Silencio

Silencio

Por | 17 de Marzo de 2017

Sección: Crítica

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Toda fe se enfrenta al silencio. A una masa de silencio implacable, tan profunda como el universo. Tener fe es un acto ético y, por lo tanto, incierto. El hombre de fe puede optar por entregarse, ciego, al misterio, pero las más de las veces es un manojo tambaleante, movido en partes iguales por amor y miedo, por arrepentimiento y generosidad: es un hombre, no un santo. Por eso, en Silencio, Francisco Garupe (Adam Driver) sobra. Recto hasta la necedad del dogma, también tiene suficiente valor como para entregar su vida por alguien más sin pensarlo, en un acto desesperado y fútil. Es un hombre decidido, un héroe, un santo.

Un creyente promedio, en cambio, piensa en comer churros al salir de misa, en lo horrorosamente aburrido que es rezar el rosario, o en algún equivalente. La especificidad de los ejemplos está sustentada en que Silencio (Silence, Martin Scorsese, 2016) es una película católica, y de jesuitas, situada al final de las misiones de evangelización que primero los portugueses de todos los mares, y después los españoles de todos los mares, pero, sobre todo, los sacerdotes ignacianos de todos los mares, llevaron a cabo en Japón durante la primera mundialización, en los siglos XVI y XVII.

A diferencia de Garupe, Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield), más empático, más flexible, más caritativo, es, en términos reales, nuestro prójimo: alguien capaz de traicionarse. Perseguido, casi acosado, por Kichijiro (Yōsuke Kubozuka) –un criptocristiano que siente la necesidad perpetua de confesarse, abrumado por la culpa inabarcable de haber renegado de Dios cuando el resto de su familia aceptaba el destino de los mártires– termina en manos del complejísimo Masashige Inoue, el Inquisidor (Issei Ogata), por este Judas de pacotilla.

Kichijiro, recibe un pago (300 monedas que son 30 denarios), y Rodrigues es aprisionado junto con un grupo de católicos en el palacio de Inoue, en Nagasaki. Pero él no será tocado. Los japoneses cristianos serán torturados y sacrificados y él lo presenciará sano y entero. El Inquisidor, hombre sutil, ha comprendido que la guerra que lucha es la guerra de las imágenes[1] y que la única imagen intocable es la de un sacerdote: cada padre muerto es Cristo sacrificado para creyentes listos para ser mártires, como los primeros fieles en el Imperio Romano.

La Primera carta de Juan dice que quien «no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (4:20). La frase establece una relación muy clara entre el prójimo y Dios: Dios sólo es visible en los demás. Sin embargo, la relación es más estrecha entre Dios y Cristo, su hijo y reflejo, y en un nivel inmediato entre Cristo y los sacerdotes, continuadores de su prédica. El Inoue de Silencio ha comprendido la lección: hay que romper la cadena: los sacerdotes tienen que dejar de ser iconos de carne y hueso, tienen que convertirse en hombres comunes, o mejor, en representaciones del sintoísmo. Imago est laicorum literatura.

Inoue tiene como programa quebrar a Rodrigues, y sus matanzas de cristianos –para él sin ninguna relevancia bajo la lógica de que son necesarias para mantener el orden del shogunato– tienen como objeto ir preparando el terreno para hacer uso de su arma más potente: Chūan Sawano, antes un sacerdote jesuita conocido como Cristóvão Ferreira (Liam Neeson). Sawano, ya imbuido en la cultura nipona, convence a Ferreira de la inviabilidad de su misión y de que su obligación está con los desafortunados a los que el Inquisidor masacra sólo por haber un sacerdote a la mano. ¿Es cristiano poner a sufrir a otros cristianos –y en último caso: a cualquiera– por el dogma? ¿No es el amor prójimo la médula de la prédica de Jesús? Las cartas están echadas y Rodrigues cumple un rito: pisa, como Inoue ha establecido, una imagen de Cristo crucificado. ¿Canta un gallo? Sebastião Rodrigues, a la postre, se convertirá en San’emon Okada y se dedicará a impedir que entren imágenes cristianas a Japón cuando los holandeses sean los únicos occidentales con los que se establecerá comercio. La guerra de las imágenes es interminable.

