Holy Motors: Vidas extrañas

Holy Motors: Vidas extrañas

Por | 1 de octubre de 2013

Si debemos reseñar la más reciente película de Léos Carax (París, 1960), podríamos decir que Holy Motors (2012) es una constante sucesión de rostros y personalidades encarnados por un solo cuerpo en el transcurrir de un día parisino. El drama, el misterio, la muerte y hasta un musical transitan en una galería de episodios que no tienen más razón de ser que la de su propia naturaleza cinematográfica. El esqueleto del filme es el señor Oscar (Denis Lavant), quien recorre la ciudad abordo de una limusina, interpretando a una serie de personajes insertados en determinados escenarios, inconexos uno de otro y de categorías inclasificables. El director también retoma a Mierda, el grotesco protagonista del mediometraje con el que participó en el tríptico Tokyo! (Léos Carax, Bong Joon-ho y Michel Gondry, 2008).

En uno de los escasos momentos que sugieren cierta intencionalidad por parte del cineasta –incluida la secuencia inicial en la que él mismo aparece–, el señor Oscar mantiene una breve conversación con un desconocido hombre al que sólo podemos identificar por una pronunciada marca en el rostro. Él le hace ver que su desempeño no es el mismo que antes, el cansancio se hace cada vez más visible en sus representaciones. El señor Oscar le contesta que extraña las cámaras, que con ellas era más sencillo. El juego de roles es consciente en el protagonista y en el resto de los personajes. Estamos ante un desfile de máscaras conducidas por esos grandes vehículos, esos “sagrados motores”, a destinos inciertos y confusos.

¿Por qué?, ¿para qué?, ¿quién es realmente este tipo? Resulta un tanto innecesario y hasta inútil tratar de analizar la película como una totalidad. Carax ha manifestado que su deseo original era filmar varias historias en diferentes países e idiomas, pero el dinero y el reparto siempre significaron un obstáculo para realizarlo. Tal vez las limitaciones lo llevaron a conformarse con esta mezcolanza visual, sin embargo, el resultado es un alucinante viaje que nos recuerda que la narrativa cinematográfica puede adoptar formas abstractas sin abandonar su esencia.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 6, otoño 2013, p. 63) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Israel Ruiz Arreola es el editor web de Icónica. También es redactor en el área de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.

Entradas relacionadas