Una nota breve sobre Bad Bunny en el Súper Tazón
Por Abel Muñoz Hénonin | 17 de febrero de 2026
Podría empezar diciendo que ahora se opina demasiado rápido, pero es una mentira, siempre se ha opinado demasiado rápido y demasiado automáticamente. Tal vez sólo hay más opiniones –tan profundas o intempestivas como las del domingo en la sobremesa de casa de la abuela– en el espacio público circulando en el tiempo de las redes. Como siempre, antes y ahora, generar una opinión compleja requiere algo de tiempo, algo de distancia.
En el último Súper Tazón, se esperaba que Bad Bunny hiciera un acto político, y Bad Bunny hizo un número alegórico y político muy calculado por su equipo. Y se comentó de sobra: que si los latinos están ya hasta en la sala de los estadounidenses, que si los cortes de luz en Puerto Rico, que si el número 64, que si las bailarinas latinas y sus cuerpos frondosos, que si América… Realmente había mucho en qué pensar, considerando dentro de ello el foro que el cantante utilizó y su inevitable relación con el capitalismo: el Súper Tazón –me encantó el uso de esa expresión en desuso por parte de Benito Antonio Martínez Ocasio– a fin de cuentas es más una larguísima serie de comerciales que un partido.
Los anglosajones conservadores, a quienes el puertorriqueño quería provocar reaccionaron como era de esperarse, y no vale la pena detenerse en ellos. Casi que extraño alguna voz de derecha que tenga un argumento inteligente que me incomode y merezca mi atención. Sólo que si hubo algo banal vino de ahí.
En cambio, me interesa la izquierda, atrapada en sí misma.
En la esquina woke todo fue demasiado maravilloso: inclusión, identidad, antiimperialismo, cuerpes latines, etc., etc. Y en la esquina de la intelectualidad que sigue pensando como hace cien años, citando a Theodor Adorno y Herbet Marcuse, terminó desestimándose el performance porque el capitalismo diluye todo al espectacularizarlo. Ambos extremos tienen algo de razón y tienen cegueras.
La izquierda de viejo cuño sirve para matizar el entusiasmo woke: sí, todo muy bonito, pero todo está mediado por el capital, la inmediatez y la disolución de lo político cuando se queda en un espectáculo sin articulación profunda.
En cambio, esa izquierda de viejo cuño requiere una inversión dialéctica: precisamente porque ese acto político aconteció en un espacio comercial y espectacular es que tiene relevancia y alcance: el espectáculo no es siempre ni exclusivamente anestésico, es una zona de conflicto, una contradicción que puede abrir conversaciones, hasta incomodar. Y la amplísima discusión sólo indica que cualquiera puede llegar a la profundidad intelectual, independientemente de que tenga familiaridad con los términos técnicos de la academia: el pensamiento crítico no es una prebenda de los doctores en filosofía: es una capacidad humana. Es decir, que las “masas” no están permanentemente alienadas, y que el estímulo adecuado, a menudo procedente del espectáculo, que les apela, las puede repolitizar, aunque sea conversacionalmente y por tiempo limitado, igualito que en las cátedras y los textos de quienes critican el espectáculo.
Lo cierto en cualquier caso es que no hay un movimiento organizado, más bien hay discusiones y posicionamientos visibles impulsados por un espectáculo dentro de otro espectáculo. Además, que ha probado no ser banal. Incluso mediado por el capitalismo, el show nos apeló a todos al punto de generar discusión pública, y proyectar de un modo antes inconcebible la opinión pública latinoamericana, latinoestadounidense, asumiendo que sean cosas distintas, y estadounidense.
No creo que Bad Bunny sea de izquierda. Su obra no da ningún viso en ese sentido. Pero aún así creo que le deja, nos deja, algo que pensar. La clave no está en la fruslería cursi de que lo único más potente que el odio es el amor –todo mundo sabe que no es así–, sino en el desfile de banderas americanas que terminó en el balón con la leyenda «Juntos somos América» impresa. Hay un mensaje universalista y particularista al mismo tiempo, incluyente en su sentido más amplio, casi soviético. Se parece, por ejemplo, esa celebración sobre la diversidad y comunión de los pueblos de la Unión Soviética que los Kinoki –Dziga Vértov y sus secuaces– hicieron en La sexta parte del mundo (Shestaia chast mira, 1926), donde los objetivos compartidos de la pluralidad son la base de la transformación. Ni la anulación llamada cancelación en estos días politiza –más bien lleva al anquilosamiento mediante el miedo–, ni el desprecio a las formas populares de expresión lo hace. Es en el encuentro, contradictorio, medio absurdo, impuro, donde se puede hallar una utopía, un futuro posible, que lleve a la acción política o a muchas acciones políticas requeridas en distintos contextos específicos. Tal vez el encuentro genere el entusiasmo que tuvo el comunismo soviético en su etapa heroica, y pueda sacar a la izquierda del impasse en el que se encuentra en muchos sitios frente a las derechas, ahora rebeldes y provocadoras. No se gana nada con la superioridad moral ni de la cancelación ni del anticapitalismo. Se puede ganar en la unidad, siempre agrietada e imperfecta.
Abel Muñoz Hénonin dirige Icónica y es uno de los editores de Senses of Cinema. Imparte clases en la Escuela Superior de Cine, la Universidad Iberoamericana y el Centro de Capacitación Cinematográfica. Es candidato a doctor en Filosofía, Arte y Pensamiento Social por la Escuela Europea de Postgraduados. Su libro más reciente es Márta Mészáros frente a la Historia, editado por la Cineteca Nacional (2024).
Este texto se nutre de ideas de mi papá, Abel Muñoz de Luna (el Super Bowl como un comercial que se dilata horas), y de Regina Verduzco (el empantanamiento político de la cancelación). Además le debo a ella gran parte de la información contextual que aparece aquí, gracias a su análisis en redes sociales, al terminar el show de medio tiempo.