El resto de la vida de Okada, acompañado por Sawano y tras sobrevivirlo, será ambiguo. ¿Sigue siendo católico en silencio? ¿Es acaso ése el silencio que titula la película? Martin Scorsese (Nueva York, 1942) se basó en la novela homónima de Shūsaku Endō (Tokio, 1923-96) y eso abre, al menos una pregunta más. Endō era uno de los escasos católicos japoneses y su novela podría ser la historia de cómo los cristianos pasaron a las sombras durante dos siglos, hasta la apertura a Estados Unidos en 1853. No tengo modo de saberlo. No he tenido acceso al libro. Sin embargo, el encuentro de Scorsese con Endō sí podría hablar del silencio al que obliga la fe. Un creyente puede asistir a los ritos, puede ser caritativo o piadoso, incluso puede ser un propagandista, pero nunca podrá comunicar la verdad profunda, plena, temblenque, angustiosa, vacía…, de su experiencia. Es un área de mutismo donde sólo se puede rendir cuentas a sí mismo, imagen de Dios, o de dios.

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Al margen de todo lo anterior, y de la sincera y admirable devoción católica de Scorsese, Silencio se ocupa también de la otra gran devoción de Scorsese: la que tiene hacia el cine, el gran cine, parte de las más grandes tradiciones artísticas. Su película más reciente es una muestra de complejidad argumental y conceptual, de trabajo actoral (incluso si Garfield no da el ancho), de cuidado en los emplazamientos y los movimientos de la cámara, de claridad en la composición del cuadro y de los elementos que lo cruzan, de amor al cine (ahí están Buñuel y Kurosawa) y al gran arte (ahí están el Greco y las arquitecturas barroca y japonesa). Silencio es inabarcable.

Devoción es una palabra muy mal vista hoy en día. Parece tratarse de un tipo de ceguera de los beatos. Y sí. Pero su sentido no se agota en genuflexiones. Cuando los romanos hablaban de devotio, querían decir devoción o dedicación o consagración, y cuando decían devotus, -a, -um se referían a dedicado/a a, afecto/a a, consagrado/a a. Quizá se podría cambiar por pasión. Y quizás así podríamos entender como una provocación y un llamado esta afirmación reciente de Scorsese: «el cine ya se acabó».


[1] Aunque la idea es transparente, me parece importante dar cuenta de su origen. Serge Gruzinski llamó guerra de las imágenes a la lucha de la Inquisición novohispana por conseguir el dominio de la iconografía católica oficial sobre las adaptaciones, sacrílegas o no, producidas tanto por españoles y criollos, como por mestizos, mulatos e indios. En términos más amplios se refiere a una serie de esfuerzos europeos (piénsese en Colón y Cortés) por erradicar los mundos representacionales prehispánicos. Estos esfuerzos fueron inútiles, naturalmente. En los hechos aparecieron iconósferas diversas y contradictorias en convivencia (La guerre des images: De Christophe Colomb à Blade Runner (1492-2019), Fayard, París, 1990. Fondo de Cultura Económica publicó la edición castellana). Gruzinski ya entendía que su título-concepto se podría ampliar a todos los ámbitos de la imagen (de ahí la referencia a Blade Runner (Ridley Scott y –al menos también– Rutger Hauer, 1982) en el título, por ejemplo), pero se ciñó, con algunas digresiones, a su área de estudio: la historia. Hasta donde sé, queda la tarea de llevarlo a ámbitos reflexivos o de estudio más amplios.

Le debo la mención de la palabra devoción a Ricardo Cázares.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana y en la Escuela Superior de Cine. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel