Los finales de Rubí

Los finales de Rubí

Por | 24 de septiembre de 2026

Rubí es uno de los nombres más reconocibles de la cultura popular mexicana. Aunque hoy suele asociarse de inmediato con la interpretación de Bárbara Mori en la telenovela de 2004, el personaje apareció primero en la historieta escrita por Yolanda Vargas Dulché y publicada entre 1963 y 1964 en la revista Lágrimas, risas y amor. Ahí, el personaje de Rubí se presenta como una joven ambiciosa y seductora, de “origen humilde”, y que utiliza su belleza para ascender socialmente. Esa configuración la vuelve una figura cercana al arquetipo de la femme fatale.

Ahora bien, la femme fatale no es un molde fijo. Como recuerda Elizabeth K. Menon en Evil by Design se trata de una figura histórica y culturalmente variable, cuyos rasgos cambian según el contexto que la produce. En términos operativos puede entenderse como una mujer cuya belleza, sensualidad o poder de fascinación conducen a otros a la perdición, mientras ella obtiene alguna forma de beneficio. En el caso mexicano, Rubí representa una versión significativa de ese arquetipo, porque se le presenta como a un personaje malvado que merece un castigo.

Con esto no afirmo que el objetivo de la existencia de este personaje sea el de adoctrinar a todas las muchachitas de la clase baja de México a no atreverse a salir de su contexto por medio del mal uso de sus atributos. A lo que me refiero es a que el prejuicio del mexicano, su moral de ganarse las cosas, a obrar como Dios manda, a mantener la pureza, es lo que nos ha llevado a construir una femme fatale muy a la medida de la ideología mexicana. De hecho, si se reflexiona un poco más, se puede llegar a pensar en Rubí no como un personaje complejo en su ambigüedad, sino como una completa villana de la televisión.

Y, como buena villana de telenovela mexicana, su final no puede ser otra cosa más que trágico. Pero, a diferencia de otros villanos, a los cuales no se les dan castigos tan articulados, a Rubí se le castiga arrebatándole la belleza, y dotándole de un momento de reflexión sobre la pérdida de su herramienta única de poder.

A continuación, presentaré un análisis de los finales de cuatro adaptaciones audiovisuales de Rubí (1968, 1970, 2004 y 2020) con el fin de mostrar que el efecto moralizante de sus castigos varía conforme cambia la época. Mi argumento es que las dos primeras versiones presentan a Rubí casi exclusivamente como advertencia moral; la adaptación de 2004 lleva a Rubí de femme fatale a villana; y la de 2020 debilita la lógica punitiva, para introducir una lectura más ambigua del personaje. Así, el recorrido de Rubí permite observar cómo la figura de la femme fatale en México deja de operar, con el tiempo, como un simple dispositivo aleccionador.

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En el caso de la serie de televisión de 53 capítulos, protagonizada por Fanny Cano (Telesistema Mexicano, 1968), el final de Rubí se mantiene muy cercano al de la historieta. Tras una discusión intensa con Alejandro, Rubí cae por la ventana y los vidrios le desfiguran el rostro; queda hospitalizada, con la cabeza vendada. Rubí acusa a Alejandro de haberla empujado y la policía lo conduce ante ella para que rinda su declaración. Cuando Alejandro llega, Rubí confiesa que ha mentido y que su acusación sólo buscaba verlo una última vez para pedirle disculpas. A solas con él, Rubí dice saberse próxima a la muerte y que sólo el perdón de Alejandro le permitirá partir en paz. Alejandro la perdona y, en ese instante, Rubí muere.

rubi femme fatale

Esta adaptación exhibe el mecanismo moralizante a través de la lección de Rubí. Ella intuye que la caída forma parte del pago por cada una de sus acciones, y el miedo a morir la confronta con la necesidad de pedir perdón por el daño cometido. Finalmente, una voz en off de la propia Yolanda Vargas Dulché convierte el desenlace en una moraleja explícita dirigida a mujeres y hombres. A ellas les advierte que no dejen que la belleza física corrompa la belleza moral; a ellos, que no se dejen engañar por la hermosura antes de conocer el alma de una mujer.

En esta versión, el castigo de Rubí restaura el orden, y confirma la separación entre buenos y malos, protegiendo al espectador de cualquier ambigüedad interpretativa. Una femme fatale sólo puede terminar destruida, arrepentida y anulada, para que el relato reafirme sin fisuras su función pedagógica.

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En la película de 1970, dirigida por Carlos Enrique Taboada y protagonizada por Irán Eory, hay un final muy similar al de la primera adaptación: Rubí cae accidentalmente por la ventana y su rostro queda desfigurado. Después, Rubí afirma en el hospital que el culpable fue Alejandro, para finalmente confesar lo contrario sólo por tener unos minutos a solas con él. En el encuentro, Rubí pide perdón por todo el daño y él la perdona, para correr a los brazos de Maribel como recompensa final. 

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En la adaptación de Taboada, Rubí recibe su castigo como consecuencia de un accidente armado por el poder del guion, dejando a Alejandro libre de toda culpa. Porque, de no haber sido por el cable de teléfono que hace tropezar a Rubí, quizá la historia habría sido otra: tal vez tendríamos a un Alejandro inequívocamente homicida. Así, el castigo de Rubí no ocurre de manera directa por sus acciones, aunque sí recae por completo sobre el elemento que la convierte en una femme fatale: su belleza. Queda incapacitada en aquello que funcionaba como su mayor arma, inutilizable para cualquier futura maniobra de seducción.

Rubí lo entiende enseguida: ya no es bella y, en la lógica implacable del melodrama, ya no tiene nada más que ofrecer. Por alguna razón, ella misma asocia su desgracia con los actos perversos que la narración nos ha ido mostrando. Y aunque el accidente no haya sido una consecuencia directa y racional de sus maldades, su confesión y su arrepentimiento terminan por sellar una comprensión que no exige demasiada sutileza ni en Rubí ni en el espectador: recibió su castigo por haber sido mala.

Otro punto a destacar es el papel de Alejandro como “el bueno”. Durante toda la película se muestra consciente de que Rubí es mala, sí, aunque incapaz de exponerla porque, como tantos otros hombres, ha sido víctima de sus encantos. Eso lo convierte en un personaje ambivalente y, aun así, la película decide que Alejandro es bueno y que, por haberse resistido a la tentación de convertirse en la pareja de Rubí, merece ser premiado con la libertad y con la felicidad al lado de una mujer que, curiosamente, no le despertó mayor deseo hasta el cierre de la historia. En suma, la adaptación de Taboada recurre a una fórmula popular y muy reconocible: los buenos son premiados y las malas, castigadas.

Estas dos primeras adaptaciones tienen apenas dos años de diferencia y, de hecho, resultan muy similares entre sí. En el final de la primera, el rasgo moralizante es mucho más directo debido a la moraleja impuesta por Vargas Dulché; además, Rubí es castigada no sólo con la pérdida de su belleza, sino también con la muerte. En el caso de la segunda, Rubí no muere, pero asume que su castigo es merecido a causa de sus malas acciones. En este sentido, puede observarse que el mensaje moral se encuentra aún más subrayado gracias a un arco de redención: ambas, después de haber perdido su belleza, piden disculpas a Alejandro. Por ello, es posible entender que estas dos primeras Rubíes están todavía atadas a funcionar como un mensaje moral, y que su complejidad como personajes arquetípicos no va mucho más allá de ese propósito.

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En la telenovela de 2004, producida por José Alberto Castro para Televisa y protagonizada por Bárbara Mori, la caída de la protagonista se activa cuando se fractura el primero de sus grandes objetivos, el dinero, al ver que sus acciones se desploman en la bolsa y la dejan “más pobre que cuando vivía en la vecindad”.

Sin embargo, Rubí todavía conserva el amor de Alejandro. El problema es que éste se ha enamorado de Maribel, además de que descubre una serie de mentiras que Rubí ha tejido a lo largo de cuatro años. Finalmente, Alejandro la encara, confesando que siente asco por ella, y, en ese instante, Rubí pierde lo segundo por lo que tanto había luchado.

Al quedarse sin la riqueza ni el amor, Rubí entra en una desesperación total. Alejandro se marcha y baja las escaleras con rapidez; Rubí se asoma desde lo alto, pierde el equilibrio y cae sobre una mesa de vidrio, dejando su cuerpo tendido entre los fragmentos. Rubí sobrevive y su hermana llega con la noticia de que, además de los cortes profundos en el rostro, Rubí ha perdido una pierna. Así, el cierre opera como un castigo en tres actos: riqueza, amor y belleza.

Rubí, llena de odio, llega al extremo de querer matar a Maribel y a Alejandro el día de su boda; sin embargo, elige manipular a su sobrina para “educarla” para usar la belleza como instrumento de conquista. La telenovela concluye con Fernanda, sobrina de Rubí, dispuesta a obsesionar a Alejandro y a su hijo, hasta provocar que terminen odiándose entre sí.

En esta adaptación, el final de Rubí está mucho más elaborado, aunque no del todo al servicio de una moraleja. Más bien, se le permite disfrutar de su condición de personaje malvado de principio a fin. Su castigo no la conduce a la redención, sino al odio absoluto. Esta Rubí resulta interesante porque su avaricia parece insaciable. Por ello, su final es agridulce: cumple, en efecto, con la fórmula del castigo a la villana, aunque no la vuelve consciente de sus actos, sino que la radicaliza en su maldad. Este es el único caso donde se ve a una auténtica femme fatale en ascenso hasta devenir plenamente en una villana. Son escasas las historias en las que una villana ocupa el centro del relato y pone en tensión al televidente, confrontándolo con sus propios impulsos y deseos ante desenlaces en los que el personaje puede rectificarse, recibir su castigo o salir impune.

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Por último, en la serie de veintiséis capítulos protagonizada por Camila Sodi (Televisa, 2020), Rubí, al igual que en la telenovela de 2004, termina con una discapacidad y con una marca en el rostro. Sin embargo, la historia no concluye ahí: termina con Rubí encerrada en la mansión de Héctor, quien ha enloquecido en su obsesión por ella. En el último capítulo, dieciocho años después del incidente y de la desaparición de Rubí, Fernanda y la protagonista se pierden en el bosque mientras intentan huir de Héctor. Allí, Rubí revela su sufrimiento: el sacrificio que implicó mantener con vida a su sobrina, y la conciencia de que, si bien siempre supo manipular a los hombres, terminó cayendo en su propia trampa frente a la obsesión de Héctor. Rubí concluye que con la cicatriz ha perdido su belleza y, con ella, lo ha perdido todo.

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Probablemente ésta sea la versión en la que el castigo se construye con mayor complejidad: no ocurre de golpe, sino de manera lenta, prolongada y tortuosa. El espectador ya no está colocado únicamente en el lugar del juicio o el repudio, sino en un territorio de empatía.

El cierre final sugiere que, después de recuperar la confianza en sí misma –con láser sobre las heridas y el trabajo de la rehabilitación–, Rubí podría ser la que era antes. Por primera vez tenemos a una Rubí que no “se queda sin nada”: no obtiene el amor de Alejandro, pero sí conserva el dinero de Héctor. Tampoco se presenta como un personaje redimido, pues retoma su ruta de femme fatale. Reconoce que su castigo deriva de sus malas acciones y sabe cuáles fueron, pero no parece arrepentirse ni quedar verdaderamente transformada por el trauma.

En ese sentido, esta versión permite leer a Rubí como una especie de heroína en su propia historia: incluso un castigo prolongado no alcanza a matar del todo a una femme fatale por excelencia. Lo único que podría haberla detenido sería un ingrediente opuesto a su lógica habitual: el amor. Si Rubí se hubiera casado con Alejandro, habría “sentado cabeza” y cambiado el rumbo de su vida. A diferencia de otras versiones, donde lo que se llama amor suele parecer más un capricho por poseer al hombre imposible, la Rubí de 2020 deja claro que, de no haber sido por su avaricia, habría estado con el amor de su vida. Es la primera vez que una adaptación sugiere, con tanta claridad, que lo único capaz de “matar” a la femme fatale que hay en Rubí es el verdadero amor.

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Rubí, en las dos primeras adaptaciones, carga con un rasgo moralizante muy marcado en su castigo. La tercera se libera únicamente para convertirse en una completa villana. La cuarta ofrece una tregua entre la comprensión de la consecuencia de sus actos y su elección por ser una femme fatale.

Ahora, sería interesante cuestionarnos el por qué nos resulta tan necesario marcar la maldad de Rubí y contarnos la historia de su castigo insistente sobre su arma: la belleza. Rubí, como una enorme parte de la población mexicana, desea salir de su condición económica. Entonces, ¿por qué, en un país donde el narcotráfico se enriquece con el dolor de quienes sólo buscan trabajo; donde el Estado usa a su pueblo como moneda de cambio; donde la riqueza se acumula obscenamente en unas cuantas manos, una mujer que utiliza su belleza para escapar de la pobreza tendría que ser vista, de inmediato, como una villana?

¿Quién se beneficia de esa narrativa? ¿A quién le conviene que una mujer sea castigada por “aprovechar” los mismos mecanismos que el patriarcado ha normalizado, explotado y celebrado cuando operan a su favor? Esto no significa justificar las acciones de Rubí; significa ponerlas en perspectiva y reconocer la operación cultural que convierte su ambición en un pecado ejemplar.

Por eso resulta gratificante la Rubí de 2020: una versión cuyo guion y actuaciones tienen áreas claras de mejora, pero que ofrece un cierre distinto. Rubí no lo obtiene todo, pero tampoco lo pierde todo: recupera su belleza y el dinero permanece como sostén. No se trata de afirmar que las primeras Rubí fueron “malas” femmes fatales; fueron las femmes fatales de su época, con objetivos y castigos acordes a su contexto y al propósito que se les quiso dar. Esas versiones pavimentaron el camino para otra Rubí, una que se nutre de sus antecesoras y se convierte en una femme fatale menos atada a la condena permanente o al arco de redención y, a su vez, alejada de un contexto que la usa como referente moral, convirtiéndose en un personaje más autónomo, libre y medianamente complejo.


Melissa Paredes, maestrante en Cine y licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana, es autora del libro infantil Luis y Lula, un libro sobre el autismo (2024).


Obras consultadas

Hemeroteca Nacional de México, “Rubí”, Pepines: Catálogo de Historietas de la Hemeroteca Nacional de México, Universidad Nacional Autónoma de México, consultado el 22 de abril de 2026.

Menon, Elizabeth K., Evil by Design: The Creation and Marketing of the Femme Fatale, University of Illinois Press, Urbana y Chicago, 2006.