Tiempo compartido

Tiempo compartido

Por | 30 de agosto de 2018

I

Desde el prólogo la cinta se nos presenta como un engaño muy elaborado. En la macabra escena que abre el filme aparece un hombre sentado de espaldas a la cámara, simuladamente atado a una silla, dentro de una oscura y sucia bodega. Los gritos contenidos adelantan el estado de su rostro antes de poder verlo. Poco después una mujer entra en la habitación, se aproxima a él, y con supuesto cariño le motiva a no dejarse vencer mientras invoca el nombre de su hijo muerto. Cada elemento es desconcertante. Sin embargo, pronto quedará claro que el personaje, aunque sometido a un presión exhaustiva, sólo atraviesa un difícil duelo, no más, y el gusto extraño que la secuencia establece se revela como una apariencia, lo mismo que el falso neón de la tipografía que anuncia el título. Este recurso se convierte en norma en Tiempo compartido (2018), segundo largometraje de Sebastián Hofmann y Julio Chavezmontes, en el que el desconcierto surge, no tanto de una equilibrada dosificación de la información, sino del desajuste entre la sencillez de lo que ocurre y la grandilocuente manera en que está filmado. El cineasta como operador de una máquina de humo.

 

II

Pedro (Luis Gerardo Méndez), joven esposo y padre de familia, invierte una considerable cantidad de dinero para permitirse una semana en el paradisiaco resort internacional Everfields acompañado de su esposa e hijo. «Venimos aquí a sanar» repite una y otra vez, intentando convencerse él mismo. Pedro parece creer que la estancia en aquel lugar ayudará a Eva (Cassandra Ciangherotti), su esposa, a recuperar la estabilidad mental, y que salvará la distancia que se filtra en la incómoda interacción entre los dos. No obstante sus planes son abruptamente interrumpidos cuando, por un error administrativo, se ven obligados a compartir la habitación con otra familia, situación que lo trastorna, poniendo a prueba su masculinidad y condición de sostén familiar, llevándolo hasta la locura. Por su parte, los nuevos inquilinos, intrusos desagradables, resultan moldeados específicamente como la versión opuesta a la familia del protagonista: mientras se nos remarca la belleza, blanquitud y sofisticación de Eva, por ejemplo, Abel (Andrés Almeida) y compañía se nos presentan –desde el primer segundo acompañados por el incesante zumbido de las moscas– como entrometidos e impertinentes, de piel morena, parte de una clase social inferior y conformista: caracterización idónea del mal gusto.

La relación entre ambas familias detona una sarta de comentarios clasistas y machistas que, como los insistentes reflejos en el agua a lo largo de la cinta, generan un doble discurso: mientras por un lado el filme evidencia los prejuicios del mexicano promedio de clase media, también sostiene su carácter cómico en este tipo de chistes y situaciones, sin reivindicar la cuestión en algún momento. El problema es de representación pues, en tanto la película se ríe de los pobres y los morenos exclusivamente, sigue reproduciendo lo que pretende señalar.

 

III

Paralelamente conocemos también a Gloria (Montserrat Marañón) y Andrés (Miguel Rodarte), un matrimonio al borde de la separación, cuyos empleos dentro del resort les han costado mucho más de lo soportable. Con ellos se hace visible además la estructura de poder detrás del complejo turístico y el retorcido funcionamiento de la ambiciosa lógica corporativa, siempre dispuesta a entrometerse, enmarcando al filme en el fascinante género del thriller psicológico.

A partir del símbolo de la pirámide, congruente con la representación clásica de la organización en el capitalismo, Hofmann (ciudad de México, 1980) y Chavezmontes tejen las relaciones entre los personajes al interior del hotel, como si de un juego de poder se tratara, generando encuentros extraños e intercambios inesperados y enrareciendo el ambiente a la menor provocación, creando situaciones que aunque son atractivas individualmente, generan en una impresión de artificialidad, no sólo visual sino también narrativa. Hay cierta propensión al énfasis innecesario, el contundente arreglo sonoro y los magnificentes planos en picada parecieran anunciar un acontecimiento apoteósico que nunca llega. Como en la secuencia en la que una enorme cantidad de sangre se esparce sobre el suelo tras abrir el contenedor de una lavadora sólo para inmediatamente hacernos saber que una prenda de color rojo se había colado en la lavandería. La explicación a tal momento no aportaría ni restaría nada al resto del metraje, se trata sólo de otro engaño, como en un comercial de agencia de viajes.

 

IV

Hofmann y Chavezmontes parecieran cineastas interesados en lo que se esconde debajo de la superficie. Si en Halley (2012), su notable filme anterior, usaban la figura del no-muerto para establecer una relación con el estado del mundo, en Tiempo compartido pretenden evidenciar la perversidad del maniqueo comercio de la felicidad atrapado en una rampante ideología corporativa. Sin embargo, en la cinta hay una poco sutil búsqueda de grandeza que engrosa la delicada línea que separa al contenido de la propuesta formal pues, a pesar de sus aparentes intenciones, resulta a la vez, por su descuidado manejo de la representación, una película perversa.


Eduardo Cruz es ilustrador independiente y coeditor de la revista Correspondencias: Cine y pensamiento. Ha colaborado con el Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM), la gira de documentales Ambulante y la revista Crash.mx. Formó parte de Talents Guadalajara 2018.