Rogue One

Rogue One

Por | 5 de Enero de 2017

Quizá es bastante tarde para hacer una crítica de Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, Lucasfilm, 2016). Prácticamente todo se ha dicho en este momento, incluso cuando no se ha cumplido ni un mes de su estreno. Me encuentro en un punto donde es banal hablar de la película en términos de sus logros –que son muchos– y defectos, de su trama y de sus actuaciones. La salida que encuentro está en abordar su relación con la tradición de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977 a la fecha) y en lo que esta película significa en el contexto de los blockbusters contemporáneos.

 

I. Rogue One como un eslabón de Star Wars

Empecemos en la cantina de Mos Eisley, donde en realidad todo lo que significa la saga comienza. Es decir empecemos en la primera película, el cuarto capítulo, donde se congrega una serie de seres de distintos planetas. No todos se pueden ver. Algunos están de espaldas o recortados.

Will Brooker, una de las primeras personas en tomarse en serio La guerra de las galaxias, no como un fenómeno cultural sino como un texto fílmico, nota con toda claridad que la aparición de todos esos personajes que sólo pasan por ahí o sólo se toman un trago abre la posibilidad de cientos o miles de historias porque deja huecos, espacios para la imaginación que han sido completados por los fanáticos en cómics, novelas, videojuegos,[1] series de televisión y ahora, películas.

Disney ha decidido, al igual que Lucasfilm lo hizo con la película (Dave Filoni, 2008) y las series (Genndy Tartakovsky, 2003, y Dave Filoni, 2008) de La guerra de los clones (The Clone Wars), aprovechar los huecos y a los fans para expandir la serie de posibilidades establecidas por George Lucas. (No es muy distinto lo que hizo J.J. Abrams, otro fan, con el Episodio VII aunque en ese caso se valió de la apertura en el sistema para replantear la condición de posibilidad de la saga; ahora, más claramente que nunca, un trabajo colectivo.)

La particularidad de la reapropiación, reescritura o reinvención que está en juego en Rogue One es que optó por espacios marginales, como la misma historia de la que parte: sus personajes son rebeldes como los que siempre están de relleno en las otras películas, mandos medios del Imperio, portadores de la Fuerza que no pudieron ser jedi porque ya no había jedi.

Se ha resaltado el carácter multiétnico o multicultural del equipo de protagonistas, pero ése siempre ha sido un rasgo de La guerra de las galaxias: ¿qué son si no las congregaciones en la cantina de Mos Eisley, en el castillo de Jabba the Hutt o en el consejo Jedi? La específico en este caso es que por primera vez se muestra que los humanos también son diversos y eso invita a pensar que las muchas otras especies humanoides también pueden ser múltiples, tener muchos lenguajes y naciones. Voltear hacia la variedad humana invita a explorar nuevas bifurcaciones y posibilidades en la saga.

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II. Tragedia y blockbuster

El destino de los marginados es la tragedia. Lo ha sido desde el principio de los tiempos y lo seguirá siendo. El equipo creativo de Rogue One lo sabía y lo usó sabiamente. El comando que acompaña a Jyn Erso (Felicity Jones) es un grupo de forajidos que, como cuenta Cassian Andor (Diego Luna) salió de los hoyos más inmundos para unirse a la Rebelión y hacer el trabajo sucio. Y las cosas no son mejores en el Imperio: Orson Krennic (un Ben Mendelsohn extraordinario), encargado de la construcción de la Estrella de la Muerte, su acento lo delata, es alguien de orígenes humildes que ha ido ascendiendo en los rangos del Imperio buscando reconocimiento desesperadamente, tanto que, me parece, modificó su uniforme y el de su equipo para hacerlos más elegantes. Pasa igual con la gente innombrable de Jedha y los pilotos y soldados de los dos bandos atrapados en Scarif o en el espacio exterior del planeta. Todos cumplen con una misión hasta las últimas consecuencias. No hay remanso después de entender que el abrazo que Jyn y Cassian se dan en la playa es un acto desesperado, de quien no tiene ninguna posibilidad.

Nadie lo sabe hasta que es inevitable, pero todos los que participan en la batalla de Scarif se sacrifican. El sacrificio va bien con Chirrut Îmwe (Donnie Yen), que compenetrado y guiado por la Fuerza y su fe, pasa de ser una especie de Zatōichi a una figura martirológica. Por eso, por no ser de este mundo –aunque hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy lejana–, su muerte interesa menos para este análisis. Podría pensarse que siempre estuvo listo para ello. En cambio, todos los demás, que entran en combate, con miedo de no ver el día de mañana pero con esperanza de conseguirlo, entendiendo que el esfuerzo colectivo llevará a sus fines, sin importar si se trata del Imperio o la Rebelión, y van cayendo uno a uno por un fin superior (mantener el orden establecido u optar por una utopía republicana), recuerdan la grandeza del compromiso y del desapego, su belleza.

¿Hace cuánto no habíamos visto algo así en el cine de gran comercio? Rogue One, como todos los blockbusters, es en parte una película elemental, sólo que en este caso ha renunciado a la seguridad del género, para en su último tercio recordar las posibilidades del arte popular: la simpleza y el pasar un buen rato no son las únicas medidas. La gente también disfruta ante una tragedia y sale, quizá, conmovida por el sacrificio de los héroes.

Este año la lógica blockbuster ha sido cuestionada y replanteada dos veces, una en esta película y otra con Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016 a la fecha). Quizá haya esperanzas para el cine popular, una nueva época de interés.

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III. Disney 

¿Alguien recuerda que Serguéi Eisenstein admiraba a Walt Disney?[2]

Aunque claramente no es lo mismo Walt Disney en 1941 que Disney, la compañía de 2017, algo está pasando allí que merece atención, como mereció la de Eisentein hace casi 80 años. No sólo la misma compañía que produce el universo fílmico Marvel ha replanteado los alcances del blockbuster con sus dos películas de La guerra de las galaxias, sino que ha logrado colocar personajes femeninos –¿el sello de la compañía?– en protagónicos que eran impensables sin un héroe masculino. Rey y Jyn han ocupado el lugar protagónico en películas de aventura, o de guerra, de la manera más natural. Hemos descubierto que entre los storm troopers y los pilotos de la rebelión hay mujeres y a nadie le extraña. Parece normal porque es, porque debería ser, normal. ¿Este ente cultural tan poderoso estará encabezando un replanteamiento en el cine globalizado?

Este texto fue actualizado el 6 de enero de 2017.


[1] Ver Will Brooker, Star Wars, BFI Film Classics, Palgrave Macmillan, Londres, 2009, pp. 31-32.

[2] Ver Jay Leyda (comp.), Eisenstein on Disney, Seagull Books, Calcuta, Londres y Nueva York, 1986.

Algunas de las ideas de este texto provienen de conversaciones privadas que tuve con Ricardo Cázares (el acento de Krennic), Gunnar Theodór Eggertson y Matteo Cevese (la naturalidad de las protagonistas femeninas). Aurora Tejeida me hizo observaciones sobre la primera redacción del tercer bloque del texto. Gracias a todos ellos.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel