Las telenovelas no mueren (3/3)

Las telenovelas no mueren (3/3)

Por | 31 de octubre de 2017

Grey’s Anatomy (Shonda Rhimes, 2005 a la fecha)

La industria audiovisual es hoy en día (y más que nunca) un gran mercado. Podríamos imaginarla así, como ese espacio en donde cada marchante pone su puesto y ofrece lo mejor de sus mejores y más relucientes productos a quien esté interesado en llevarlos. Ese tipo de ejercicios se realiza año con año en los conceptos MIP (MIPTV en abril y MIPCOM en octubre) en la ciudad de Cannes, Francia; eventos globales a los que acuden ejecutivos, productores, creadores y muchos nuevos compradores para conocer las tendencias en las pantallas con miras a la adquisición de licencias de programación, el fortalecimiento de lazos de coproducción, financiamiento o incluso el descubrimiento de nuevos talentos.

Tanto las exposiciones como las conferencias impartidas ayudan a los personajes involucrados en la industria a entender mejor cómo la televisión va evolucionando en todo el mundo tanto en contenidos como en modelos de negocio, y permite (o debería) que los altos ejecutivos tomen decisiones bien fundadas tomando en cuenta los casos de éxito ahí expuestos, aplicados a sus propias empresas. Al parecer Benjamín Salinas, actual director de TvAzteca, ha entendido con mayor acierto este punto, ya que desde que tomó las riendas de la televisora y por cuestiones económicas decidió dejar de producir momentáneamente productos de ficción, dio la autorización para que en los horarios estelares del canal 13 fueran transmitidos melodramas turcos y brasileños, los mismos que habían comprobado su éxito en estos espacios de compra-venta.

Este pequeño ejemplo ilustra muy bien la realidad de la telenovela como género de ficción internacional. México dejó de ser una industria propositiva para convertirse en una compradora de formatos, bien sea para transmisión o para su tropicalización a nuestros contextos, dando paso a otras naciones que están haciendo aportaciones importantes a la fórmula del bien contra el mal desde el punto de vista narrativo, desde cambios esenciales en duración y ritmo, los enfoques cien por ciento locales con miras a ser vistos desde lo global, o el seguir tocando de una manera más actual problemas universales con lágrimas, con intrigas, con amor, demostrando que no es la fórmula lo que se agota sino las formas de contar el cuento.

Los K-Dramas (melodramas coreanos), por ejemplo, proponen un formato en donde las historias tienen pocos capítulos, menos personajes y son particularmente (o en su mayoría) pensadas para el público juvenil, ese que también consume la música de la “nueva” ola en una fusión de industrias que volvió a dar vida a la industria del entretenimiento que hace algunos años trajo a las costas latinoamericanas al «Gangnam Style». Si bien en México se pueden consumir estos contenidos vía Netflix como camino más a la mano, existe una muy extensa cantidad de portales en internet en donde poder ver/descargar los K-Dramas, acompañados de sus respectivos foros y grupos de discusión.

Brasil no ha dejado de ser una potencia latinoamericana en la producción de melodramas, siendo fiel a un estilo en donde la realidad se percibe con todas sus pasiones, acompañada de escenarios espectaculares, con temáticas actuales llevadas a los niveles exagerados de todo melodrama matizadas con diálogos y acciones creíbles en sus personajes, así como un énfasis en su propia cultura e identidad. Sí existen los elencos corales pero la trama no deja de centrarse en sus protagonistas.

Turquía cuenta sus propias historias de amor, con menos presupuesto pero una increíble intensidad, esa misma que hace a estas producciones redituables para ser adquiridas por todo el mundo, con altos índices de audiencia y grandes conversaciones en redes sociales, es decir, menciones o hashtags.

En la primera parte de estas entregas quien esto escribe apeló a un punto importante en la cadena de todo producto: el consumo visto como un hábito. Las sociedades de muchos países, incluido México, siguen conservando el hábito de consumir historias de amor contadas en episodios, sin importar mucho desde qué plataformas las reciben o qué nacionalidad tienen –incluso, es posible decir, sin que el formato realmente determine lo que se está consumiendo. La convergencia cultural ha traído entre otras cosas una hibridación tal que está permitiendo que las telenovelas tomen algunos préstamos de las series y viceversa; ahora es posible ver series cuyas estructuras están articulándose desde el melodrama. Basta ver el éxito en la historia de Grey’s Anatomy (Shonda Rhimes, 2005 a la fecha), un drama sobre médicos cuya mezcla de elementos como el amor, la amistad, las familias, los jefes y compañeros de trabajo se desarrolla de tal manera que su público sigue enganchándose pese a lo predecible que puedan resultar algunas situaciones… sí, tal como en una telenovela.

Entonces, ¿han muerto las telenovelas? Habrá que preguntarle a Netflix que incluye entre sus producciones propias algunos dramas coreanos, e incluso tiene un listado de telenovelas entre las que se encuentran las de Telemundo, que lo mismo están contando cuentos de narcos que historias de amor como Silvana sin lana (2017), tropicalización de la chilena Pituca sin lucas (Rodrigo Bastidas y Elena Muñoz, 2014-15). Habrá que preguntarles a todos aquellos empresarios y ejecutivos que se reúnen dos o más veces al año en escenarios como MIPTV o MIPCOM para adquirir exitosos modelos de televisión, entre los cuales las telenovelas siguen siendo uno de los productos que generan mayor interés. Habrá que preguntarles a empresarios como Salinas Sada que recientemente anunció la creación de la productora Dopamine, el área internacional de TvAzteca en cuanto a producción de ficción que de inicio apuesta por los contenidos histórico-religiosos (María Magdalena) para competir en un mercado que hoy está más vivo que nunca, contando cuentos pasados, rehaciéndolos, dándoles nuevas caras, nuevos paisajes, nuevos estilos, pero que no dejarán de narrar las historias del bien contra el mal en medio de intrigas, de emociones, de sentimientos, de moralejas y enseñanzas que son parte de un formato que evoluciona, pero que en esencia, sigue siendo el mismo.


Raquel Guerrero Viguri es maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana, y creadora del concepto Ratona de TV, que incluye una serie de podcast sobre temas de televisión, particularmente sobre ficción y telenovelas.