Estrategias educativas críticas frente

Estrategias educativas críticas frente al cine colonial e imperializante

Por | 21 de agosto de 2020

Avengers: Endgame (Marvel, 2019).

¿Cuál es la situación vigente y predominante de la óptica ideológica implícita en la producción cinematográfica? Desde la filosofía del cine, ¿qué propuestas de investigación se pueden generar para posibilitar el surgimiento de una vanguardia educativa a través del séptimo arte?

 

I. El cine como instrumento educativo[1]

Ante la interrogante acerca del papel que juega el cine como medio educativo, se ha de profundizar en el presente, en la situación actual marcada por la tendencia de la globalización.

Es relevante estudiar la educación de la conciencia crítica a través del cine, porque el cine puede funcionar como una herramienta educativa eficaz. Y esto es importante recalcarlo, ya que el cine puede actuar también como un instrumento ideológico, de enajenación o de indiferencia ante los problemas actuales. Pero como ya se dijo, puede fungir, si se le intenciona, como una herramienta emancipadora, crítica y comprometida con los problemas actuales.

Sucede en el cine lo que sucede en el teatro y en la literatura –pero a una escala mayor–, es decir, su producción, distribución y consumo están demarcadas por las exigencias del mercado. Así se produce y se difunde un cine comercial, de entretenimiento, con un alto contenido ideológico que el espectador ingenuo no es capaz de apercibir.

Los grupos (corporaciones y asociaciones) productores de cine, refuerzan la tendencia global de imponer una visión de mundo centralista, que a su vez tiene como función desplazar cada vez más las visiones cinematográficas de las periferias. Y aunque la dirección cinematográfica predominante, cumple un papel importante en la tendencia global de los grupos económicos más poderosos, es menester subrayar que su posición es inferior, si se compara con el aparato globalizador de otros medios de difusión, tales como la televisión por cable o a la carta, e internet. Y esto, quizás por varios motivos.

Mientras más pasa el tiempo, internet toma cada vez más fuerza, no sólo porque la población mundial crece (lo que es lógico), sino porque toda la lógica de la web consiste en su crecimiento desbocado, y porque las nuevas generaciones no nacieron en la era de la radio o de la televisión. Las nuevas generaciones nacen en la era de la informática. Están tan fácilmente familiarizadas al televisor como al computador, no así a las salas de cine. Y afirmo esto, porque uno de los errores consiste en creer que el cine está presente en su totalidad, simplemente porque la televisión programa sus filmes. Pero lo cierto es que, en términos precisos, el cine posee un formato para ser visto bajo ciertas condiciones y sin interrupción de anuncios publicitarios. Obviamente, “este cine” llega a los espectadores de manera degradada, a través de pantallas chicas, pues aunque se posea una pantalla plana gigante, el cine no está pensado para ser visto en ella. Pero bueno, cuestiones como estas, que tienen que ver con la estética cinematográfica, se podrían discutir en otro momento.

De las relaciones que se pueden establecer entre el problema que nos atañe con su contexto sociocultural, es menester aseverar que quizá hoy más que nunca, la industria cinematográfica funciona principalmente como un motor enajenante e ideologizante, que actúa como un ente distractor (de entretenimiento) de los problemas socioculturales más urgentes, tales como las nuevas caras de la neocolonización o imperialización, las políticas destructivas de los gobiernos y las transnacionales, el negocio armamentista, el calentamiento global, la contaminación ambiental, las nuevas formas de esclavitud moderna, la explotación de la minería a cielo abierto y su subsiguiente contaminación de ríos y destrucción de hábitats y manglares; los cultivos transgénicos y su consumo, el asesinato institucionalizado de especies destinadas a la extinción (tiburones, ballenas, tortugas y delfines, etc,.); la invisibilización de ancianos que mueren postrados en sus cuartos porque no pueden costear el seguro médico; la pedofilia custodiada por el Vaticano, la prostitución infantil, el contrabando de órganos humanos especialmente de infantes; la guerra por el agua o el paso de la custodia del agua a manos de monstruosas transnacionales que dejan sin agua a las comunidades más pobres del planeta (nunca como antes ancianos y niños pobres mueren de sed).

Ante este panorama, es urgente preguntar: ¿qué nos da la industria cinematográfica? Nos da muy poco. Y digo «nos da poco», porque algo nos da. A través del cine, podemos encontrar una producción valiosa de películas y documentales, que circulan con muchas limitaciones por las periferias y que dan cuenta de los problemas humanos urgentes. Pero si hacemos una comparación con la cantidad de basura distractora o ideologizante que circula por las salas de cine manejadas por las grandes industrias transnacionales, indiferentes al dolor y a las necesidades humanas de los sectores más vulnerables de la sociedad, entonces nos daremos cuenta del papel predominante de la industria cinematográfica y su producción. Y resulta que es ese el panorama al que se en-frenta el espectador joven, nuestros educandos que son “educados” a su vez por las “enseñanzas” del cine. Así, el docente tiene una nueva lucha que dar, más obstáculos monstruosos que vencer: librar una batalla interminable, desigual e injusta (y tras de eso nada rentable) contra un discurso que llega más allá de lo que él puede llegar, y que a su vez, es visto (el “discurso visual” del cine) como más legitimo por el espectador (porque así se lo dictan las noticias de variedades o de farándula).

Cuando se ha dicho que «quizás hoy más que nunca la industria cinematográfica funciona principalmente como un motor enajenante e ideologizante, que actúa como un ente distractor (de entretenimiento) de los problemas socioculturales más urgentes», se dijo siguiendo el ideal –a veces ingenuo– del discurso o forma de pensar “académica”, que muchas veces no quiere comprometerse frontalmente, bajo el supuesto del espíritu de cientificidad. Pero si el intelectual se debe más a la actitud y vocación filosófica, habría que ser más directo y transformar la frase anterior en la siguiente:

La industria cinematográfica tiene por misión enajenar e ideologizar al espectador y, le brinda distracción (entretenimiento) para embrutecerlo más y controlarlo mejor. Mientras más se embrutece al espectador, la maquinaria de imperialización es más efectiva. Y si se ofrece de vez en cuando algo que cuestione el statu quo, es para dar la impresión del compromiso del cine o del canal, con los problemas socioculturales más urgentes.

 

II. Perspectivas de análisis

La función que cumple el cine en el desarrollo de la conciencia humana en términos educativos, puede ser enfocada desde diversas perspectivas. Por ejemplo, se podría estudiar el tratamiento predominante que se le hace a la cuestión de género. De hecho, ya existen investigaciones que abordan esta problemática, que ventilan a todas luces el tratamiento de lo femenino en el cine. Respecto a esto, bien se podría seguir poniendo en evidencia que, por ser el cine una industria histórica y típicamente masculina, es comprensible, aunque no aceptable, que predomine la visión machista y misógina, que va desde la satanización de la imagen femenina como prostituta, mujer fácil y traicionera, hasta la sacralización de la imagen femenina como madre, mujer sacrificada y mártir con el don divino del perdón eterno.

El empleo que se le hace al tratamiento de la imagen femenina en el cine es, se podría decir, la reproducción estereotipada de los prejuicios ancestrales de la humanidad. Y aunque en estos tiempos se pueda encontrar otra lógica a la típicamente masculina –gracias a la aparición cada vez mayor de la dirección cinematográfica por parte de mujeres–, también es posible encontrar la reproducción de los estereotipos masculinos en las producciones dirigidas por ellas, quizás, porque la lógica de producción sigue siendo predominantemente masculina.

