The Square

The Square

Por | 16 de noviembre de 2017

Sección: Crítica

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Los límites son necesarios en el arte. Fuera de cuestiones como la censura o la falta de financiamiento, cada obra funciona dentro de límites específicos que, incluso, pueden llegar a formar parte del discurso. Si la palabra “límite” no es lo suficientemente adecuada, digamos entonces que una obra requiere de un marco (espacial-temporal) dentro del cual pueda desarrollarse. La pantalla donde se proyecta una película como The Square debe tener cuatro lados para poder verse, por poner un ejemplo absurdamente obvio. El quinto largometraje de ficción de Ruben Östlund hace algunos planteamientos sobre este tema a través de la anécdota de Christian, un curador de un museo de arte contemporáneo en Estocolmo que está próximo a presentar una instalación que consta de un cuadrado de 4×4 metros, dentro del cual la gente está en disposición de pedir ayuda a algún transeúnte que pase por el lugar.

La ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2017 se burla de la contradicción entre las pretensiones con las que se justifican ciertas obras artísticas que pretenden la concientización social y la realidad fuera de ellas. «The Square es un santuario de confianza y cuidado. Dentro de él todos compartimos iguales derechos y obligaciones», reza la placa de la instalación; pero mientras el dinero es invertido en espacios institucionalizados como ese, publicidad y cocteles, la película contrasta constantemente ese mundo con imágenes de mendigos pidiendo limosna en la calle. Pero Östlund (Styrsö, Suecia, 1974) no señala con dedo inquisitorio esta situación, simplemente se dedica a presentar el estado de las cosas con resultados cómicamente incómodos (sobresaliendo la escena del performance del hombre-mono). La sátira es la etiqueta que mejor le acomoda a la película, pero la comicidad no nace de la ridiculez o exageración, sino de la traslación directa de las dinámicas de ese sector del arte que requiere de una cédula explicativa o una entrevista con el artista para poder ser comprendida. Aquí, el arte parece más un estorbo, ya sea para limpiar el suelo de la galería o mantener una conversación; o es despojado de su seriedad con una estatua que se rompe provocando risas, o un chimpancé pintor.

Al igual que en su película anterior, Fuerza mayor (Turist, 2014), ambientada en un acomodado hotel en los Alpes franceses, Östlund nos hace respirar el aire limpio del primer mundo europeo que, sin embargo, lleva consigo las impurezas invisibles de la conducta humana. The Square tiene lugar en una Suecia alterna que ha abolido la monarquía y ha utilizado el palacio real como museo. Desde la puesta en escena, con una fotografía y composiciones impolutas, da la sensación de un cuidado aséptico de la imagen que sólo podría relacionarse con países como ése. En Fuerza mayor, Östlund expuso la flaqueza de un padre de familia al anteponer su supervivencia a la vida de su esposa e hijos; aquí, el conflicto lo desata un robo en una plaza pública cometido al protagonista: un hombre estudiado, bien vestido, que maneja un coche eléctrico, se relaciona con donadores millonarios y goza de ciertos lujos. La anécdota se desarrolla lentamente, con el curador jugando a hacer justicia por su propia cuenta y después pagando las consecuencias de su travesura vengativa, primero con las sociedad (en la forma de un niño perjudicado por sus acciones), después en su trabajo (con el escándalo de un video provocador para promocionar la instalación) y finalmente con sus dos hijas. A primera vista puede parecer sólo un drama de ricos, pero Östlund hace responder a su protagonista a pesar de su pisoteada credibilidad, sin aleccionamientos morales pero con intenciones sinceras que aunque no tengan éxito, pueden ser vistas por ojos más sensibles (me refiero a la escena final con una de las niñas mirando a su padre, después de haber fallado en su intento de disculparse).

Como seguramente muchas obras que circulan por museos y mercados de arte, el cuadrado de la ficción vale más por lo que pasa alrededor de él, que por lo que supuestamente debería representar. Las selfies, los videos virales o la mercadotecnia lo avalan. Los límites de este cuadrado son de afuera para adentro: es un espacio inconcebible en un mundo donde es más fácil que un pordiosero ayude a un hombre adinerado a que la fiebre de la caridad invada a los más poderosos del planeta. Hay otro espacio de cuatro lados más grande, uno en el que tal vez sea más sencillo que accedamos a compartir derechos y obligaciones. The Square no invita al altruismo, pero dentro de sus límites de representación invita al cuestionamiento de los valores del arte, incluida la película misma.


Israel Ruiz Arreola forma parte del equipo editorial de la Cineteca Nacional desempeñándose como investigador especializado.

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