Radiohead en 35mm o Lentitud y mercado

Radiohead en 35mm o Lentitud y mercado

Por | 20 de junio de 2016

Primero la belleza: ¿hay algo que le dé más sentido al video de una canción llamada “Daydreaming”, que el hecho de que se haya filmado en 35 milímetros en tiempos digitales y que se haya repartido en una serie de cines, cuando menos del hemisferio norte, con una leyenda en la etiqueta de la lata que dice: «We’ve made a film. Here it is. We’d be happy if you played it»[1]?

«Los soñadores nunca aprenden», canta Thom Yorke, y Paul Thomas Anderson filma. Filma. No graba. Filma, es decir usa película (film). Deja que algunas imágenes se posen sobre las sustancias activas que recubren el acetato o poliéster flexible que constituye la superficie del rollo fotográfico. Nada parece menos razonable. Se trata de un proceso lento, sin inmediatez. En la cinta nadie sabe exactamente qué filmó. Hay cierta presciencia del resultado –las cámaras se conectan a monitores–, cierta ilusión pero no certidumbre. Se figura, se anticipa, se proyecta el resultado, que no se conoce hasta que se revela. Se revela. Entonces se ve el trabajo y se le da sentido.

Así se hablaba del cine en los tiempos de la materialidad. Era un sueño, una ilusión. Hacer una película (film y no movie) tiene algo romántico. Lo físico –los libros, los discos, las películas– tiene algo de romántico. No sólo por la añoranza –que puede ser una forma de la melancolía– de un tiempo donde todo, o casi, era contingente, sino porque sustraerse a la inmediatez del consumo digital y coleccionar objetos que ocupan un espacio, y por lo tanto, tienen un límite de almacenamiento parece iluso o idealista.

Ahora, la crudeza del mercado.

Por más que resulte simpático que Radiohead haya distribuido su video, su cortometraje, en varios puntos (en la ciudad de México, por ejemplo, en la Cineteca Nacional) se trata de una estrategia de comercialización. Las latas de Daydreaming llegaron justo a tiempo para calentar el lanzamiento físico, en acetato y CD, de A Moon Shaped Pool, el viernes pasado, 17 de junio. Se trata del segundo lanzamiento del álbum, el primero fue digital (el 8 de mayo) y también estuvo precedido de videos, es decir, de anuncios. Los de Radiohead estarán «felices de servirnos», pero porque obtienen ganancias de nosotros. Son tanto o más empresarios que artistas ya. No es algo nuevo, Rembrandt ya se encontraba en dicha posición en el siglo XVII. Lo nuevo, lo actual al menos, es que el capitalismo se está desarrollando a dos velocidades simultáneas y contrastantes.

La rapidez con que se descargan, utilizan y borran –ya sea porque, improbablemente, se eliminan, o, plausiblemente, pasan al limbo de lo almacenado– las apps puede dejar mudo a cualquier crítico del consumo basura. Pero también podría pasarle por alto porque gran parte del consumo presente no deja rastro. ¿Será que por no tener impronta invita a torbellinos más profundos de compra y deshecho? No hay cómo saberlo. En cambio, sí se sabe que los empresarios digitales construyen campañas publicitarias poderosísimas para que todas las industrias posibles abandonen el ámbito de lo tridimensional y caigan en sus garras. Parte del truco es tener el control total de la mayor cantidad de flujos de consumo desde sus plataformas y/o tecnologías. Aún así, algunos consumidores se resisten: quieren seguir escuchando discos folletito en mano, quieren seguir leyendo libros, quieren comer carne que se haya tardado años en crecer en los cuerpos de animales conocidos, etc. Ya sabíamos que hay muchas cosas peores que el capitalismo, pero ahora sabemos que hay un capitalismo peor que el capitalismo.

¿Esto qué tiene que ver con el cine? Bueno, pues recordemos los libros electrónicos y contemos una fábula:

Alguien que esperaba conseguir mucha plata con ellos empezó a decir que eran el futuro del libro y que los libros en papel iban a desaparecer y por un momento pareció que así iba a ser. Pero los millones de niños que se hicieron lectores con Harry Potter prefirieron seguir leyendo en papel y tener su colección a la vista. Fin.

Algo similar ha pasado con el cine en los últimos años. Por un momento pareció que todo el cine se iba a hacer con tecnologías digitales y que las películas iban a ser un pequeño mercado destinado a archivos fílmicos y cineastas obsesivos con demasiado dinero. Y no. Se sigue produciendo cine en 35mm y si hacemos caso a la campaña triunfalista que Kodak lanzó en el último festival de Cannes así seguirá siendo. No todo el cine se hará en 35mm, pero mucho del cine más relevante, tanto en términos comerciales como artísticos, sí.

La campaña Kodak muestra intereses corporativos tan patentemente como Bill Gates cuando anunciaba la desaparición del libro. Con esa base se puede sospechar de lo que anuncia. De cualquier modo la supervivencia del 35mm, por más que vaya a tener fin algún día, indica que el poder empresarial y el desarrollo tecnológico tienen límites. Los más relevantes, en tanto que implican flujos monetarios, están en los creadores y consumidores que reconocen que los materiales para la creación y la apreciación con mayor calidad no siempre están en los mercados más firmes. Algo hay de ilusorio o iluso en esto, algo de necedad en mantener una tradición, la del gran arte y las bibliotecas/mediatecas caseras, patrimonios simbólicos a la mano y legables. Patrimonios que en todo caso portan una utopía: la de que el estado del mundo puede ser mejor por medio de la belleza y el conocimiento, fines que requieren hacer pausas y silencios, producir o crear lentamente, un poco a contrapelo de la vorágine, un poco en la negación. No aprender nunca, no escarmentar, puede ser una postura ética contra el pragmatismo ávido de los bárbaros.


[1] «Hicimos una película. Aquí está. Nos haría felices que la pusieran».


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel