Apuntes sobre el horror de tener un cuer

Apuntes sobre el horror de tener un cuerpo que no deben tomarse tan en serio

Por | 25 de junio de 2026

El principal motivo por el que me aventuro a publicar un ensayo sobre un tema que se me queda tan grande es que me permite escribir un chiste clásico que casi cualquier persona habrá oído y que echo de menos contar en voz alta. Es este:

—Doctor, doctor, me duele todo el cuerpo.

—A ver, señale dónde.

—[se toca el brazo] Ay. [se toca la pierna] Ay. [se toca la cabeza] Ay.

—Ya sé lo que tiene: el dedo roto.

Cuando alguien que habitualmente no consume body horror se encuentra ante una escena grotesca del calibre de La mosca (The Fly, David Cronenberg, 1986) resulta imposible que vean que esa escena no trata realmente del cuerpo. O más exactamente: que trata del cuerpo de la misma forma en que el chiste trata del dolor. En este caso el paciente sufre la experiencia subjetiva de un dolor generalizado que termina siendo el diagnóstico de un dedo roto. Lo que el body horror hace, en cambio, es más bien el inverso: toma una dolencia de origen preciso y la expande hasta llegar a todo el cuerpo. En su versión más honesta, esta dolencia inicial se trata de algo subjetivo como el cambio de identidad o las adicciones, y lleva eso a un sentido literal. Trabaja con lo que los filósofos del lenguaje llaman hipóstasis, que es el proceso por el que algo abstracto adquiere una dimensión física. Es el caso de Brundle, el científico de La mosca, que tras un accidente empieza a transformarse en algo que no reconoce. Podemos ver esto como simple ciencia ficción de terror exagerada y cercana al gore, pero lo que la hace calificar como una película de body horror es algo perversamente más familiar: la sensación de no reconocerse a uno mismo en su propio cuerpo. De eso trata la hipóstasis: es el acto de materializar lo abstracto y, en este caso, el vehículo es el cuerpo humano. No trata tanto sobre cómo la adolescencia provoca ciertos cambios en tu cuerpo, sino cómo percibes que tu cuerpo se va al traste y entonces te das cuenta de que eres adolescente.

Pero no quiero que parezca que estoy reduciendo el género a un vehículo alegórico más o menos ingenioso, que es lo opuesto a lo que quiero decir. Lo que hace de este género algo tan particular es que parece literalizar mejor que cualquier otro la sensación subjetiva de vivir ciertos cambios en ti mismo que desde fuera pueden parecer imperceptibles pero que desde dentro pueden sentirse un infierno. El chiste del dedo roto ayuda a explicar una parte de la dificultad de convencer a alguien para que se adentre en el género. La hipóstasis en el chiste se podría dar en la experiencia subjetiva del paciente, que describe una dolencia generalizada. En el body horror, esa dolencia se materializa de una manera literal. Este género, a fin de cuentas, es el género cuya película más canónica presenta a un científico tan ocupado documentando su propia descomposición que no termina de vivir el proceso, y cuya escena más recordada no es la más gore sino la más íntima: Brundle arrancándose las uñas con la misma parsimonia con la que uno podría revisar si tiene fiebre.

Otro de los puntos que hace difícil de recomendar el horror corporal es la clase particular de incomodidad que el género despliega ante el espectador promedio que acude a una película de terror. Prácticamente ninguno de los mecanismos que usa el género son los convencionales del miedo cinematográfico. No existen asesinos en serie, ni maldiciones, ni casi nada que evoque a una experiencia convencional del género terror. No hay sustos ni terror psicológico, ni redenciones del monstruo, ni una lección moral que justifique lo ocurrido ni una vuelta atrás al cuerpo original. Y, lo más inquietante de todo, hay un intento de identificación con esas deformaciones. La denominación de este género como uno de terror no viene tanto de las transformaciones grotescas como de la identificación del espectador con esas transformaciones: eso es lo verdaderamente escalofriante.