El cine, además de reproducir los ideales y prejuicios estereotipados respecto a la mujer, puede que también “eduque” o “mal eduque” al espectador para que reproduzca tales ideales y visiones. Asimismo, la problemática de género toca o mal toca a otros sectores marginados de la sociedad, pienso aquí en el discurso cinematográfico respecto a la bisexualidad, la homosexual y la transexualidad, etc. Y también, desde otra dirección se podría investigar el papel del cine en la formación de la conciencia humana en términos de “educación sexual”. En síntesis, se puede cuestionar la contribución del cine al desarrollo de la conciencia sexual humana, en conexión con los temas sexuales más urgentes o vigentes del momento, tales como la pedofilia y la prostitución infantil, sólo para dar algunos ejemplos.

Desde otra perspectiva, el papel educativo del cine en el desarrollo de la conciencia humana puede ser estudiado al analizar el discurso racial y xenofóbico de las películas que llegan a nuestras salas. Aunque se puedan encontrar excepciones, infinidad de producciones cinematográficas promueven el racismo hacia los negros y comunidades indígenas. Este panorama se puede observar más claramente desde el surgimiento del western americano, en donde los blancos son los “buenos y racionales”, mientras los indios aparecen como los “malos y salvajes” de la película. Más adelante, en el cine policiaco norteamericano, se representa masivamente la figura del delincuente negro. Así, el negro es traidor y oportunista, ladrón y drogadicto. Y, al mismo tiempo, en la misma época, se promueve la xenofobia hacia los latinoamericanos –especialmente mexicanos y cubanos– que son representados con características similares a los delincuentes negros. He aquí otro tema, que bien podría ser el análisis del discurso del cine norteamericano, con el fin de contrastar las semejanzas y diferencias entre los estereotipos del delincuente negro y el latinoamericano, en relación con otros malos personajes de las historias policiacas, que incluyen a otros grupos étnicos y extranjeros en general, tales como los “chinos usureros” y los “gánsters italianos”. Al fin de cuentas, los buenos de las películas son blancos norteamericanos y, algunas veces, negros y latinos que se “blanquearon” al asumir la moral y el estilo de vida de los blancos de la nación. Este mismo enfoque ya estaba en el cine del Oeste o en el “cine histórico”, que hace alusión a la colonización, donde los indios buenos son aquellos que como La Malinche y Pocahontas traicionan o abandonan a su pueblo por la moral, la religión o el estilo de vida occidentales.

Por otro lado, el papel educativo del cine en el desarrollo de la conciencia, bien puede dirigirse al estudio de su discurso neocolonizador o liberador. Interesante sería distinguir entre las producciones liberadoras y aquellas que promueven una nueva forma de neocolonización o imperialización. Harto sabido es que desde la Segunda Guerra Mundial, se vio en el cine un instrumento de ideologización efectivo. Las industrias cinematográficas alemana e italiana, soviética, británica y norteamericana, llevaron la guerra a la pantalla grande.

Otro ejemplo de abordaje a la problemática, respecto a la naturaleza predominante del papel educativo del cine en el desarrollo de la conciencia humana, consiste en el análisis del cine en tanto discurso de poder: todo se lleva al plano del discurso, al plano de que todo depende desde donde se mire. Así, los militares son asesinos convertidos en héroes porque defienden un ideal, ya sea el ideal de nación, que resulta ser el ideal de las clases altas y poderosas. Las familias dan lo que más quieren (sus hijos) por la nación, por la patria. El cine como óptica de poder, lleva la razón al orden del discurso, es decir, significa institucionalizar la razón a través del discurso de poder. Ante la interrogante del espectador («¿Quién tiene la razón?»), el cine subliminalmente responde: «La razón la tiene quien tiene el poder», «La razón la tiene quien tiene el látigo», «La razón la tiene quien tiene el revólver», «La razón no la tiene el hambriento; la razón la tiene quien tiene el pan», «La razón no la tiene quien trabaja la tierra; la razón la tiene su dueño».

