Paraíso: Amor / Paraíso: Fe

Paraíso: Amor / Paraíso: Fe

Por | 1 de enero de 2013

¿Qué es el paraíso? El concepto se adapta tanto a creencias religiosas, como a anuncios publicitarios o reflexiones filosóficas, refiriéndose generalmente a ese lugar tan anhelado en el que existe una perpetua paz y una felicidad asegurada. El director austriaco, Ulrich Seidl, se hace la misma pregunta y nos comparte su versión del paraíso en una trilogía que explora sus diferentes facetas a través de las experiencias de tres mujeres pertenecientes a la misma familia.

Paraíso: Amor (Paradies: Liebe, 2012) es la cinta que abre este proyecto. La película nos presenta a Teresa, una mujer cincuentona que, escapando de la rutina hogareña, decide tomar unas vacaciones en las “paradisiacas” playas de Kenia. En medio de las azules piscinas, los exóticos escenarios africanos y un calor abrasante, Teresa es influenciada por sus compañeras de viaje para que experimente los placeres sexuales que la raza negra es capaz de brindar. Así, inicia una serie de encuentros con diferentes jóvenes kenianos que además de ofrecerle su cariño, la llevarán a conocer las paupérrimas condiciones de vida en las que viven. Estas relaciones parecen llenar el vacío sentimental de la protagonista, y aunque la diferencia de edades y razas sea más que evidente, Teresa encuentra en estos efímeros encuentros un salvavidas para su soledad. Sin embargo, la inevitable y triste realidad regresa a ella cuando se da cuenta de que el amor comprado es una atracción turística más.

Sin dejar de lado su faceta como documentalista, Seidl (Viena, Austria, 1952) aprovecha para evidenciar los contrastes de las relaciones entre África y Europa. Mientras de un lado de la playa los turistas europeos disfrutan cómodamente recostados bajo el sol, al otro lado los kenianos permanecen de pie en espera de lanzarse sobre ellos para venderles sus artesanías y ofrecerles sus servicios. En medio de la pobreza y la explotación turística, los lugareños aprovechan la curiosidad extranjera para sacar partido a costa de sus bolsillos. El turismo sexual es una consecuencia de este fenómeno que, sin duda, se ha incrementado considerablemente en varias latitudes del mundo.

Anna Maria, la protagonista de Paraíso: Fe (Paradies: Glaube, 2012) y hermana de Teresa, es una ferviente católica para quien la religión se ha convertido en su único refugio y consuelo. Su devoción parece no conocer de límites: en un intento para redimir sus pecados –aunque estos no pasen del pensamiento– se autoflagela frente a la cruz redentora; realiza visitas espontáneas a inmigrantes extranjeros para esparcir sobre ellos la palabra de Dios; y siente un obsesivo amor por la figura de Cristo, llegando al extremo de besar la cruz desaforadamente y acariciar con ella su cuerpo de forma sexual. Nos encontramos de nueva cuenta frente a una mujer con un profundo hueco en su vida, el cual, a base de rezos y oraciones, intenta llenar de una aparente paz interior.

No es hasta que su marido regresa a la casa cuando la fe de Anna Maria entrará en conflicto con ella misma. Su esposo, un inválido dependiente de una silla de ruedas, es un musulmán que no acaba de comprender las nuevas creencias de su mujer, haciéndola pasar por ataques de violencia física y verbal. Esto, aunado a sus infructuosas intervenciones de catecismo, hace que las convicciones dogmáticas de la creyente se vayan desmoronando a pedazos. La ciega fe que demanda la religión es retratada por el director austriaco como un ingenuo y desmedido acto que terminará en sufrimiento y rencor.

Estas dos primeras entregas de la trilogía guardan una estrecha relación entre ellas. En ambas películas sus protagonistas buscan el bienestar a través de la presencia de una figura masculina: en el primer caso son los pasajeros jóvenes africanos y en el segundo un Jesucristo que es a la vez salvador y amante. Las dos se entregan en cuerpo y pensamiento con el propósito de alcanzar ese estado que mitigue su soledad y culpa. Con fecha de estreno en 2013, Paraiso: Esperanza (Paradies: Hoffnung) será el cierre de este discurso en el que justamente el anhelo por encontrar ese lugar de eterno resplandor se ve opacado por una amarga desilusión.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 3, invierno 2012-13, p. 65) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.