Todo esto puede parecer retórica barata y pretenciosa, y no es para nada lo que quiero dar a entender. De hecho, gran parte del cine de horror corporal es también de serie B y bajo presupuesto, cuyo objetivo es oponerse a las grandes producciones. Sin embargo, la diferencia entre éste y el gore no es la pretenciosidad, sino la justificación del efectismo. Cuando se habla de películas “pretenciosas”, una definición tan amplia como vaga, en ocasiones se habla de películas con significados o simbología tan rebuscadas que resulta forzada. En el caso del body horror, no veo que haya un símbolo ni una metáfora, sino una literalización de una experiencia. Y pienso que hay ciertos temas subjetivos que ganan mucha fuerza si se expresan desde una perspectiva literal. En La mosca, hay una lectura coherente que implica la pérdida de control durante el envejecimiento. La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982) es una película en cierta medida sobre la identidad colectiva y la desconfianza. O, en un ejemplo más actual, La sustancia (The Substance, Coralie Fargeat, 2024) es el catalizador de la crueldad en la estética superficial en la industria y la sociedad actual.

Con esta parte el espectador comienza a convencerse, pero no se lo termina de creer; porque el hecho de señalar la literalización de la condición humana en este género no es ni de lejos acto suficiente para llegar a las entrañas del body horror. Pese a todo su ingenio, no es una figura retórica. Si bien algunos exponentes del género sí que pueden analizarse mediante la hipóstasis, la incomodidad y literalidad, estos son más bien sus puntos de entrada más amables.

Lo que este género tiene, y que lo hace tan poco digerible de cara a una cultura que ha convertido el cuerpo en un templo que cuidar y gestionar, es una honestidad sin precedentes: el cuerpo no como proyecto sino como una condición. Es un género que da la espalda a esta parte de la sociedad, tan segura de sí misma en su culto hacia la optimización corporal, que no tiene problema alguno con la transformación corporal siempre y cuando sea impuesta. El body horror es un género dedicado a representar precisamente la falta de control, y en esta época parece muy importante porque su horror ya no se queda en lo perturbador sino en lo ofensivo: parece una falta de respeto hacia los nuevos estándares.

A mi parecer, todo este entramado de elementos sumamente originales es lo que convierte al horror corporal en un género que en ocasiones echa mucho para atrás, en especial para quienes vean el horror como algo entretenido a la par que narrativamente coherente. No es que el espectador sienta “asco” por el body horror, sino que cree que debemos aguantar ese asco en vez de sentirlo, de la misma manera que piensa que debe ir al gimnasio para tener mejor cuerpo en vez de disfrutar de hacer deporte. La cultura que produce suplementos proteicos y rutinas de meses de duración no tiene ningún problema con los cuerpos que cambian, sino con aquellos que cambian sin consentimiento ni control. La verdadera incomodidad del body horror no es que el cuerpo se deteriore sino que ese deterioro no sea un fracaso del proyecto sino la revelación de que nunca hubo proyecto, de que el cuerpo simplemente ocurre, y que tú, en el mejor de los casos, eres el testigo más cercano. Es difícil expresarlo en unas pocas oraciones. Podemos argumentar que todas las películas de body horror tratan sobre una especie de dolencia en el dedo. Que nos podemos imaginar yendo al médico, tratando de subsanar nuestro padecimiento, cubriendo la herida en tiritas, con una obsesión creciente por necesitar curarlo; no sabemos por qué pero la paranoia crece y nos sometemos a largos procedimientos para curarlo. Y, cuando creemos que hemos curado nuestro dedo… el dedo era lo único que funcionaba bien, y la propia ansiedad nos ha dejado tanto a nuestro cuerpo como al del ensayo un aspecto

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Marc Jaén Domínguez es un ensayista y escritor español con estudios en las disciplinas de cine y música. Ha colaborado en medios como SOM GANDIA y Letralia, donde cubre eventos locales y realiza análisis de diferentes temáticas contemporáneas.