro de la Imagen. Ha mostrado su trabajo en el Museo de Arte de Sonora, el Centro de la Imagen y el Festival Internacional Cervantino.