Rostros de Alepo

Rostros de Alepo

Por | 20 de Diciembre de 2016

Rami Zien, periodista y activista sirio. @Rami_Zien

Es probable que este texto se publique muy tarde. Demasiado tarde. Que sea muy banal al intentar reflexionar sobre las imágenes que la gente de Alepo ha estado subiendo a internet desde principios de la semana pasada. ¿Qué se puede decir después de ver los videos grabados por quienes permanecían en la ciudad? ¿Qué se puede decir después de ver sus rostros?

La mayor parte de los que han subido videos lo hacen, lo han hecho, desde sus teléfonos, en formatos propios de las redes como 9:16 y 1:1, mirando a la cámara, muchas veces mostrando calles desiertas y escombrosas, muchas veces desde los interiores de edificios semiderruidos. Pero al centro siempre hay personas, personas que querían recordar que viven, que vivieron, en Alepo. Sabemos algunos de sus nombres, sabemos los títulos de algunos de sus avatares en redes sociales. Vemos sus caras, que los trascienden, quizá que los sobrevivieron, recordándonos que hubo música y mercados, que hubo pleitos callejeros y té. Que hubo. Vemos sus caras y reconocemos su dolor, sus pérdidas. Vemos los testimonios del horror que significa la alianza, explícita o tácita, de Estados Unidos y Rusia para mantener a cualquier costa a un dictador que finalmente sólo gobernará sobre tierra yerma, tan devastada que acaso tampoco le interesará ya al Estado Islámico.

Hace años, según recuerdo desde la Primera Guerra del Golfo, Estados Unidos prohibió que los periodistas entraran a la zona de combate. Supongo que lo que querían era evitar otra Phan Thị Kim Phúc, otra niña despavorida ardiendo en napalm. O su equivalente. Es decir: querían evitar una imagen tan fuerte como para cuestionar sus invasiones militares, porque por supuesto que a ningún estado militar le importan los niños descuartizados. Para los generales, los civiles son saldos. Disciplinada o forzadamente, los medios han obedecido. (Y tampoco se puede juzgar a los periodistas por no querer poner su vida en riesgo.)

El resultado es un flujo informativo más o menos uniforme y controlado, que inevitablemente, al menos en Europa y América, se alínea con los intereses de Estados Unidos. El candado es tan grueso que incluso los medios más combativos están atrapados. Sobre todo cuando se trata del Oriente Medio, que tiene tan pocos amigos entre las élites occidentales. Es de suponer que en parte eso impulsa proyectos académico-políticos similares al de Edward W. Said.

Para el ciudadano promedio de muchos países entre el Magreb y Cachemira hay un doble cerco: además del control informativo estadounidense está la censura local. Por eso no es de sorprender la larga serie de iniciativas originadas en países musulmanes muy distintos para aprovechar internet y difundir sus mensajes por lo bajo, casi de mano en mano, como samizdats: textos, fotos y videos compartidos principalmente por Twitter en Teherán en 2009, luego en la Primavera Árabe entre 2010 y 2013, permanentemente en ese campo de concentración que es Palestina y la semana pasada, mayormente con videos subidos a Instagram, Twitter o Facebook, en Siria. Personas como tú y yo quieren ser escuchadas, como tú y yo. Y en el caso de Alepo tienen, o tuvieron, algo importantísimo que decirnos, no como este texto, no como los mensajes con los que nos fastidiamos y hacemos reír todos los días. Lo que tienen, lo que tuvieron, que decirnos es que están ahí, atrapados en el vórtice de la historia, perdiendo todo o ya habiendo perdido todo, pero con la esperanza de que los escuchemos, de que nos reconozcamos en ellos, de que tengamos un gesto que presione a Estados Unidos y a Rusia y a Bashar al-Ásad.

Lo particular de sus videos-samizdat, de sus pequeños testimonios, es la centralidad de los rostros y de la ciudad derruida, pero también el miedo de tener voz por última vez, o sea, de morir entre los rebeldes y las fuerzas sirias, kurdas y rusas que al parecer en este momento ya recuperaron el control de las ruinas de la ciudad. Otro elemento de sus especificidad es su complejidad textual: van del autorretrato al testimonio, muchos rozan la información de carácter periodístico, pero también son mensajes desesperados lanzados en una botella, y en algún caso, me temo, epitafios. Autorretratos, testimonios, reportajes y epitafios de personas que decidieron hacerse visibles para salir de las pilas de víctimas. Personas y, me temo, fantasmas, que si bien, en algunos casos, usan velos o llevan las barbas muy largas, visten como cualquiera y, en muchos casos, se valen de la lingua franca, porque también están, estuvieron, globalizados.

Del otro lado de las pantallas, a la distancia de dos continentes, es terrible estar frente a sus rostros. Uno puede preocuparse por y dolerse con ellos, puede montar en cólera, pero finalmente, tiene que reconocer que tiene las manos atadas. Que no hay nada real que pueda hacer cuando los grandes poderes se asocian. Sus videos son una constatación de nuestra impotencia frente al discurrir del mundo.

Los rostros de Alepo también documentan la brecha infranqueable entre el poder real y los ciudadanos. Nos preguntan por nuestro compromiso político. Nos hacen sentir que no importa si estamos juntos o no, vamos a fallar. Aunque, quizá, pueden recordarnos que podemos salir del egoísmo y la comodidad neoliberales para hacer presión y para ser solidarios. Ojalá todavía sepamos cómo hacerlo. Los años oscuros que ya llegaron y que vienen nos urgen a hacerlo.

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Hay gente más positiva que yo. En los enlaces se puede leer las opciones para actuar que proponen tanto el Independent como Up Worthy.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel