Fractales sobre la fragmentación fílmi

Fractales sobre la fragmentación fílmica 3

Por | 23 de agosto de 2017

El mundo está lleno de videos de gatitos. Gatitos en una cama de pollitos. Gatitos, gatos y gatotes jugando con cajitas, cajas y cajotas. Gatitos espantados por pepinos. Nunca voy a entender el amor que se les tiene a esos bichos. Tampoco que ocupen un lugar tan prominente en internet. Excepto por el Grumpy Cat, pero ese no hacía videos la última vez que lo vi.

Los videos de gatitos, esos animalitos del demonio, son la punta del iceberg de un fenómeno mucho más amplio, aunque nada complejo: el de la banalidad absoluta y risible. Sus compañeros son los videos registrados por las cámaras que a los rusos les encanta poner en los parabrisas, los videos de personas que hacen algo físico excepcionalmente bien, o excepcionalmente mal, de músicos peruanos, el de Juan Gabriel entrevistándose y agradeciéndose a sí mismo, el “Niño rata”, “El pollito pío”, videos de fantasmas, ovnis y cuanta pendejada.

Este es el corazón de la viralidad. En México empezó con Édgar se cae (2007) y con «Setso en el Otso» (lamentable presentación en vivo del grupo Children Garden en un programa de televisión juarense, 2007) o con los Poeta huevos (¿2001?) hace años. Es cosa de hacer un recuento local. El asunto siempre comenzará con algo cómico, ridículo o no.

Lo risible se acompaña con lo tierno, con lo macabro, lo improbable. Fuera de los caminos de la razón y de sus propias limitantes, antes que los caminos de la razón y sus prejuicios argumentados, los vínculos se establecen emocionalmente. Este universo que no se puede pensar objetualmente, que a menudo está más allá de los límites del lenguaje, es totalmente concreto y se comunica mediante la replicación de emociones. Somos simios mayores con estructuras sociales similares a las de los carnívoros. Pero somos fundamentalmente primates y por eso la transmisión de emociones siempre es más eficiente que la transmisión de ideas, por lo demás, siempre temporales, siempre imprecisas, seguro tan absurdas como las que había en la Edad Media para quien venga detrás de nosotros. El mundo emocional es contingente y trascendente; el racional es un constructo, incluso cuando se trata de conceptos a los que reaccionamos de manera vehemente (como el de nación, sobre todo en los partidos de futbol). Probablemente los mensajes de odio estén en un punto entre lo emotivo y lo prerracional, en el ámbito de la creencia. Y también hay videos que se ocupan de ello.

Pero los gatitos, los perros torpes, los traceurs de parkour, los niños mugrosos… en su banalidad, en su capacidad de transmitir información emotiva nos recuerdan lo humano, lo idiota de lo humano, lo enternecedor de lo humano. Aquí está la balanza con respecto a la información de datos acumulados como de convento medieval. También el antídoto ante la solemnidad intelectual. Aquí está el carnaval manifiesto en lo mínimo.

¿Qué persona, qué sociedad sana, no tiene un lado imbécil?


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Escuela Superior de Cine y en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel