Videofilia (y otros síndromes virales)

Videofilia (y otros síndromes virales)

Por | 17 de noviembre de 2016

La generación del Facebook experimenta una realidad muchas veces desconocida hasta por ella misma. En la red, las apariencias son identidades incuestionables que, materializadas frente a una pantalla, se convierten en entes independientes de su realidad fuera de ella. Más allá del homo videns de Giovanni Sartori pero siguiendo su línea evolutiva, esta generación ha trascendido la imagen misma para transformarla en estética y lenguaje. En este sentido, Videofilia (y otros síndromes virales) (2015) da muestra de esa relación que la humanidad ha estrechado para bien y para mal con la red y las posibilidades de la imagen.

El segundo largometraje de Juan Daniel F. Molero  es una “tragicomedia psicodélica” habitada por personajes inadaptados, que tiene lugar en una Lima, Perú. Una adolescente experimentando con drogas y cibersexo, y un dealer de pornografía obsesionado con teorías del fin del mundo, conforman la pareja protagonista sobre la cual girarán una serie de extraños sucesos y una galería de personajes que incluye a otakus, drogadictos, gamers, activistas políticos, punks, etc.

Como su título lo advierte, en Videofilia hay una constante presencia de pantallas, las cuales fungen como contenedores de las pulsiones más epidérmicas de la humanidad. El sexo encuentra un escape a través de la pornografía; la carne se materializa en videos gore; la comunicación y la identidad de los individuos se canalizan por los teléfonos portátiles y redes sociales. Y sobre la pantalla más grande, la que encierra la película, hay una presencia omnipresente, un virus informático consciente que permea la obra completa.

Juan Daniel F. Molero (Lima, 1987) hace uso de la estética glitch, aquella que emula las fallas cibernéticas, para distorsionar la realidad de la película. Así, vemos representados viajes alucinógenos como deformaciones pixeladas de la imagen e intromisiones ocasionales de gifs y símbolos informáticos, como si lo que experimentáramos fuera en realidad producto de una conciencia computarizada. Una manufactura que echa mano de lo experimental integrando el folklorismo peruano y una colección de guiños kitsch a las culturas japonesa y estadounidense. El resultado es una mescolanza audiovisual que nace del exceso y, sin embargo, se abre camino por el caos. Videofilia (y otros síndromes virales) es una muestra de la consolidación de esta nueva estética, la cual parte de una filosofía neoplatónica que reflexiona sobre la irrupción de la tecnología en la pantalla orgánica de la realidad. Una realidad diseñada por una mente tecnológica de la que cada vez es más difícil desprenderse, dado su creciente potencial para fungir como receptáculo de la conciencia humana. Si bien esta distopía nos hace recordar casos como el de Matrix (The Matrix, Andy  y Larry Wachowski, 1999) en el que las máquinas alcanzan su independencia en un futuro indeterminado, Videofilia parte de un escenario en tiempo presente que, aún anclado en lo arcaico y rústico de la realidad latinoamericana, se dirige a futuros inciertos que se presienten apocalípticos. En el Perú representado en la película, conviven simultáneamente ruinas arqueológicas, medios en vías de extinción como noticiarios televisivos, el imparable dominio de las redes sociales y ese virus incómodo que no tiene razón de ser y sin embargo está presente. No se trata de una aproximación de tintes humanistas como en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999), I.A.: Inteligencia artificial (A.I.Artificial Intelligence, Steven Spielberg, 2001) o Ex máquina (Ex Machina, Alex Garland, 2015), donde conciencias robóticas pretendían buscar una identidad que confirmara su existencia. En el caso de Videofilia, más que el factor humano se trata de cuestionar la realidad misma. La internet es vista como parte del camino que llevará a la humanidad a desprenderse de la carne y prolongar su consciencia hacia territorios digitalmente desconocidos.

Citando un artículo de la página web Pijama Surf   ̶ la cual, por cierto, aparece en la película ̶  sobre el arte glitch: «no es la fusión aún de la realidad virtual y la realidad, sino apenas el trazo de la fuga de lo virtual hacia lo real, esbozos de una realidad aumentada o mapas de la invasión de lo que es el primer destello del alma de las máquinas. Una nueva estética que no trata sobre la metafísica, es metafísica pura en tanto que significa la materialización de la información (o espíritu)». El tema ha sido abordado recientemente por la serie Black Mirror (Charlie Brooker, 2011 a la fecha) en un par de episodios como “San Junípero” o “White Christmas”; sin embargo, en esos mundos la tecnología está integrada orgánica y funcionalmente a la realidad humana. En el caso de Videofilia partimos de una especie de exabruptos primitivos de esta conciencia informática; los glitches son colocados intencionalmente con el objetivo de evidenciarla. Para salir de ella no basta con cerrar nuestra cuenta de Facebook: la única forma de conseguirlo es dejando de existir en el plano virtual. ¿Cómo conseguirlo? De la misma forma que entramos: representaciones gráficas subidas a la red que, en forma de códigos, sistemas binarios y pixeles, adquieren entidad propia. Si el sexo se valida con videos pornográficos, la muerte virtual será la puerta de salida. Más allá de toda teoría de conspiración informática, Videofilia (y otros síndromes virales) se acerca a otros planteamientos filosóficos que pretenden cuestionar nuestra propia percepción de realidad a partir de la relación que mantenemos con una pantalla, ésa como en la que usted está leyendo esto.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.

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