Ya pasó la era de la “razón racional”, por decirlo de alguna manera. Estamos ahora en la era de “la razón del poder”. No importa ya el poder de la razón, sino la razón del poder. Aquí es cuando la pregunta, respecto a si el cine brinda o promueve la esperanza a los sectores marginados y olvidados de poder liberarse de quienes les subyugan, cobra un sentido fundamental para volver a poner en el tapete la cuestión del papel educativo del cine, en la formación de la conciencia humana de los espectadores.

Como último ejemplo de abordaje a la problemática, respecto a la naturaleza predominante del papel educativo del cine en la construcción de la conciencia humana, pienso en el enfoque a los ideales de vida que se promueven.

Se puede estudiar al cine en tanto portador de ideales de vida, como dador de sentido, como inyección exacerbada del sueño americano, como promesa reiterada de los finales felices (happy ends). Hay en el cine predominante norteamericano, un llamado a la individualidad exacerbada, al egoísmo individual (puesto que puede haber un egoísmo de grupo); al exotismo de la soledad; un culto al solitario; a aquél que abandona a la mujer amada por cuestiones superiores: la nación, la patria, una venganza, un estilo de vida.

Al mismo tiempo, surge en contraste la marginación de la vejez y el culto a lo eternamente joven. Viejos y jóvenes tristes que no logran dar con el ideal. Viejos olvidados que no encuentran en el cine un reflejo de lo que viven. Se ven y se sienten ridiculizados a través del cine. Jóvenes que no logran dar con el ideal de belleza, esclavos de las dietas, de la bulimia, sufren, son infelices o se suicidan.

Asimismo, a raíz de los estándares de vida que se promueven en el cine, muchos jóvenes se esclavizan al trabajo por querer alcanzar tal ideal; lo que trae como consecuencia la desintegración o distanciamiento en sus relaciones familiares, interpersonales y consigo mismos. He aquí nuevamente la soledad: viven para cumplir el sueño que se reproduce en la pantalla, quieren recorrer el mundo, tener los mejores autos y casas de veraneo, sueñan contradictoriamente con ser eternamente bellas, deseadas, admiradas y respetadas al mismo tiempo. Fantasean romances fortuitos y a montones, sin compromisos, pero al mismo tiempo con alguien que les ame por encima de todo, alguien dispuesto a dar la vida por ellos y por ellas, esperan al príncipe azul, hijos hermosos, sanos e inteligentes de los que se puedan sentir orgullosas. ¿Y ellos? Ellos desean poseer a la fiel virgen (María) la más “rica” de todas, la más voluptuosa, la eternamente joven, la mujer con el cuerpo de Jennifer López y el alma de la Madre Teresa de Calcuta. En fin, viven muchos en un infierno entre lo real e imaginario, alborotado por los fantasmas cinematográficos dominantes.

Ahora bien, luego de dar cuenta desde cuáles perspectivas puede ser enfocado el problema acerca de la naturaleza predominante del papel educativo del cine en la formación de la conciencia humana del espectador, es factible considerar que se puede elegir cualquiera de las ópticas aquí mencionadas, pues todas seguirán siendo relevantes y vigentes para la educación por muchas décadas más.


Víctor Alvarado Dávila es catedrático de Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Sus libros más recientes son Lo inconsciente (2010), Introducción a la fenomenología existencial (2012) y El aposento (2012).


[1] En este ensayo, como un principio activo participativo, se considera que en tanto son muchísimas las películas (que varían de década en década y de país en país) en las que se pueden verificar las tesis planteadas; se invita al lector a poner de ejemplo las obras cinematográficas –por él vistas– que considere encajen mejor con las críticas y cuestionamientos planteados. Seguros estamos de que se podrá explicitar fácilmente aquello que sólo está realmente oculto para la mentalidad ingenua. Lo implícito tarde o temprano se evidencia; además de que uno de los deseos de este trabajo consiste en propiciar la emergencia de un receptor activo, crítico y escéptico frente a la producción audiovisual que tiene, tuvo o tendrá frente a sus ojos y oídos.